31 mar. 2015

Negociador, pacto entre la comedia y el drama




Una semana más, y tras haber sobrevivido al suplicio fallero, vuelve RduTcB, un blog que, vamos a ver, para ganar el Pulitzer tampoco es, pero al menos es mejor que un puñetazo en los dientes.

Imagino que el gran público conocerá a Borja Cobeaga por ser el coguionista del taquillazo español del año pasado, Ocho apellidos vascos (y que a mí personalmente me estomagó, pero eso es aparte), pero los que llevamos siguiéndole la pista durante años sabemos que es el autor de la recomendabilísima Pagafantas y de la simpática No controles, además de guionista y director del programa Vaya semanita. Así las cosas, esperaba que Negociador se pareciese más a estas tres últimas obras que a la primera. 

Y no. Pero todo bien.





Con el currículum de Cobeaga, y sabiendo que tiene un guion por ahí que se llama Fe de etarras en el que unos ídem alquilan un piso franco y les toca ser presidentes de la comunidad, lo normal sería esperar que Negociador tocase el peliagudo tema de las negociaciones con ETA de verano de 2006 con el tono burlesco que le caracteriza.

Y no. Pero todo bien.

Negociador es una película mucho más seria de lo que me esperaba. Tiene sus toques de comedia, sí, pero son sutiles, repartidos aquí y allá, y provocan más sonrisas que carcajadas (aunque el tipo que tenía detrás en el cine se reía que parecía que hacía oposiciones para quitarle a Jared Leto el papel del Joker), lo cual, en realidad, me descolocó un poco al principio porque pensaba que iba a ver una comedia ligerita… pero, como ya digo, no, pero todo bien.


«¡Flipa, flipa, Josebas! ¡Negociamos con ETA! ¡Pepitas de oro!»


En Negociador hay una atmósfera de pochez que impregna todo el metraje. La fotografía es gris, los exteriores son nublados, los colores son mate… Encaja con el personaje de un enorme Ramón Barea que interpreta a Manu Aranguren (versión ficcionalizada de Jesús Eguiguren), que empieza la película con el desprecio de unos compañeros de infancia que simbolizan mucho más. 

Aranguren negocia con Jokin (trasunto de Josu «Ternera» Urrutikoetxea, interpretado por Josean Bengoetxea) delante de un mediador internacional, pero las tiranteces empiezan a ceder en lugares tan costumbristas como el bar o la habitación del hotel donde se alojan durante el proceso. 

Barea y Bengoetxea comparten escenas gloriosas como la de las diferencias terminológicas y la dificultad de la intérprete a la hora de traducir «pueblo vasco» y «Euskal Herria» («es que en inglés es lo mismo»), pero la palma se la lleva la irrupción de Carlos Areces como Patxi (que viene a ser Thierry), en un papel villanesco que da un mal rollo acojonante.


Aquí parecerá el bonico del to’, pero da MIEDO.


Lo de Areces para mí es la gran sorpresa de la película. Sí, todos sabemos que Areces tiene una vis cómica de primera, y lo hemos visto hacer cosas más serias en Balada triste de trompeta, pero lo que hace en Negociador es tremendo y merecedor de, como mínimo, una nominación para los Goya del año que viene. El momento en el que le dice a Aranguren «te vas a tener que comprar seis corbatas negras» (algo que le dijo Thierry a Eguiguren) te deja helado. 

Bestia pardísima, como comenté por Twitter al volver del cine.


Negociador, como he dicho antes, no es tan graciosa como me esperaba de entrada, pero a cambio es mejor película de lo que pensaba que iba a ser. Sí, tiene algún fallo de ritmo y quizá le falta profundizar un poco más en ciertos aspectos, pero el conjunto es una cinta que, si bien no es redonda, tiene muchísimos aciertos, además de permitirse el lujo de contar con Raúl Arévalo para un papel corto en el que el actor brilla tanto como siempre. 

Y qué coño, que hay que aplaudir el valor de hacer una película sobre un asunto tan complicado y rodarla con tanto gusto como la ha hecho Cobeaga. No se la pierdan.