18 mar. 2015

El Ministerio del Tiempo: ya era hora

«Let's do the Time Warp again»
The Time Warp, The Rocky Horror Picture Show



Una semana más, y tras haber participado en la recopilación gratuita de poesía miérder Intensitos junto a gente de bien como David Pareja o Ritxi Naval y editado por Jesús Malpartida, vuelve RduTcB, un blog que les cuela autopromoción descarada en un flisflás casi sin que se den cuenta.

Normalmente no suelo ver series. Me da pereza verlas delante del ordenador. No es que me guste comentarlas durante los episodios (más bien al contrario), pero se me hace cuesta arriba ponerme un episodio yo solo. Sin embargo, esta temporada sí que he seguido The Strain (habrá entrada) y Agente Carter (hay entrada), y ahora mismo estoy con Better Call Saul, Fargo y la serie que más enganchado me tiene: El Ministerio del Tiempo, que viene de las teclas del (tristemente fallecido) Pablo Olivares y su hermano Javier.





No es broma: El Ministerio del Tiempo me tiene muy loco. Tanto que, como con todos los programas que me enganchan, paso de poner tuits al respecto porque quiero prestarle toda mi atención al episodio.

¿Cómo? ¿Que no están viendo El Ministerio del Tiempo? Pues dejen que les dé unas cuantas razones (sin spoilers) para seguir el estreno de la temporada.

-La premisa: En España existe un ministerio encargado de controlar que el curso de la historia no cambie. Hay varias puertas con las que se puede retroceder en el tiempo, pero no viajar al futuro más allá del 2015 (vamos, nuestro presente) porque la línea temporal no se ha creado («el tiempo es el que es», que dice el jefazo, Salvador Martí).

Mola, ¿no? ¿Y si les digo que el trío protagonista lo forman Julián Martínez (Rodolfo Sancho), un enfermero madrileño del presente; Amelia Folch (Aura Garrido), una universitaria de finales del siglo XIX; y Alonso de Entrerríos (Nacho Fresneda), un soldado de los Tercios de Flandes? Pues que mola más.


La Liga de los Españoles Extraordinarios.


Cuando hace tiempo se dijo que TVE estaba haciendo una serie sobre viajes en el tiempo, enseguida saltaron los fanpesaos. «¡Un plagio de Doctor Who! ¡Copian al Doctah!». Porque claro, ya sabemos que los viajes en el tiempo los inventó Doctor Who, y que, de hecho, H. G. Wells copió a Moffat, porque Doctor Who solo existe a partir del relanzamiento, claro.

¿Se parece El Ministerio del Tiempo a Doctor Who? Pues no. Se parece en que hay viajes en el tiempo y punto. Bueno, hay un homenaje a Torchwood, y ya está. Vamos, plagio descaradísimo, ¿eh? Pero en fin, si por algo somos españoles es por lo mucho que nos gusta hablar sin saber.


-Los funcionarios del tiempo: Por supuesto, una buena premisa no es nada sin un buen reparto. Afortunadamente, Ministerio lo tiene. 

Rodolfo Sancho lleva una máscara casi perpetua de chulería madrileña, pero sabe cambiar de registro cuando la situación lo requiere. Aura Garrido da vida a una inteligentísima y despierta mujer intelectual del siglo XIX. Jaime Blanch es el jefe perfecto de la sección de misiones especiales del ministerio, una especie de Súper brugueriano mezclado con el Gregorio Antúnez de Luis Varela en Camera Café que es un gustazo de ver cada vez que sale en pantalla. Cayetana Guillén Cuervo sale poco, pero cuando sale, se agradece. Juan Gea es un agente estoico, serio y sobrio que se come la escena siempre que está en plano, y Nacho Fresneda… Ay, Nacho Fresneda.

Nacho Fresneda es el robaescenas de la serie. Su Alonso de Entrerríos es el mayor acierto de Ministerio. Ese noble bruto fuera de su elemento que intenta acostumbrarse a un mundo que le pilla muy lejos y que da lugar a los momentos más divertidos de la serie, pero sin limitarse  a ser un mero alivio cómico. Es un tipo valiente, honrado y leal que, oigan, se queda pilladísimo con las ventanillas de los coches. Como para no.

Aunque aprende rápido.


Mención especial merece ese Ambrosio Espínola que… nah, sería arruinarles una grata sorpresa, pero baste decir que es un diez como una casa.


-El humor español: El Ministerio del Tiempo ha sabido aportar un toque castizo sin caer en el cuñaísmo ni en lo soez. Esos toques como la eliminación de la paga extraordinaria, que les quieran cargar IVA por jubones y gorgueras, ese «¿no son españoles? ¡Pues improvisen!» de Martí, ese cameo de los jebis (sí, sí, JEBIS) de la Gran Vía… Todo queda familiar sin caer en el laqueseavecinismo.

El humor funciona como un tiro. Surge de las situaciones, no de hacer chistecitos forzados. El contraste entre Alonso de Entrerríos y el mundo moderno, su reticencia inicial a aceptar órdenes de una mujer, las metarreferencias (Curro Jiménez, Isabel…), las puyitas (ese «¡están iluminando mal mis cuadros, parecen una serie española!» de Velázquez)… todo funciona como un reloj bien engrasado. Es una serie divertida que no se resiente del gran mal de la ficción española: la duración casi obligada de 70 minutos por episodio.

Mención especial a mi momento cómico favorito casi mortadelesco que ilustra a la perfección el costumbrismo y la resignación con la que los funcionarios del tiempo se toman su trabajo: lo de Atapuerca.



-El valor cultural: El Ministerio del Tiempo aporta una cosa importantísima que, en teoría, debería ser uno de los pilares de la televisión pública: cultura.

La serie ha hecho que en Twitter sean trending topic nombres como Lope de Vega o Atapuerca, y en sus capítulos se tratan sucesos históricos como la visita de Himmler a España y aparecen figuras como el Empecinado. Vale, evidentemente no todos los espectadores van a interesarse por ellos más allá de la serie, pero con uno solo que lo haga, ya habremos ganado algo.

Además, Ministerio hace que te intereses de la mejor forma posible: divirtiéndote. ¿Que sale Velázquez? Pues hace retratos robots para el ministerio. ¿Que sale Lope de Vega? Pues es un alegre follarín espadachín de la vida. ¿Que sale Espínola? Pues es… ay, mierda, no, que he dicho que no se lo quiero destripar.


«¿Decían algo de lo de Espínola? Le voy a hacer un retrato que…».



-Los ministéricos y las redes sociales: El Ministerio del Tiempo ha logrado algo hasta ahora inaudito en una serie española contemporánea: tener un fenómeno fan como la copa de un pino: los ministéricos. Fanfics, fanarts, foros, gifs en Tumblr, fansubs en otros idiomas… es algo a lo que estamos acostumbrados con series extranjeras, pero ¿con una patria? Ni de coña.

Hay que aplaudir la labor del community manager que lleva el Twitter de la serie, muy activo y que interactúa con los usuarios, y también es de recibo recomendar la cuenta de Instagram, que hace las veces de archivo ministerial. Además, cada martes a las 17.00, se emite en la web de RTVE La puerta del tiempo, con entrevistas a los responsables de la serie (que complementan a Los archivos del Ministerio, que se emite tras los episodios) donde se valora la participación del fan. Un gustazo, de verdad.


Si esta foto con un soldado de los Tercios de Flandes pillando a Himmler por el pescuezo no les vende la serie, yo ya no sé.



El Ministerio del Tiempo es una serie que conjuga aventuras, historia, humor y ciencia ficción con mucho acierto. Es un soplo de aire fresco en la ficción televisiva española que demuestra que es posible hacer otros formatos que se alejen de las dramedias para toda la familia. Es una joya que TVE tiene que renovar sí o sí porque, qué coño, esos casi tres millones de espectadores nos lo merecemos, la televisión se lo merece, y porque aunque ahora quizás no lo parezca (que lo parece), Ministerio supone un paso de gigante para el mundo catódico patrio.

Yo digo SÍ a El Ministerio del Tiempo. Un SÍ con la fuerza de mil soles. Los lunes, a las 22.00, en La 1. Y si tienen capítulos por ver o quieren engancharse ahora, los tienen todos disponibles en la web oficial. 

Denle una oportunidad. No se arrepentirán.