2 mar. 2013

Lecturas boinudas: febrero de 2013




Una semana más, y tras guaca guaca, mole mole, vuelve RduTcB, el blog antirutilófilo.

Hoy estrenamos una sección nueva en RduTcB: Lecturas boinudas, un breve repaso a las novelas que lea cada mes. Y es que dos horas diarias de tren dan para mucho, oigan. Para que no digan que aquí no se CULTURIZAN. Cad… ¿cómo? ¿Que no saben qué es un libro? Sí, oigan… eso de las letras que hacen palabras… que están en páginas… que se leen… que sí, que sí. Eso de lo que a veces hacen películas… ¿lo ven, ven como ya les suena? Ay, si es que…

En fin, sin más dilación, vamos con las novelas que he consumido con avidez este pasado febrero.

- American Psycho, de Bret Easton Ellis: Ni de lejos justifica su fama. Le sobran páginas por todas partes y la narración es tediosa. Está claro lo que pretende Easton Ellis con ella, pero es un recurso que hubiera funcionado mucho mejor en una novela de menor extensión, porque con casi quinientas páginas, termina cansando. No veía el momento de terminarlo. 

Tanta descripción de las vestimentas de los personajes cansaría hasta al mismísimo J. Peterman. Y aunque se entiende el motivo, el tema recurrente de la superficialidad, del «tanto tienes, tanto vales» y la uniformidad de todos los yuppies (algo que se ve reforzado con las confusiones de identidad), lo cierto es que entorpece la narración.

Otro tanto pasa con las distintas viñetas que componen la novela: tanto daría que la obra contase con doscientas páginas más que menos, pues la mayoría son reiterativas e irrelevantes.


«A ti te voy a dar yo irrelevancia… en cuanto me digas de qué marca es esa boina».


Muy, muy decepcionante. Que alguien me explique dónde reside su maestría y su genialidad, porque yo desde luego no la he visto. A no ser que sea «ye loko k el pavo ba matando jente ai to loko pro luego al final t kedas to rallao», claro.

- Sin noticias de Gurb, de Eduardo Mendoza: No había leído nada de Mendoza antes, y me pareció una novelita la mar de entretenida. Cuenta las desventuras de un alienígena en la Barcelona preolímpica. Narrada en forma de cuaderno de bitácora, es un divertimento ligero que arranca más de una sonrisa, no sin meter alguna que otra pulla hacia la sociedad. Recomendable para pasar un rato entretenido, que además se lee de un tirón.

- Mil cretinos, de Quim Monzó: Ya solo por La alabanza y La llegada de la primavera bien merece una lectura, pero es que además el resto de relatos son más que notables. 

La alabanza es la historia de un escritor novel que se obsesiona con su ídolo, un autor experimentado. La llegada de la primavera trata de la vejez y de cómo la afrontan distintos personajes. El amor es eterno trata de un hombre que retoma una relación con una antigua novia porque cree que ella va a morir dentro de poco. Sin embargo, pasa el tiempo, y cada vez está más sana… 

Los relatos, no exentos de humor, versan sobre la vida, la muerte, la vejez, la obsesión… muy recomendable. Ya están tardando en leerlo, rufianes.

- Siempre perdiendo, de Faemino y Cansado: Un libro que compré en 2003 y que desde entonces he leído muchísimas veces, la última poco antes de asistir a Parecido no es lo mismo. El volumen es una colección de guiones de sketches del dúo cómico, y también incluye el guion del espectáculo que da nombre al libro. Para leer con una sonrisa en cada página, y no pocas carcajadas.

- And Another Thing…, de Eoin Colfer: La sexta entrega de la trilogía en cinco partes (es complicado) Guía del autoestopista galáctico, del difunto Douglas Adams. 

La novela consigue superar a So Long, and Thanks for All the Fish y Mostly Harmless, algo que, por otra parte, no era tan complicado, y nos ofrece una continuación de las desventuras de Arthur Dent, Ford Prefect, Trillian y (por fin) Zaphod Beeblebrox, un presidente granuja y corrupto. Vamos, como si fuera un político español, pero con gracia.


Tiene una nave espacial vikinga. ¿Qué más quieren?

And Another Thing… está llena de referencias a pasadas novelas de la saga y es, con diferencia, la entrega más cohesionada de todas. De hecho, es la única con la que he tenido la sensación de estar leyendo una parte de un todo mayor, ya que, reconozcámoslo, Douglas Adams iba improvisando sobre la marcha. ¿Alguien habló de Fenchurch?

Si no me equivoco, ya está editado en España, así que si son aficionados a H2G2, lean esta más que digna continuación: no se arrepentirán.

- Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez: Cuatro historias con la derrota como hilo conductor, en las que los personajes están relacionados de una manera o de otra. Poco puedo decir, salvo que la lean. Ya, no es un argumento muy convincente, pero si la novela ha sido capaz de acabar con mi verborrea, imaginen.

- Lo qué sé de los hombrecillos, de Juan José Millás: Un hombre se despierta para encontrar que unos hombrecillos han hecho un doble suyo, un doble que es como una extensión de él. Este hombrecillo, una especie de Pepito Grillo perverso, un Pepito Grillo MAL, corromperá al anónimo protagonista.

Sin llegar a estar mal, la novela, que se lee del tirón, no pasa del mero entretenimiento. Los acontecimientos nunca llegan a dar la sensación de estar afectando realmente a la vida del protagonista, y el conflicto principal se resuelve por elipsis. Probablemente hubiera funcionado mejor como relato corto. Para pasar el rato.

- La naranja mecánica, de Anthony Burgess: Poco se puede goborar de esta bolche novela que no se haya dicho antes, oh, hermanos míos. Un retrato realmente joroschó de la violencia innata en el ser humano… ¿o no? CUIDAO, spoilers a continuación.

Si bien en la edición norteamericana original y en la película Alex vuelve a las andadas, la versión original de Burgess incluía un capítulo 21 en el que, un par de años después, Alex se encontraba con uno de sus drugos, que había sentado la cabeza. Esto desencadenaba una catarsis en Nuestro Humilde Narrador, que se daba cuenta de lo inútil de la violencia, y decidía reformarse y buscar una mujer con la que formar una familia.

Este repentino cambio del personaje, en mi opinión, resulta demasiado forzado, al no ser progresivo durante la novela. En su lugar, tiene lugar en las últimas doce páginas del libro, dando la sensación de que sea un final feliz impuesto por la editorial, cuando realmente fue al revés: el editor norteamericano puso como condición para publicar la novela que Burgess suprimiese ese capítulo.

La explicación de Burgess es que una novela tiene que mostrar cómo su personaje se hace más sabio y madura en el transcurso de la misma. Sin embargo, y precisamente por no ser «en el transcurso de la misma», el final resulta artificioso. Sería más coherente con lo que se ha ido contando durante las casi doscientas páginas que Alex volviese a hacer de las suyas y se diese de nuevo al rasraceo y al viejo unodós unodós, pues el mensaje que se desprende de los veinte primeros capítulos es que hay gente que es malvada por naturaleza, sin tener ningún motivo detrás ni que sean «cosas de chavales». A fin de cuentas, de gente así está llena la Historia.


Me sentí algo estafado por la ausencia de naranjas mecánicas, PERO.


Y hasta aquí las lecturas boinudas de febrero. Ahora mismo, como sabrán los que me sigan en Goodreads, estoy con Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, una novela de Michael Chabon sobre un par de jóvenes que se embarcan en el mundo del cómic en plena Edad de Oro. Ya les daré mi veredicto final en las lecturas boinudas de marzo, pero de momento, con trescientas y pico páginas leídas y la mitad del libro por delante, se lo recomiendo fervientemente.

LEAN.