3 nov. 2012

Abraham Lincoln, cazador de vampiros: sangría histórica


«Soy moderno, soy eterno y lo estoy pasando bien
Soy vampiro con melena, soy un drácula ye-yé»
Drácula ye-yé, Andrés Pajares



Una semana más, y tras haber perdido la cuenta de cuántas entradillas de este estilo llevamos ya, vuelve RduTcB, el BOG.

Abraham Lincoln: figura clave en la abolición de la esclavitud, presidente de los Estados Unidos, tipo alto, señor con barba, ¿cazador de vampiros? Pues parece que sí, al menos en la novela de Seth Grahame-Smith, titulada Abraham Lincoln, cazador de vampiros.

«¿Y de qué va esta novela, Bóinez? ¿Se la ha leído?», pregunta algún lector poco avispado. ¡Pues claro que me la he leído, berzotas! ¡Si no, no estaría escribiendo esta entrada, desgracia galopante! ¡Burricalvo! ¡GRFJTX! En cuanto al argumento, Abraham Lincoln, cazador de vampiros trata de un perro que se escapa de casa y vive una serie de graciosas aventuras y… ¿de qué va a ir? Va de Abraham Lincoln. De Abraham Lincoln cazando vampiros. Bueno, más o menos.


No me negarán que la portada es HAMOR.


Grahame-Smith nos presenta la novela de una manera quijotesca: un misterioso individuo le entrega los diarios secretos de Lincoln, con la condición de que escriba una biografía del presidente. Por lo tanto, nos encontramos ante una novela epistolar en la que los extractos de los diarios y cartas de Abe el honrado se intercalan durante la narración. 

Con un título como el que tiene esta novela, cabría esperar un derroche de acción salpicado con tantas gotas de humor como de sangre, ¿no? Pues no es el caso, aunque el resultado es igualmente interesante.

La novela se divide en tres actos: Niño, Cazador de vampiros y Presidente. La novela comienza con la infancia de Abe, que pierde a su madre del mismo modo que a su abuelo: a manos de un vampiro. A raíz de estos sucesos, el futuro presidente se entrena con el hacha para poder acabar con cuanto vampiro se cruce en su camino. Porque algunos niños juegan a los tazos, y otros decapitan malvados nosferati, y ambos hobbies son igual de respetables.

En una de sus andanzas, se encuentra con Henry Sturgess, un vampiro de los buenos. Pero ojo, no se hagan ideas equivocadas: aquí «bueno» no significa que brille, no beba sangre humana y sea un MIERDAS, sino que solo se alimenta de delincuentes o moribundos. El mal menor, vaya. El caso es que Sturgess decide entrenar a Lincoln para que acabe con los vampiros más hideputas, los que atacan a los humanos sin ton ni son y, con el tiempo, acabarían fundando Telecinco.

Así, gracias a los esfuerzos de Sturgess, Lincoln acaba convirtiéndose en una moderna máquina de matar con un arsenal de aúpa: su fiel hacha, estacas, artefactos pirotécnicos… todo ello oculto debajo de su característica levita. Es en el segundo acto de la novela, Cazador de vampiros, donde más regusto a explotation podemos encontrar, como si el presidente fuese una versión decimonónica de John Constantine.


Más patriota no se puede ser.


En el resto de la novela nos encontramos con un retrato de la trayectoria política de Lincoln y sus vicisitudes, sus romances, sus pérdidas y viaje hasta la Casa Blanca… pero con vampiros. Por ejemplo, ¿se han preguntado por qué Lincoln se oponía a la esclavitud? Bien sencillo: porque los vampiros se alimentaban de los esclavos de las plantaciones. Nada de motivos humanos ni CHORRADAS de esas, no: la esclavitud acabó para que se jodiesen los vampiros, hombre ya.

«Entonces, ¿de matar vampiros poco? Pues vaya mierda, yo no quiero aprender historia, yo quiero SANGRE», refunfuña alguno, pero tranquilos, que tampoco es eso. Se mata bastante vampiro, pero lo cierto es que gran parte de la trama cuenta la vida de Lincoln de forma más o menos «normal», lo que precisamente hace que los episodios vampíricos destaquen más aún. 

La novela, por tanto, no es precisamente un no parar de clavar estacas, rebanar pescuezos, abolir esclavitudes y llevar chistera, pero resulta de lo más interesante. Grahame-Smith sacrifica la acción por la historia y los personajes, y la jugada le sale BIEN. Evidentemente, no quiero decir que vayan a volverse expertos en la vida del honrado Abe al leer Abraham Lincoln, cazador de vampiros, pero sí que ganarán algún que otro conocimiento, que nunca viene mal, que siempre están ahí todo el día con el internés ese, que no salen ustedes de su cuarto, ¿eh? ¡Cojan un libro, malditos!



Bonus: en El fin de la diversión, ese blog en el que hablo de cosas traductoriles, comenté la absurda campaña de promoción de la adaptación cinematográfica de Abraham Lincoln, cazador de vampiros.