1 sept. 2012

Los Juegos del Hambre, la lucha por sobrevivir al tedio


Una semana más, y tras haberle espetado a una señora que cruzar el semáforo en rojo no es peligroso, porque YO SOY EL PELIGRO, vuelve RduTcB, su badass blog y cada día el de más gente.

Si siguen mis andanzas en Crisis creativa, ya leerían hace unos meses mi opinión sobre la adaptación cinematográfica de Los Juegos del Hambre: una buena primera mitad y unos soporíferos Juegos. Sin embargo, algunas personas de mi entorno me recomendaron que me leyera el libro, porque, según me dijeron, profundizaba en la parte que más interesante me pareció de la película: la sociedad. Así que, ni corto, pero sí algo perezoso, me dispuse a leer Los Juegos del Hambre. ¿Valió la pena? EJEJEJEJEJEJE NO.


Yo hubiera puesto «un libro APASIONANTE de una señora que no conoces».


Por si aún queda alguien que no sepa de qué va la novelita de marras, voy a aprovechar el parrafito que escribí para Crisis creativa para explicárselo. ¿Qué? ¡Si lo he escrito yo no es plagio! ¡Es pereza!

Los Juegos del Hambre, por si no lo saben, nos sitúa en una distopía en la que los ricachones viven en una lujosa metrópolis llamada  Capitolio (¡sutil crítica social!) y los pobres hacen lo que pueden en doce distritos, cada uno de ellos dedicado a producir artilugios para disfrute de los acaudalados (¡más crítica social!). Cada año, para castigarles por una antigua rebelión, se celebran los Juegos del Hambre, una especie de Battle Royale, en la que dos chavales de cada distrito salen elegidos para curtirse el lomo en un reality televisado.

Lo que más me llamó la atención fue lo mucho que se parece la adaptación cinematográfica al original literario. Sí, como es natural, falta alguna cosilla (irrelevante, salvo en un caso) aquí y allí, pero casi todo se mantiene. Es más, en algunos casos, la película expande lo que vemos en el libro añadiendo cosas que, por lo visto, pertenecen a la segunda novela, En llamas. Desgraciadamente, me han informado de que, pese a mis expectativas, En llamas no incluye a Nicolas Cage ON FIRE teniendo un papel principal. Puta mierda, oigan.

Así pues, este parecido con la película conlleva que, al contrario de lo que esperaba, la novela arrastra los mismos errores… y más. Por una parte, los dos últimos actos, lo que corresponden a los propios Juegos del Hambre, son soporíferos. Por otro, la trama romántica que tantos insistían en comparar con Crepúsculo (y que yo defendí en Crisis creativa, alegando que era todo un engaño), sí hace su aparición en la novela y BUF. BUUUUUUF.


Argumento de autoridad: A MILEY CYRUS LE GUSTA.


Déjenme que se lo explique: la protagonista, la insufrible Katniss Everdeen, es una chica de unos dieciséis años resuelta a no enamorarse nunca, ¿me oyen? ¡NUNCA! Sin embargo, sale a cazar con un amigo «especial», Gale. No obstante, de amor, nada, eh, ni siquiera HAMOR. Todo eso cambia cuando entra en los Juegos y tiene que ganarse el apoyo de los patrocinadores, para lo que sus mentores diseñan una estrategia: que finja estar enamorada de Peeta (que sí, puñetas, que se llama así) porque ya saben, el amor vende.

Al principio todo es fingir, claro, pero con el tiempo se convierte en ALGO MÁS. Y es ahí (aproximadamente el último tercio del libro), cuando el reflejo de la náusea se activa. «Ay, ¿quiero a deeeel Peeta Peeta deeeeeeeeeel? ¿Quiero a Gale? Ay, no sé, ¿qué siento por ambos?» y a uno le dan ganas de hacer esto.

No solo eso, sino que los dos últimos actos (de tres, CUIDAO) del libro son aburridos. Sí, aburridos. ¿Alguien cree que Katniss, una Mary Sue de libro, corre algún peligro? Además, resulta una protagonista tan insufrible, PESADA con lo mucho que quiere a su hermana y repelente que es inevitable esperar que la pillen por sorpresa y le hagan catacrocker en la cabeza.

Y, ¿saben qué es lo peor de que Katniss sea la protagonista? Que encima el libro está narrado en primera persona. Así es, no nos quitamos de encima a la necia esta en ninguna de las casi cuatrocientas páginas de la novela. TOCOTÓ. Y qué manera de narrar, señores, ¡qué manera! No es que sea sencilla, es que es simple. Claro, es una adolescente de dieciséis años, pero eso no significa que sea mental. En algunos momentos llegó a extrañarme que el libdo no eztuvieda ezcdito azí, zí, pada zentid la difedencia.


«¡Ay, Bóinez, cómo eres! ¡Es que a ti no te gusta nada! Por cierto, soy Suzanne Collins, la autora, y lo digo aquí, en este pie de foto, porque imagino que no lo sabríais. Bueno, me voy. Hale. Me voy, ¿eh? Hasta luego. Ya nos vemos. Venga. Hasta luego. ¡NO OLVIDÉIS COMPRAR MIS LIBROS!»


«Vale, mucha queja, sí, ¿pero qué hay del primer acto? ¿No decías que la parte de la sociedad te había interesado?». Tengo que dejar de hacer estas preguntas ficticAH, QUE YA ESTÁN AHÍ. Pues sí, el primer acto no está mal… pero tampoco es que aporte demasiado respecto a la película, así que bueh, reconozco que me entretuvo, pero poco más, la verdad.

Si tuviera que escoger entre película y libro, me quedaría con la primera. Y es que al menos, para bien o para mal, la película dura dos horas y algo, pero el sufrimiento se alarga en las casi cuatrocientas páginas de Los Juegos del Hambre. Tampoco es lo peor que he leído, claro, y si sirve para que algún chaval se aficione a la lectura, bienvenido sea, por mucho que haya cosas muchísimo mejores por ahí, pero, señores, VAYA COÑAZO DE LIBRO.