23 feb. 2013

El silencio de los famosos


Una semana más, y tras haber tenido que recurrir a hacer un videoblog para hablar del affaire rutiviruetesco, vuelve RduTcB, un blog cuyo autor merece cientos de alabanzas. O algo.

El domingo pasado se celebró la ceremonia de los Premios Goya. Bueno, digo «celebrar» por decir algo, porque la gala fue bastante soporífera, y ni siquiera el sketch (excesivamente alargado) de los chanantes consiguió elevar las pulsaciones cardiacas de unos espectadores al borde de la catalepsia.

La gala estuvo salpicada de toques de atención políticos, algo normal teniendo en cuenta la putísima mierda de políticos que nos gobiernan. Iba a pedirles perdón por el lenguaje, pero pensándolo mejor, ni siquiera es un insulto, sino una descripción objetiva, algo EMPÍRICO. 

La gala, les decía, estuvo trufada de comentarios sobre la penosa situación en la que nos encontramos. Referencias a los sobres, a la subida del IVA, a los recortes en sanidad y educación… no solo fue Eva Hache la que, en su monólogo inaugural, le soltó unas cuantas pullas a José Ignacio Wertlos, sino que actores como los inmensos Raúl Arévalo y Antonio de la Torre, entre otros, llevaron pegatinas de «NO a los recortes», amén de comentarios como Maribel Verdú, Javier Bardem y Candela Peña.

Por supuesto, las reacciones no se han hecho esperar: como siempre que alguna figura pública osa manifestar su opinión, varios ciudadanos han ENFURECIDO por tamaña afrenta. ¡Cómo se atreven! ¡Dichosos actores que tienen puntos de vista y los expresan! ¡Pérfidos, canallas, hotentotes! ¡Deberían callarse y limitarse a entretenernos con sus películas!


El único representante digno.


El «argumento» más empleado a la hora de criticar las reivindicaciones de los actores es que «no deberían quejarse, porque ellos tiene dinero y la crisis no les afecta». Bueno, teniendo en cuenta que muchas de las medidas gubernamentales afectan a todo el mundo independientemente de su nivel económico, como por ejemplo las referentes a la educación y la sanidad, esta falacia se desmonta por completo. 

Sin embargo, supongamos que fuera así, que, efectivamente, a los acaudalados no les afectase ninguna de las reformas llevadas a cabo de forma completamente democrática a base de decreto ley… ¿por qué diantres no iban a quejarse? ¿Por qué no iban a alzar la voz en contra de un sistema que está oprimiendo a los que no tienen una posición tan privilegiada como la suya? No es necesario estar puteado para indignarse.

Si nos paramos a pensarlo, lo que este «razonamiento» defiende es que, para criticar algo, tiene que afectarte a ti directamente. De acuerdo, pues. Sigamos esta corriente y no hagamos nada por ayudar a los países subdesarrollados porque ¡eh! ¡Que no soy yo el que se está muriendo de hambre! ¡Que se jodan esos niños africanos, que algo habrán hecho para merecerse lo que les pasa!


«¡Y lleva vestido en vez de chándal! ¡HIPÓCRITA!»


Otra excrecencia que surge de los hocicos de estos necios es que las figuras públicas no deberían meterse en política. No podría estar más en desacuerdo. Son precisamente estas figuras públicas las que mayor poder de difusión tienen, por lo que (si quieren, claro), deberían denunciar las injusticias que se cometen. De hecho, aunque no tuvieran poder de difusión, también deberían tener el derecho de expresarse, ¿o es que por ser famosos ya no pueden tener opiniones?

Lo más gracioso de este tema es que muchos de los que critican que Bardem, Peña o quien fuese se quejase de la bochornosa calaña política que nos asfixia, son los mismos que cuando George Clooney, Tim Robbins o Sean Penn se manifiestan políticamente, aplauden con las orejas. «¡Americanoooooos, os recibimos con alegríaaaaaaaa!». ¿Qué diferencia hay entre una situación u otra? ¿Por qué es tan guay que los norteamericanos estén concienciados y en cuanto los famosos españoles se posicionan ideológicamente se les tacha de demagogos?

Esa es otra: la puta demagogia. Está claro que algún comentario demagogo que otro siempre cae, pero parece ser que si lo pronuncia una figura del mundillo cultural está mucho peor visto que si surge de las fauces del político de turno, en cuyo caso se le jalea. 

No me malinterpreten: detesto la demagogia tanto como el que más, pero a diferencia de algunos iluminados, sé distinguir la verdadera demagogia de la falsa. Decir «no te quejes, que hay gente que lo pasa peor» es demagogia y una gilipollez. Decir «el sistema está puteando a los ciudadanos» no lo es. Pero claro, con la palabra «demagogia» pasa como con «racista», que la gente la tiene en la punta de la lengua esperando a usarla. Le QUEMA.

Además, otro factor es que… ¿qué? ¿Cómo que que me calle? ¿Cómo que no me puedo quejar de la gente que critica de que los famosos opinen porque yo no voy vestido con harapos? ¿Qué hacen con ese garrote con un clavo en la punta? ¡No se me acerq