26 oct. 2013

«El océano al final del camino», una oleada de recuerdos

«The ocean doesn't want me today

But I'll be back tomorrow to play»



Una semana más, y tras haber publicado mi crónica del espectáculo teatral de Loulogio, vuelve RduTcB, un blog que les cuela autopromoción como quien no quiere la cosa.

Los habituales de esta casa ya leerían la semana pasada lo mucho que sufrí con esa tortura china que es leer Choque de reyes. Pues bien, para desintoxicarme y purgar el sopor de mi organismo, estaba claro que necesitaba una novela de calidad. Y claro, recurrí a Neil Gaiman, cuyos libros son apuesta segura… y El océano al final del camino no es una excepción.


Pongo una foto de mi Instagram porque soy un puto moderno de mierda.


La novela cuenta la historia de un personaje anónimo que vuelve a su pueblo de origen para asistir a algo más entretenido que un vídeo de JPelirrojo: un funeral. Una vez allí, vuelve a la granja donde vivía Lettie Hempstock, su madre y su abuela, que no son sino una variación de la clásica figura de las tres brujas, como ya lo fueron las Benévolas en la recomendadísima The Sandman. Una vez allí, se encuentra con la anciana señora Hempstock y regresa al estanque de la granja, donde empieza a recordar algo que le pasó de pequeño y que supone la historia en sí del libro, que es en su mayoría un gran flashback.

Me comentaba el otro día David Tejera por Twitter que El océano al final del camino era como una secuela de Coraline. Razón no le falta: el antagonista principal de la historia es un ente de otro plano de la realidad que se cuela en nuestro mundo bajo la forma de Ursula Monkton, una mujer que se infiltra en la familia del protagonista, seduciendo a su padre y volviéndolo contra el yo infantil del narrador. Sin embargo, el ente no es malo per se, sino que está en su naturaleza, como dicen las Hempstock, comportarse así e intentar darle a la gente lo que quiere, aunque esto no sea siempre lo que le conviene.

Sin duda, esto es algo que recuerda a la Otra Madre de Coraline, protagonista de la novela homónima en la que también se trataban las desventajas de conseguir siempre lo que se quiere y teníamos una subversión de la figura materna. ¿Es esto algo malo? Pues depende. Para los detractores de Gaiman, será un ejemplo de que «siempre hace lo mismo» (aunque no sea cierto), mientras que los fans de su obra podemos defenderlo aduciendo que es «una secuela espiritual» o una «revisión de uno de los temas recurrentes de su obra». Cuestión de puntos de vista, oigan.


Aunque a Gaiman le da igual: TIENE UNA CALLE.


En cualquier caso, lo que es innegable es que, sea una repetición o no, El océano al final del camino, editada por Roca Editorial, es una novela a la que no le sobra ni le falta ni una página, algo muy complicado. La trama fluye sin que el lector se dé cuenta, y es uno de esos libros que se pueden leer perfectamente del tirón.

Una de las mayores virtudes de Gaiman es conseguir crear mundos ricos y complejos con apenas unas pocas pinceladas aquí y allá. Cuando Lettie Hempstock nos dice que su estanque es un océano, que a su vez puede transportar en un cubo, no nos extraña. No ponemos los ojos en blanco y decimos «venga, Gaiman, cuéntame otra», sino que lo aceptamos con total naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo. Y ojo, que no estamos ante una historia ambientada directamente en un mundo fantástico de espada y brujería, sino en uno que, a primera vista, parece indistinguible del nuestro: gris, cotidiano, aburrido… Sin embargo, el realismo mágico de Gaiman le da la vuelta con apenas unas pocas frases perfectamente colocadas. En la novela, el mundo real es el mágico, mientras que el ordinario parece una frágil e irreal tapadera para encubrir la existencia del plano fantástico.


Gaiman, su editora española y la fotógrafa reflejada en la tele. ¿Referencia a Alicia a través del espejo, o despiste? Probablemente lo segundo.


Lo cierto es que Gaiman escribe maravillosamente, y la traducción de Mónica Faerna está a la altura. Sí, voy a hablar de la traducción, qué pasa. Voy a BARRER PA’ CASA, que uno es del gremio, qué caramba. Decía que Mónica Faerna está a la altura de la prosa de Gaiman, y estoy convencido de que habrá disfrutado trasvasando la novela a nuestro idioma. Ahora, si bien es cierto que Faerna, que a estas alturas ya es casi la traductora oficial de Gaiman en España, ha hecho un buen trabajo, no sería yo si no sacara algún que otro defectillo…

El primero es una referencia a la Batcueva de Batman (no va a ser la del Doctor Octopus), para la que Faerna ha optado por poner «Baticueva»… ¡pero eso es en Sudamérica! En España siempre ha sido «Batcueva». Eso por un lado. Por otro, casi al final del libro aparece un «hacer dinero» que es un calco del inglés «to make money», que debería traducirse por «ganar dinero». También hay una palabra que tiene la letra final duplicada, pero aquí diría yo que es más fallo del corrector, que no estuvo lo suficientemente al sopesquete para pescar esa letra clónica. Por último, para mi gusto se abusa demasiado de las notas a pie de página para aclarar cosas no demasiado relevantes o que se podrían haber subsanado en el propio cuerpo del texto, pero confieso que aquí es más manía personal que otra cosa.


El océano al final del camino es una novela recomendabilísima para todo aquel que ya sea fan de Gaiman o quiera empezar con las obras del escritor del pelo alborotado. Si bien el libro está catalogado como literatura adulta, lo cierto es que los más jovenzuelos también podrán disfrutar con una novela donde la frontera entre la realidad y la magia es muy difusa. El regalo perfecto para estas navidades, tomen nota.