16 jun. 2012

Un tipo de Erasmus: apéndice


«Why should I know
And why should I care?»
She’s Not There, versión de Nick Cave & Neko Case


Una semana más, y un día después de haberles avisado de que colaboro en un SEÑOR LIBRO, vuelve RduTcB, su blog internacional.

Hoy, justo nueve meses después de que mi novia y yo nos viniéramos de Erasmus a Salford (cerca de Manchester), me vuelvo a España, que se la dejo poco menos de un año y me la ponen ustedes patas arriba, perillanes.

Como ya les dije en Un tipo de Erasmus, en Salford eso de que los Erasmus se tocan las narices es un concepto que les resbala, y MEJOR. Aquí, en cuanto a idiomas, nada de ceñirse estrictamente a la gramática y el vocabulario, dejando a un lado las competencias orales, no. Aquí se hace una hora semanal de práctica conversacional desde el primer año. Así que ahí he estado, haciendo exposiciones orales en alemán sobre el sistema estudiantil y Metrópolis, algo para lo que ni por asomo iba preparado de España. Por suerte, al final, BIEN.

He dicho que los Erasmus tenemos que hacer exactamente las mismas tareas que los nativos (nada de hacer un trabajo por semestre y arreando), pero quizá debería decir que hacemos más. Y es que, aunque las obligaciones sean las mismas, no vean la pachorra que tenían algunos de mis compañeros. Vamos, que tuviera que explicarles yo a ellos cómo consultar los deberes desde la página web de la universidad tiene delito.


Las vistas desde mi balcón: el estadio del Manchester United y un cielo perpetuamente nublado. This is England.


Me atrevería a decir que ha sido precisamente este el año en el que más agobiado he ido con las tareas. Que si varias traducciones a la semana (una de ellas siempre especializada), que si escribir varios ensayos, que si estudiarse la historia de Alemania, que si traducir del alemán al inglés, que si ahora del inglés al alemán (no apto para mentes débiles, oigan), que si ahora aprenderse la historia, desarrollo, vocabulario y rasgos fonéticos y gramaticales de diversas variedades del inglés…

Los asiduos a mi Twitter ya habrán leído mis diatribas contra World English(es), una asignatura que cogí pensando que iba a ser amena e interesante y que AY PAPÁ. Y es que claro, ¿no les suena apetecible profundizar en los diversos dialectos del inglés? Sin embargo, luego empieza uno a estudiarse el desarrollo sociolingüístico de Ghana, y se le quitan las ghanas (HUMOR) de seguir con el asunto. No hablemos ya de si tenemos que hacer una exposición oral de veinte minutos sobre el inglés chicano, guácala.

Una advertencia: si se van de España para huir de los canis, no vengan a Salford. Pensaba yo que los canis eran algo autóctono, typical Spanish… y me equivoqué. En Inglaterra están los chavs, vamos, el ReShuLoN de toda la vida. Con su gorra, sus oracos, sus chándales, sus bicis ridículamente pequeñas, sus madres adolescentes y sus ganas de gresca, estos (para nada) adorables bribonzuelos han hecho que me sienta como en casa. 


WhEn JoOoHnNy WiNdS YoOu UpPp, DoN’t TaLk bAcK aNd JuSt ShUuUuT UuP


Una cosa que resulta curiosa es la cantidad de culturas distintas que conviven en Inglaterra: el infierno para un racista… o el paraíso, porque podría ponerse a insultar y no parar. Indios, pakistaníes, chinos, italianos, griegos, españoles (reconocibles porque varios minutos antes de llegar ya se oyen sus gritos)… incluso algún inglés que otro, fíjense. Y claro, cada uno con su religión.

¿Qué significa esto? Pues que la cantidad de panfletos con los que puede acabar uno es IMPORTANTE. Lo más curioso de todo fue cuando me dieron uno de los Testigos de Jehová (¡lapidación!): era exactamente igual que los españoles. Qué impersonal todo, qué MAL. ¡Así no van a conseguir que me haga adepto de sus ridículas creencias! Deberían aprender de la Sociedad Cristiana de la Universidad de Salford. Esos sí que saben que la llave a la fe de un hombre pasa por su estómago.


Yo solo dije «estos fideos son dignos del mismísimo Jehová».


Por supuesto, el Erasmus ha tenido sus cosas buenas, eh: la experiencia de vivir en un país extranjero, perfeccionar el inglés, conocer gente nueva, oír casi cada día a alguien con el mismo acento que Karl Pilkington, los libros baratos, el deficiente sistema sanitario…

«¿Cómo? Bóinez, no nos dirá que se ha puesto usted MALITO», estarán ustedes pensando. No, yo no, pero mi novia sí. Bastante mal. Cristo MAL, de hecho. Ahora ya está bien, pero esperen, esperen que les cuente, que el asunto es de traca. Sí lo será para que se lo cuente, que nosotros no somos de airear nuestras cosas personales.

Un día de enero, mi novia, a la que a partir de aquí llamaremos Pareja McNovia, se levantó con dolor de estómago y vómitos. Como la cosa no paraba, llamamos al servicio de atención médica, donde nos dijeron que era gastroenteritis y que llamásemos al día siguiente si la cosa no paraba. Al día siguiente, como la cosa, efectivamente, no paraba y de hecho iba a peor (la señorita McNovia no podía ni moverse de la cama) volvimos a llamar, y se tomaron la cosa más en serio: le dieron paracetamol durante tres días. CUIDAO.

Al cuarto día, y empezando yo a sospechar que podría ser apendicitis, llamé a un taxi y fuimos a urgencias, donde después de tenernos SEIS HORAS en una sala sin más atención que una enfermera que venía cada hora y pico a hacer análisis de sangre, una cirujana dijo «pues sí que es apendicitis, eh». Bueno, eso, pero en inglés. Como la cosa estaba MAL, dijo que la operarían enseguida. Ese «enseguida» se convirtió en «ya mañana».

Tras la operación, nos contaron que el apéndice había reventado, que había tenido una peritonitis bastante seria, que tenía el abdomen muy infectado y varios órganos sin funcionar y que si hubiéramos ido más tarde me hubiera quedado sin novia porque CE UBIERA MORIDO.


La apendicitis de mi novia: dramatización.


Al contarles que habíamos seguido el consejo del doctor, el cirujano se volvió verde, su masa muscular creció y empezó a gritar «¿¡DÉBIL MÉDICO NO IDENTIFICA CLAROS SÍNTOMAS DE APENDICITIS!? ¡CIRUJANO APLASTA MÉDICO INSIGNIFICANTE!». Bueno, no hizo eso, pero sí que puso una reclamación en nuestro nombre.

Ah, pero ahí no acabaron las maravillas: después de diez estupendísimos días de hospitalización en los que a las enfermeras se les olvidaba llevar la comida a los pacientes, daban las medicinas fuera de horas, no cambiaban los goteros y se quedaban de cháchara en los pasillos pese a que había pacientes llamándoles; en fin, después de todo eso, estaba yo de noche en casa (porque solo podía ir a ver a mi novia cuatro horas al día, en el horario de visitas) viendo Adaptation, con Nicolas CAAAAAAAAGE, cuando suena el móvil y es una enfermera diciéndome que vaya, que no me puede decir QUÉ PASA, pero que vaya.


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Cuando llego a medianoche al hospital, me cuentan que la herida de la señorita McNovia se ha abierto porque estaba infectada y que «anda, mira, ¡si se le pueden ver los órganos!». Servidor no miró, claro, más que nada por mantener la cena bien guardadita en el estómago. Como ya sabrán, cuando se abre una herida no se puede volver a coser y hay que esperar a que se cure por sí misma. Dado que el tamaño del corte era grandecito, lo normal hubiera sido tenerla mínimo un día en observación, ¿no? Pues no. Como se peleaban por las camas (delante de los pacientes lo decían, no se crean que tenían pudor), esa misma tarde le dieron el alta.

Y ahí hemos estado, desde principios de febrero hasta finales de mayo, que es cuando POR FIN se cerró la herida, teniendo que ir al ambulatorio casi a diario para que se la limpiasen y llevasen un control. Y ojo, que durante los dos primeros meses apenas podía hacer nada, como si fuese un ni-ni cualquiera. Vamos, que tuve ocasión de demostrar que en el fondo soy todo HAMOR. O algo.

Pero bueno, que quitando eso, ha estado bien, ¿eh? El Erasmus, esa experiencia inolvidable.