2 feb. 2013

Coriolanus, pero QUÉ DECÍS




Una semana más, y tras haber hecho algo, vuelve RduTcB, un blog cuyo autor hace cosas.

Hace poco se estrenó en España Coriolanus, una adaptación de la obra de Shakespeare Coriolano (era de esperar). La película, dirigida por Ralph Fiennes, cuenta la historia de Cayo Marcio Coriolano, un general romano al que los senadores, mediante un complot, consiguen que destierren cuando se presenta a cónsul.




La cinta actualiza la obra del Bardo (si se habla sobre Shakespeare, hay que llamarlo así para quedar bien) y la sitúa en tiempos modernos. No es nada que no se haya hecho ya, recordemos Romeo + Julieta o Ricardo III, y el resultado formal es bueno… o no. 

El problema es que los diálogos no casan con las imágenes. Mientras que vemos una guerra actual, con fusiles, granadas, ropa actual y demás, los diálogos están sacados casi palabra por palabra de la obra original. Claro, el problema es que… que… ¿qué me pasa…?

¡Oh, cruel Fortuna! ¿Por qué os burláis de este humilde bloguero y le torturáis con discursos anacrónicos que se enfrentan a las poderosas imágenes cual David frente al gigante Goliat? ¿De la mente de que demiurgo cruel salió la idea de combinar arcaísmo y actualidad? ¿Quién fue el vil bellaco que dio el visto bueno a semejante hazaña?


«¡Traedme al responsable de semejante atrocidad, que ha hecho que mis ojos suden de sufrimiento!»


Difícil es, sin duda, que nuestro ser se acostumbre a la disonancia entre lo que nuestros espejos del alma ven y lo que nuestros maltratados oídos oyen, pues entre lo que salta a la vista y lo que se desliza dentro de nuestras orejas fluye un río de más de cuatrocientos años.

Sin embargo, solo la lengua de un rufián proferiría exclusivamente críticas hacia esta obra, pues la verdad es que Coriolanus cuenta con buenas interpretaciones de Ralph Fiennes, Jessica Chastain, Vanessa Redgrave, Brian Cox y James Nesbitt. Un reparto que, a excepción de la doncella Chastain, que proviene del Nuevo Mundo, es originario de las viejas Islas Británicas.


«Os agradecemos, oh, Bóinez, la misericordia que desprenden vuestras palabras».


La obra cuenta con un ritmo que, os lo garantiza este humilde escribiente, les mantendrá aferrados al asiento, pues ingeniosas son las pérfidas maquinaciones de los senadores que, en su viperina traición, se vuelven contra Coriolano. Es menester mencionar el viaje emocional de este último, vilipendiado general romano que, en su furia, se vuelve contra la Madre Roma y sus habitantes. 

Todos estos sucesos acontecen en pocos más minutos que noventa, y sin embargo, al espectador le dará la sensación de haber asistido a una obra de menor longitud. Aun así, ¡ay, cruel Destino!, es muy probable que el asistente a la proyección no consiga que sus oídos mortales se acostumbren al devenir de los diálogos hasta casi el momento de que baje el telón.


Es esta y no otra, querido lector, la maldición de Coriolanus: el anacronismo que supone la ambientación, o visto de otro modo, el diálogo; pues a fe mía que el resultado final podría haber sido superior de existir armonía entre parlamento y visiones.





Si yo, vano bloguero, os he ofendido,
pensad solo en esto y todo está arreglado:
que os habéis quedado aquí durmiendo
mientras ha aparecido este artículo.
Y esta débil y humilde entrada
no tendrá sino la inconsistencia de un sueño,
amables lectores, no me reprendáis;
si me concedéis vuestro perdón, me enmendaré…

Y a fe de honrado Bóinez
que, si he tenido la fortuna
de escaparme ahora del silbido del videobloguero,
procuraré corregirme lo antes posible;
de lo contrario, llamad a Bóinez embustero.
Así, pues, buenas noches a todos.
Dadme vuestras manos, si es que somos amigos,
y el emboinado os restituirá con resarcimiento.