22 dic. 2012

¿Pero qué Navidad ni qué Mesías muerto?


«Era una Navidad como todos los años
Cuando vimos por los cielos objetos extraños
Hongos nucleares sobre varias ciudades
Aniquiladas todas las capitales»
Navidad nuclear, Calipo A


Una semana más, y tras haber sobrevivido a otro fin del mundo, vuelve RduTcB, un blog postapocalíptico.

Como los más observadores habrán notado, ya queda poco para Navidad, esas entrañables fechas en las que la familia se reúne para ponerse como el Tenazas y discutir sobre la edad de Raphael. También son esos días en los que la mayor parte la población se vuelve berserker y se lía a porrazos con sus paisanos para conseguir ese último muñeco de acción de Jesucristo (¡con cruz incorporada!) que ha pedido el chiquillo.

A mí la Navidad me gusta. Sí, sí, sé lo que están pensando, «a mí qué me importa lo que te guste, tío mierdas» «¿a Bóinez le gusta la Navidad? ¡Pero si a él no le gusta nada, y otras falacias!», pero el caso es que la disfruto, y mucho. No porque se conmemore el supuesto nacimiento del primer Poochie de la historia, que a mí, como ustedes sabrán si siguen mi relación con @catolicos_es, me la trae bastante flojindánguer, sino porque es una época de paz y HAMOR.


Ya lo dijo Ricky Gervais: «si le cambiasen el nombre a Mierdavidad, pero aún pudiésemos emborracharnos con la gente que queremos, seguiría gustándonos». Lo suscribo totalmente, menos por lo de ponerse finolis empinando el codo, a lo que nunca le vi la gracia. 

Y es que para muchos, la Navidad es uno de los pocos momentos en los que se reúne con su familia en torno a la mesa, peleándose cual perros callejeros por la última gamba o ese trozo de tortilla de patata que parece más grande que los demás.


Dramatización.


Esos cálidos momentos en los que se comenta «pues parece que el chiquillo ha engordado» o «ay, cómo se te notan los años, ¿eh? ¿Qué? ¿Cómo que a mí también?», mientras la abuela se va a fregar sin permitir que nadie le ayude, quien sabe si en un intento de escapar del enésimo especial de Nochevieja de José Mota.

Esos manjares que solo se encuentran en Navidad (bueno, desde octubre hasta febrero), como los densos mazapanes, el clásico turrón de chocolate, el incomprendido turrón de coco (siempre te querré, turrón de coco), el turrón de yema y su repulsiva textura, que es como masticar cera; o la joya de la corona: las bolitas de coco recubiertas de chocolate, esa ambrosía que se les escapó a los dioses en un descuido, y que un astuto comerciante puso a nuestra disposición a granel en los supermercados. Desde aquí, mi agradecimiento a ese héroe anónimo.


En ausencia de Tom Waits, las bolitas de coco desempeñan las funciones de Dios.


No todo es bueno en la Navidad, por supuesto. No le deseo a nadie tener que trabajar en un centro comercial en estas destacadas fechas, donde la reina y yo los establecimientos se convierten en la segunda casa de Luis Miguel, que berrea incansablemente «YA SABES MI AMOR PÓRTATE BIEN NO DEBES LLORAR YA SABES POR QUÉ SANTACLÓS LLEGÓ A LA SIUDAAAAAAAD» en un bucle infinito que ha acabado con la cordura de más de incontables víctimas inocentes.

Eso por no mencionar lo impracticable que se vuelven las calles, llenos de padres frenéticos que, cual Arnold Schwarzenegger en Un padre en apuros, buscan con avidez lo que sus pequeñuelos han pedido, mientras claman al cielo «¿PERO QUÉ COJONES ES UN GORMITTI?» y de abuelas que abren una ventana a un nuevo mundo de horror cósmico cuando le piden a la dependienta «una mosterjái de esas para mi nieta» o «un libro de la rata esa con gafas, el Gerónimo Smirnoff o como se llame, ay, hija, yo que sé, si de esto no entiendo».

Y es que comprar regalos es un locurón. Por mucho que los homófobos digan que es mejor dar que recibir, la verdad es que hay veces en las que escoger los obsequios y sobrevivir al frenesí de las tiendas es una misión solo realizable por Ethan Hunt. Dejen que les dé un pequeño consejo: cuando vean algo que les guste para uno de sus seres queridos, cómprenlo aunque estén en pleno marzo. Al llegar diciembre y ahorrarse las colas kilométricas, me lo agradecerán.

Por último, y siguiendo mi consejo, les entrego mi regalo de Navidad. Sí, sí, ya lo sé. Lo hice hace semanas y algunos de ustedes ya lo han visto, pero la intención es lo que cuenta… ¿no? Pues eso: feliz Navidad, fistros lectores.