9 feb. 2013

En llamas: quemadito con los Juegos del Hambre


«Para ti la vida que te lleva,
para mí la vida que me quema»



Una semana más, y tras haber luchado a muerte por la última patata brava, vuelve RduTcB, un blog que ustedes leen. Vamos, digo yo.

Como ya sabrán, servidor se pasa unas tres horas diarias en el transporte público entre ida y vuelta de la universidad. ¿Qué significa esto? Pues que no solo veo a muchas mujeres obesas devorando con avidez su ejemplar de Cincuenta sombras de Grey bajo el brazo, sino que tengo mucho tiempo para leer. Estando así las cosas, no creo que les sorprenda saber que, tras haberme tragado Los Juegos del Hambre, decidiese arrearme también su secuela, En llamas. Así es: Bóinez reads it so you don’t have to.


Injusticia: Nicolas Cage no participará en la adaptación cinematográfica.


No es que esperase una mejora cualitativa respecto a la primera entrega, pero lo cierto es que En llamas es más tolerable que Los Juegos del Hambre. Esto se debe principalmente a que, mientras que en LJdH la mayor parte del peso recaía en la anodina protagonista, Katniss Everdeen, en esta ocasión la muchacha pasa la mayor parte del libro en compañía de otros personajes que son un dechado de carisma cuando los comparamos con ella.

En llamas se sitúa más o menos un año después de la primera entrega. Katniss, como ganadora, vive una existencia más desahogada en lo que al vil metal se refiere. Sin embargo, su intento de suicidio ha sido interpretado por el Capitolio (recordemos, los mandamases) como un acto de rebelión, y el mismísimo presidente le avisa de que, como el pueblo se rebele, ella las va a pasar putas.

Como ganadora, Katniss se embarca en una gira por los doce distritos de Panem, y es en uno de estos actos en los que unos cuantos alborotadores se alzan contra el régimen. «¡Caray, parece que va a pasar algo interesante!», pensé yo, iluso de mí. Y es que la narración en primera persona, sumado a que Katniss casi nunca se entera de nada, hizo que todo pasase en off. Pues nada, estupendo, oigan. ¿Quién quiere enterarse de las violentas consecuencias de una rebelión pudiendo asistir a la enésima prueba de vestuario de Katniss? Y es que, al igual que en Los Juegos del Hambre, el contexto sociohistórico, que podría ser interesante, brilla por su ausencia.


Argumento de autoridad: A REESE WITHERSPOON LE GUSTA, aunque lo tenga al revés.


Tras mucho marear la perdiz, Katniss vuelve a los Juegos del Hambre. En teoría esto no debería haber sucedido, porque los ganadores están exentos de volver a participar, pero gracias a un deusexmachinazo astuto giro argumental nos enteramos de que cada cuarto de siglo se celebra el Vasallaje de los Veinticinco, que no es sino unos Juegos del Hambre con reglas especiales. Vamos, como los handicaps de la arena de batalla del Gold Saucer (¡allé voy!). ¿Y qué toca este año? Pues que los participantes sean escogidos de entre los vencedores de años anteriores. Y hala, Katniss y Peeta de nuevo en acción. Hurra. O algo.

Como les decía, lo bueno es que en esta ocasión Katniss forma alianza con otros tributos (participantes), entre ellos el clásico guaperas-que-parece-un-chulo-superficial-pero-en-realidad-no, una señora mayor a la que no se le entiende ni jota, una jamelga que se despelota en mitad de una ceremonia (¿qué se juegan a que no se verá nada de eso en la película?) y una pareja de arquetípicos científicos locos, uno de los cuales me recordaba inevitablemente al gran Bill Nighy. Ninguno de ellos pasa de la categoría «personaje pobremente escrito», pero al menos suponen un contrapunto a la ínsipida Katniss.

En esta ocasión, además, los Juegos no ocupan tantas páginas del libro y son más amenos debido a la naturaleza cambiante del campo de batalla, dividido en doce cuadrantes con distintas amenazas que cambian según la hora. Entre las lindezas que moran en la arena tenemos tsunamis (¡patrocinados por Bayona, oiga!), niebla tóxica o monos, ¡monos violentos! ¡Todo es mejor con monos, aunque intenten desgarrarte los pulmones!


«Y para la tercera parte, ¡gatitos! ¡Gatitos que meen ácido! ¡Asquerosa y peligrosamente adorables!»


En llamas es una novela de usar y tirar, un libro cuya lectura dura un suspiro gracias/por culpa de su estilo sencillo (o más bien, simplón) y ese interlineado de 1,5 que contribuye a que los chavales puedan decir «e k llo leo un monton k me e leido un libro de cuatrozientas pajinas e k komo digas k no leo t meto una hostia pallaso!!!!». ¿Les recomiendo su lectura? Buf, depende. Si les sobra el tiempo o sencillamente, quieren entretenerse con una novela ligera, pues sí. Si lo que buscan es una distopía bien construida que les haga reflexionar… pues no. Pero oigan, mejor es leer En llamas que estar por ahí apedreando perros.