20 abr. 2013

Carta abierta a Peter Jackson






Querido Estimado Razonablemente respetado Peter Jackson:

Hace pocos días vi tu última película, El hobbit: un viaje inesperado. «¡Ya era hora! ¡Salió hace casi cuatro meses!», habrás exclamado. «¡No fuiste al cine, hijo de mil orcos!», habrás bramado mientras te levantabas de un salto del sofá. «¡La industria muere por culpa de gente como tú!», habrás gritado, alzando ambos puños hacia el cielo y con la cara roja por la consternación. Sin embargo, he de decirte que me alegra no haber aflojado los ocho euros que costaba ver tu nuevo film en pantalla grande, porque Peter, amigo, menudo TOSTÓN que te has cascado.

Cuando se dijo que ibas a adaptar El hobbit, una parte de mí se alegró. A fin de cuentas, me gustó bastante lo que hiciste con La comunidad del anillo y El retorno del rey. Lo de Las dos torres te lo perdono porque, pese a la soporífera batalla del Abismo de Helm, tuviste el ojo de fichar a Andy Serkis para dar vida a Gollum. En fin, estoy divagando. Como te decía, una parte de mí se alegró al saber que se iba a adaptar El hobbit a cine. La novela, que tampoco es más que una aventurilla ligerita, podía dar lugar a una película de iguales características, y me ilusionaba la perspectiva. 

Sin embargo, una voz en mi interior me advirtió. «Chato, cuidao con el Peter Jackson este, ¿eh? ¡Que es muy capaz de arrearnos una película con ínfulas de epicidad de padre y muy señor mío, te lo digo yo! ¡Ay, los ne-o-ze-lan-de-seeees!», me dijo, con un tono muy lopezvazquiano. Pero yo no quise creer sus palabras.


Te adjunto este cartel de tu película por si no lo habías visto.


El tiempo pasó, y se anunció no solo que se harían dos películas, sino que, además, las dirigiría Guillermo del Toro. Fueron unas semanas felices: sin duda, el director mexicano sabría darle el tono adecuado para conseguir salvar el obstáculo del cisma novelístico. Pero entonces, por cuestiones que tú conoces muy bien, Guillermo abandonó el proyecto, y tú tomaste las riendas.

«Bueno, ya veremos», pensé, «que total, experiencia en la Tierra Media tiene… siempre que tenga claro que El hobbit no es El señor de los anillos, todo irá bien. Menos por lo de hacer tres películas, pero en fin». Confié en ti, Peter. Confié en ti, incluso después de que lograras lo que parecía imposible: que una película sobre un mono ahostiando dinosaurios y enamorándose de una rubia fuera un coñazo. Sí, sí, no te hagas el sueco, que me acuerdo. Me acuerdo de lo de King Kong. Que por culpa de un metraje excesivo… TODA ESA MIERDA. Que yo dije «¿pero qué es esta mierda?». ¿Tú te acuerdas, Peter? ¿De lo de King Kong? ¡LO DE KING KONG! ¡UN METRAJE EXCESIVO! ¿¡TE ACUERDAS O NO TE ACUERDAS!?


¡No quería un mono pocho! ¡Quería un mono petarlo!


En fin, que llegó el momento, y vi El hobbit: un viaje inesperado. Y madre mía, Peter. Yo creía que éramos amigos. ¿Qué te he hecho yo para merecer esto? Porque no te equivoques: para mí esta película es una ofensa personal hacia mí, hacia todo aquello en lo que creo como espectador, y hacia el cine en general. Si querías hacer un remake de El señor de los anillos, pues haberlo dicho, hombre, pero no hacía falta coger El hobbit, arrancarle las páginas y usarlas para sonarte las narices. Lo digo por esos «paralelismos» como la mano cortada de Azog/Sauron, el deusexmachinazo de las águilas (aunque, en justicia, estaba en la novela), esos planos calcados de la antigua trilogía, el Rey Trasgo muriendo en el puente y derrumbándolo (¡hola, Balrog!), y más cosas que, en fin, tú ya sabrás.

Mira, te voy a dar un consejo, amiguete: cómprate un diapasón, porque no has sabido encontrar el tono de la película. Al principio, nos plantas un prólogo, narrado por Bilbo, en el que nos cuentas una batalla entre enanos y orcos. Que sí, que vale, que quieres ilustrar lo que en el libro se comenta de pasada. Que quieres darle un mayor trasfondo a la misión de los enanos que en la novela, donde prácticamente se reducía a «QUEREMOS EL ORO», que muy bien… ¿pero realmente tenías que meter esa escena en mitad de una escena costumbrista, con Frodo arreándose una manzana a mitad de plano?

Ay, Peter, si te hubieras ceñido al espíritu de la novela… y el caso es que hubo un momento en el que pensé que mis temores eran infundados, que había hecho mal en desconfiar de ti. Sí, hablo de la visita de los enanos, esa escena en la que combinas notablemente la seriedad de la misión con la comedia. Vamos, lo mismo que en el libro, que básicamente va de un señor que, como Karl Pilkington, está muy bien en su casa, sin salir a ningún lado. Pero no, aquí Bilbo es muchísimo más heroico casi desde el principio. ¿Cómo vamos a tener a un protagonista inseguro que evolucione a lo largo de la historia? ¡Nada, nada, que sea echao p’alante desde lo antes posible!


Si querías ser fiel al libro, tendrías que haberle puesto sujetando un bizcochito.


Pero se ve que te cegó el éxito de El señor de los anillos, y pensaste que tenías que hacer una película más grande, más épica, más hiperbólica, más MÁS. Si no, no me explico cómo fuiste capaz de meter las más de quinientas páginas de La comunidad del anillo en una película de dos horas y media, y solo has podido encajar las cien primeras de El hobbit en una película de idéntico metraje.

Bueno, sí lo sé. Por los añadidos. Los añadiditos, Peter. Por ejemplo, la escena de los gigantes de piedra, o el Concilio Blanco, o Radagast el Pardo. En serio, Radagast el Pardo… ¿en qué leches estabas pensando al meter a un mago fumeta? ¿Realmente era necesaria la escena del erizo Sebastian? ¿Y el trineo tirado por liebres? ¿Y la mierda de pájaro en el pelo del insufrible mago? ¿Pero a ti qué te pasa, Peter?


Mírale a los ojos y di que no te arrepientes. HAZLO SI TE ATREVES.


Y por si fuera poco, toda la trama de Azog, alias «el orco albino». Muchos me han dicho que el papel de Azog existe por la necesidad de las grandes producciones de tener a un claro antagonista, que de no estar, la película hubiera cojeado… pero, espera. ¡Yo creía que ya había un antagonista! Ya sabes, Smaug, el dragón… ese que hubiera cabido en esta película si no te hubieras entretenido tanto con otras tonterías. Pero yo te entiendo, Peter, porque sé que te identificas con Smaug: repantingado en tu salón entre montañas de oro, e intentando conseguir más. Si no, ¿por qué ibas a haber hecho una trilogía?

No me malinterpretes: no me molesta el hecho de que hayas cambiado algunas (muchas) cosas per se. A fin de cuentas, cuando veo una adaptación, quiero que me sorprendan hasta cierto punto, no quiero ver exactamente lo mismo que en el material de origen. Pero si vas a añadir material, al menos intenta que este sea entretenido, porque lo cierto es que el adjetivo que mejor define a tu película es «aburrida». La constante persecución de los orcos resulta tediosa, los intentos de hilar artificialmente la película con El señor de los anillos resultan tan forzados como si hubieran sido sacados de La venganza de los Sith (¿Radagast contra el Rey Brujo de Angmar, Peter? ¿En serio?), las batallitas que metes están alargadas hasta la extenuación…

Sí te voy a conceder una cosa: el reparto. Y es que Martin Freeman es el perfecto Bilbo… o lo sería, si el Bilbo de la película fuera el mismo de la novela, pero esa es otra cuestión. Ah, y muy astuto también lo de maquillar menos a los enanos principales para que el espectador pueda acordarse de ellos. Porque reconozcámoslo, todos nos quedamos con la cara de Thorin y Fili, pero a ver quién se acuerda del resto. Bombur no cuenta, porque es «el gordo».


¿Quién sabe distinguirlos? ¡Ni tú, Peter! ¡NI TÚ!


En fin, Peter, te voy a ir dejando. Quiero que sepas que no estoy enfadado, solo decepcionado. Decepcionado contigo y conmigo mismo, porque sé que, pese a todo, cuando saques las otras dos entregas, acabaré viéndolas. Y entonces tal vez tenga que escribirte otras dos cartas, aunque espero que sean más alegres que estas.

Echando espuma por la boca, se despide tu enemigo,
Bóinez

P.D.: Ni se te ocurra acercarte a El Silmarillion.