22 sept. 2012

El hobbit, aburridamente entretenido


«Now hobbits are a peace-lovin' folks you know
They don't like to hurry and they take things slow»



Una semana más, y tras haber arrojado el Anillo Único en las profundidades del Monte del Destino, vuelve RduTcB, un blog EPIQUÍSIMO. Bueno, un poquito.

Los que me siguen en Twitter (ese pajarraco en la columna lateral derecha) no son ajenos a lo que me ha costado mi relectura de El hobbit, libro que leí hace la friolera de casi once años y que no había vuelto a tocar desde entonces. En la primera lectura me gustó mucho, ¿pero y en la segunda? Pues también, PERO.

OJOCUIDAO, que esta entrada contiene spoilers de El hobbit. Sí, estoy avisando de que hay spoilers de una novela que cumple setenta y cinco años.


La portada de mi edición, que probablemente será sustituida pronto por una con el cartel de la película.


Lo curioso de El hobbit es que es a la vez un libro aburrido y condenadamente entretenido. Enseguida uno se deja llevar por peripecias de Bilbo y los doce enanos, la variedad de situaciones en las que se meten y los diálogos, sorprendentemente ingeniosos y ágiles… lo que contrasta con la pesadez de las descripciones, exageradamente largas, tediosas y minuciosas. Probablemente Tolkien quisiera ser escritor de catálogos para J. Peterman, pero al no haber nacido este todavía, tuvo que conformarse con hacer profusas descripciones en sus obras.

Y es que, si la primera vez El hobbit se devora con avidez y se perdonan esos capítulos de pura descripción y reposo («¡Tras un largo viaje, hemos llegado a la guardia de Smaug! Ah, está cerrada, SENTÉMONOS») por el deseo de saber qué va a pasar, la relectura le hace perder varios puntos al saber de antemano el desarrollo de la acción, lo que nos hace gritarle a las páginas «¡PERO VENGA, DÉJATE DE TANTA CANCIÓN Y TANTA HOSTIA Y AVANZA LA TRAMA, MALDITO SACO DE PÁGINAS!». Aunque reconozco que me dejó de pasar gracias a estas pastillas. ¡Ay, cómo entran!


«¡Gollum, Gollum! ¡Un tipo singular! / ¡Gollum, Gollum! ¡A adivinanzas le gusta jugar! / ¡Gollum, Gollum! ¡Huele bastante mal! / ¡Gollum, Gollum! ¡En las secuelas saldrá!»


La segunda vocación de Tolkien era compositor de éxitos pop, eso está claro. Si no, ¿a qué se debe el elevado número de canciones por libro a lo largo de toda su obra?  Y además ridículas como ellas solas, y si no, lean:

«¡Oh! ¿Aquí os quedaréis,
o en seguida os iréis?
¡Se extravían los ponis!
¡La luz del día muere!
Sería malo irse;
mucho mejor quedarse,
y escuchar y atender
hasta el fin de la noche
nuestro canto.
¡Ja! ¡Ja!»

Ya, ya sé lo que están pensando: que es culpa de la traducción, que el original tiene mucha más calidad lírica. Permítanme que les abra los ojos:

«O! Will you be staying,
Or will you be flying?
Your ponies are straying!
The daylight is dying!
To fly would be folly,
To stay would be jolly
And listen and hark
Till the end of the dark
to our tune
Ha! Ha!»

Y no me hagan empezar con el «tra-la-la-lalle, aquí abajo en el valle», que me enciendo, ¿eh? ¡QUE ME ENCIENDO!


«¡PUTAS CANCIONEEEEEEEES! ¡¡CALLAOS YAAA, HIJOS DE PUTAAAAAAAA!!»


Evidentemente, no todo es malo en El hobbit: es un libro con partes muy entretenidas, y pese a su carácter infantil, es una novela de aventuras muy disfrutable a cualquier edad. Y sí, he dicho «infantil», porque, por mucho que obesas turbas enfurecidas defiendan la novela como una obra cumbre de la literatura adulta, el propio Tolkien se arrepintió de haberle dado un carácter tan dirigido a los críos, como se puede leer en alguna de sus cartas. De todos modos, no hace falta leer la correspondencia del amigo Jotaerreerre para darse cuenta: la narración está colmada de apelaciones al lector hechas con un tono ligero y desenfadado, ¿y he de recordarles que los tres trolls se llaman Tom, Guille y Berto? ¡Si llevan hasta camisa y pantalón! ¡Y se insultan con palabras como «bobito»! No es muy coherente con el MOSTRENCO que veríamos en las minas de Moria (o «Khazad-dûm» para los más frises) años después, desde luego… pero es que Tolkien, cual guionista de Perdidos, no lo tenía todo pensado desde el principio. Va, les dejo un rato para que depositen su materia fecal en mi estampa.

¿Ya? Entonces, sigamos. La primera edición de El hobbit tenía una versión bastante distinta del capítulo Acertijos en las tinieblas, en la que Gollum no solo no juraba vengarse de Bilbo («¡lo odiamos, lo odiamos, lo odiamos, lo odiamos por siempre»), sino que se disculpaba por no poder darle su premio e incluso le acompañaba a la salida. Vamos, que solo le faltaba decirle «cuando el Bolsón llegue a casssa, que noss haga una perdida para que sepamoss que ha llegado bien, ¿ssí?». Aquí pueden encontrar una comparativa entre las dos versiones. Sin embargo, tampoco es nada grave, eh. No se puede pretender que Tolkien tuviera claro desde el primer momento cómo iba a configurar la historia de la Tierra Media, vaya.

Tal vez lo que menos me gustase de El hobbit fuesen sus batallas. A fin de cuentas, soy de esos a los que los cuarenta y cinco minutos de asedio al Abismo de Helm en la adaptación de Las dos torres les pareció un coñazo insoportable. Aquí lo mismo: tanto la Batalla de los Cinco Ejércitos como todo el asunto de las arañas (y las penosas chanzas de Bilbo) o la anticlimática caída de Smaug (cinco páginas que fácilmente se extenderá a la hora y media en la película, como dijo Squallido) se me hicieron interminables por culpa de la excesiva atención al detalle del autor sudafricano. Es esa atención al detalle, precisamente, lo que me ahuyenta de Canción de hielo y fuego.


«e tio puto dragon puto neoliberalista de mierda». - Kaos en la red.


Disfruté mucho más, sin embargo, con las conversaciones entre Smaug y Bilbo, esa batalla de ingenio que ni los duelos de insultos del Monkey Island, y con todas las conversaciones previas a la Batalla de los Cinco Ejércitos, en las que Tolkien consigue crear un clima tenso que desemboca en un aburrido capítulo en el que humanos, orcos, wargos, enanos y elfos se curten el lomo hasta que a Bilbo le cae un pedrusco en la cabeza y casi se queda muñeco. 

Ya digo, me da rabia que Tolkien se recree tanto en los paisajes cuando está claro que lo suyo son los diálogos: rápidos, cargados de sentido, ingeniosos y muy divertidos cuando corresponde. Pero no, el señorito tenía que explicar cómo es hasta la última joya del botín de Smaug, ¿no? Claro, como el señor es profesor… Sí, sí, te hablo a ti, Tolkien, no hagas como que no me oyes, que te conozco. Y dale una colleja a tu hijo, por editar El Silmarillion.


Como a mí lo que se me da bien es criticar, igual se han quedado con la sensación de que El hobbit me parece un libro al nivel de la biografía no autorizada de Justin Bieber. ¡Nada más lejos! Es una magnífica novela ligerita de aventuras que podría ser aún mejor si no tuviese esos bajones de ritmo y esas cansinas e innecesarias canciones. Si no lo han leído aún, ya están tardando. Y si lo han leído ya, reléanselo y ya me cuentan si están de acuerdo conmigo.