20 jul. 2013

Me cago en tus muertos, Robert Kirkman



Una semana más, y tras constatar que no hay paz para los malvados, vuelve RduTcB, un blog que de vez en cuando suelta una referencia bíblica y se queda «más ancho que largo» (Corintios 3: 22-23).

Como muchos sabrán, estoy de prácticas en Madrid y, como mis finanzas no son precisamente gilitescas, me vine desde Valencia en el incomprensiblemente llamado Regional Exprés, porque, amigos, creo yo que más de seis horas de trayecto no es precisamente lo que yo llamaría «exprés». 

¿Y por qué les cuento esto? Pues porque para amenizarme el viaje, no solo me armé con algún que otro episodio de Otro estúpido podcast sobre webcómics, sino que, para contrarrestar el sopor que me está causando Choque de reyes, decidí hacer caso a todos los que me habían recomendado The Walking Dead y meter unos cuantos números en el eReader.

«Te va a gustar», me decían algunos. «Te encantará, es mucho mejor que la serie», aseguraban otros, como si no hubiera margen con respecto a la soporífera segunda temporada. «Léelo, hijo de la gran puta. LÉELO, HIJO DE LA GRAN PUTA», me increpó un aficionado con evidentes problemas mentales. «¡Serbesa biar!», incluso, llegó a ofrecerme un senegalés de rostro afable, aunque surcado por cicatrices. Y claro, al contrario que la Cosa, uno no es de piedra (jeje, referencia, qué friki soy) y decidió darles un tiento… con decepcionantes resultados.


Un servidor defendiéndose de los FANPESAOS.


The Walking Dead, como suele pasar con este tipo de obras, no es un cómic de zombis, sino un cómic con zombis. The Walking Dead va de cómo puede cambiar el ser humano cuando se encuentra en una situación límite. The Walking Dead trata las relaciones interpersonales bajo presión. The Walking Dead retrata a los extremos a los que puede llegar un simple niño cuando se cría en un ambiente de violencia. 

The Walking Dead es un coñazo.

No quiero engañarles: Los primeros números, hasta más o menos el primer tercio de la etapa de la prisión, son bastante buenos, y tienen momentos realmente sobrecogedores. Sin ser yo uno de esos puristas lloricas, comprendí que la gente se quejara por desviarse del material original. Joder, hay cosas geniales, especialmente en los primeros quince números. El problema es que, a partir de ahí, la cosa va cuesta abajo y sin frenos en un ritmo que no para hasta al menos hasta el número ochenta de la edición estadounidense, que es por donde voy. Y (ligerísimos) spoilers a partir de aquí, aunque ninguno que vaya a sorprender a quien haya visto la tercera temporada de la serie.

Robert Kirkman ha comentado en alguna que otra ocasión que, aunque tiene el final pensado, es como un plan de emergencia por si la gente se cansa del cómic, ya que para él, The Walking Dead es una obra a largo plazo. Y ahí es donde empiezan los problemas, porque el esquema que siguen los números es repetitivo a más no poder.

Básicamente, los supervivientes pasan una temporada como nómadas, durante la cual es posible y probable que alguno muera, ya sea por un ataque zombi, algún superviviente hostil o por suicidio. Tras unos cuantos números, encuentran un refugio, ya sea una granja, una prisión o una urbanización. Una vez allí, todo va bien al principio, hasta que descubren un oscuro secreto o un grupo ajeno a ellos intenta hacerse con el control del lugar. Tras un par de números de enfrentamiento, acaban teniendo que huir, y vuelta a empezar.


And doing science!


Vale, reconozco que en una ambientación postapocalíptica tampoco es que haya muchas más opciones. Quiero decir que sería poco probable que Rick se volviese monologuista (o manologuista, JE) o que Michonne abandonase su carrera de matazombis para convertirse en la mejor chef de crêpes del mundo, claro. Sin embargo, lo cortés no quita lo valiente, y lo cierto es que The Walking Dead se vuelve tediosamente repetitivo, y ni siquiera los esporádicos giros de guion, más efectistas que efectivos (¡A Rick le cortan la mano! ¡Maggie intenta suicidarse! ¡A Dale se le meriendan una pierna!), consiguen que el interés del lector aumente. Y es que los giros de guion hay que hacerlos bien, y no de una forma tan gratuita como el final de Los Serrano o, peor aún, cualquier película de M. Night Mierdámalan.

«¡Pero es que The Walking Dead es un cómic de personajes, tarugo!», le espetará alguno de los fans acérrimos de la obra a la pantalla del ordenador, como si yo pudiera oírle. Sí, es un cómic de personajes… pero el problema es que la evolución de estos va a trompicones en lugar de ser fluida. Sí, la escena en la que Carl le pega un tiro a uno de los gemelos que había matado al hermano (zí, al hedmano) es sobrecogedora, pero da la sensación de salir un poco de la nada, precisamente como la viñeta en la que vemos que el ya citado gemelo ha destripado a su compañero de genes. Y sí, he puesto «compañero de genes» por no repetir «hermano», a ver qué se creen.

El único personaje que tiene una evolución clara y definida es Rick, que pasa de ser un líder de moral intachable a un tipo movido únicamente por el instinto de supervivencia, por mucho que él, como un Heisenberg al que le han hecho un matarreyes, diga que «todo lo hago por mi familia». Aun así, ha tenido algunos episodios de traca, como todo el tema del telefonito, que se abandona durante unos números para luego volver a sacarlo y que lo vea Carl. ¿Por qué? ¡Pues porque si no, no se puede tener la escena en la que Carl llora y dice que echa de menos a su madre, caramba, que todo hay que explicarlo!


Joder, ahí, explicando el mensaje, ¿eh, Robert Kirkman? Muy bien ahí, haciendo un Nolan.


Otra de las cualidades tan celebradas por los FANPESAOS del cómic es la abundancia de giros de guion. «¡Tío, es que no te los ves venir!», te dicen mientras intentan ocultar la erección que les provoca pensar en el tebeo con zombis de Kirkman. Y tienen razón, no te los ves venir… porque son totalmente gratuitos. Parecen de M. Night Mierdámalan. En el mejor de los casos, ha habido un poco de foreshadowing antes, pero poco. Si un personaje que no ha hecho nada destacable durante diez números o más empieza a actuar de forma rara sin motivo aparente, sospechen: Va a suicidarse o se le va a ir la puta cabeza.

«¡Buah, pero es que Kirkman mata a un montón de personajes sin que le tiemble el pulso!», ponen otros como garantía genial. Es cierto: La muerte en The Walking Dead está a la orden del día. El problema es que pocas defunciones tienen un peso de importancia para el lector, porque o bien son personajes poco más que terciarios (el dibujo de Adlard tampoco ayuda a distinguirlos), o son personajes recién presentados, o son personajes odiosos que lastran la trama, como la asquerosa de Lori y su repugnante bebé. ¡Ay, bebé, cómo te odio…! ¡Tus diálogos eran incoherentes…!


¡La culpa es del heteropatriarcado!



Tampoco diría que The Walking Dead es un mal cómic, pero sí que es bastante mediocre. Tiene algún que otro estallido de genialidad, como el hijo de un hombre al que Rick mata por maltratador y asesino preguntándole a Carl que por qué la gente dice que Rick es bueno y su padre malo si ambos han matado gente, pero no es suficiente como para encumbrar la obra tanto como está.

Por mi parte, y al contrario que con la serie, a la que abandoné a mitad de la tercera temporada para no volver, seguiré leyendo los cómics. ¿Por qué? Porque aún mantengo la esperanza de que remonte. De ilusión también se vive.

P.D.: Les recuerdo que, tras el cambio de fechas, el sábado 27 estaré dando una charla sobre traducción, cultura popular y gazapos en Otakuart. Aquí tienen toda la información que necesitan saber.