10 dic. 2011

Un poco de la vieja ultraviolencia: trueque de niños

«Don't be greedy, don't be needy
If you live in hope you're
Dancing to a terrible tune»



Una semana más, y tras haber resuelto complejas ecuaciones diferenciales, vuelve RduTcB, su sitio de referencia para leer cosas. Cosas de RduTcB, ya saben. Ejem.

Ah, los cuentos clásicos. Entrañables escenas bucólicas que nos enseñan sabias lecciones que jugarán un papel esencial en nuestro desarrollo como personas. Es por eso que dichas lecciones se transmiten de forma popular mediante relatos apropiados para niños, sin el menor atisbo de violencia… si no le echamos un vistazo a las primeras versiones.

Es algo sabido por todos que la mayoría de los cuentos clásicos encierran el mensaje «para ser feliz solo tienes que casarte», «todas las hermanastras y/o madrastras son unas zorras» o «si tu abuela tiene una voz como la de Christopher Lee y unos colmillos que ni Veneno, desconfía» o «todas putas», pero hay algunos que encierran unas escenas de violencia gratuita que harían el deleite de los aficionados a Saw.


Por ejemplo, cojan Rapunzel. Ya saben, aquel cuento sobre la mujer embarazada que solo quería comer rapónchigos (jejé, rapónchigos, qué nombre), o, en el original alemán, Rapunzeln, y que le pedía a su marido que los robara del huerto de una bruja. Que también hay que ser manipuladora, ¿eh? Que le decía a su marido «tráeme rapónchigos, jejé, rapónchigos, qué nombre; bueno, que me traigas rapónchigos o ME MUERO». Claro, qué va a hacer el pobre hombre. Total, que la bruja le pilla y le dice que vale, que le da los rapónchigosjejeraponchigosquenombre, pero que a cambio, en cuanto nazca su hijo, se lo queda. El hombre, viendo que así ni oirá quejarse a su mujer ni tendrá que cambiar pañales ni aguantar la edad del pavo más adelante, acepta.

Los meses pasan y, nadie se lo esperaba, nace una niña, que se llama Rapunzel. ¡Rapunzel! ¡Porque es lo que comía la madre! ¡Qué bien hilado! En fin, que el marido le dice a su mujer «oye, te vas a reír, pero, ¿te acuerdas de la bruja esa, sí, la del huerto? Bueno, que nada, que la niña es para ella. ¿Qué hay de cena?» Y NO VUELVEN A SALIR EN LA HISTORIA.

Total, que si la encierran en una torre, blablablá, un príncipe la visita a menudo subiendo por su pelo, etcétera, pero al final la bruja descubre el tinglado. Según la versión, puede ser porque:

a) Rapunzel dice que le aprieta el corsé, de lo que la bruja deduce que el príncipe la ha dejado embarazada
b) Rapunzel le pregunta a la bruja cómo es que ella pesa más que el príncipe cuando sube por el pelo.

En fin, que ya sea porque a) Rapunzel se desmelena con el primer heredero al trono que pasa o b) llama gorda a su madrastra, la bruja le corta el pelo y la destierra. ¡Pero ah, hete aquí que el príncipe vuelve preguntando por Rapunzel! Entonces la madrastra le dice que no está y que jamás la volverá a ver, por lo que el príncipe se tira de la torre, aterrizando en unos rosales y sacándose los ojos con las espinas.


Dramatización.


Pero no preocuparse, lectores, ¡no preocuparse! Tras un año vagando por el bosque y comiendo cualquier basura que encontrase porque tampoco lo distinguía bayas, el príncipe se encuentra a Rapunzel con dos gemelos. La muchacha le llora encima y los ojos le vuelven a crecer. Hale. Final feliz. El príncipe ya no está ciego y Rapunzel ya no tiene que deambular sola por el bosque con dos chiquillos, porque el príncipe la lleva a su reino a reinar y hacer cosas de reinados. Y se ahorran un dinero en medicamentos porque cuando pasa algo, le da un sopapo a Rapunzel para que llore y le cure. Todo son ventajas.


Parece ser que en la época se estilaba lo de traficar con niños, porque en Rumple…, Rumbel… (voy a mirarlo en la Wikipedia), Rumpelstiltskin, joder, también se toca el tema. Resulta que un molinero le dice al rey que su hija sabe hacer hilo de oro a partir de heno. El rey, que no es tan campechano como nuestro Juanca, le dice que muy bien, que de acuerdo, que va a encerrar a la muchacha en una torre tres días, y que como no lo consiga, «pues la mato». La chica, que se preguntaría quién le mandaría a su padre meterle en estos fregaos, ya se ve con la soga (no de oro, lamentablemente) al cuello, cuando de repente aparece un duende que le ofrece hilo de oro a cambio de tres cosas: su collar, su anillo y bueno, ya que estamos, su primer hijo. La chica dice «pues mira, sí, porque luego, con no tener hijos, voy apañada».

Y bueno, por esas cosas que pasan, al final, tocotó, hijo que te crió, y Rumpel… euh… el duendecillo este de las narices le dijo que si adivinaba su nombre le dejaría quedarse con su hijo. Tras varios intentos fallidos, el duende le dijo que volvería al día siguiente. La chica, que era reina porque se había casado con el príncipe (¿y por qué no?), envió mensajeros para que se enteraran del nombre. Uno de ellos encontró la casa del duende en el bosque, quien, casualmente, estaba cantando, y no me lo invento, la siguiente canción:

«Hoy tomo vino, y mañana cerveza,
después al niño sin falta traerán.
Nunca, se rompan o no la cabeza,
el nombre Rumpelstiltskin adivinarán».

¡Se veía venir! ¡Qué natural queda! ¡No es PARA NADA un deus ex machina! Esto es un paso más en el Síndrome del Villano de Bond: no solo explica sus planes y la única manera de frustrarlos, sino que además, lo canta. LO CANTA.


Robert Carlyle interpretando una versión on fire de Rumpelstiltskin en Once Upon a Time. Hay que amarlo.


Al día siguiente, la reina le dice su nombre, a lo que Rumpelstiltskin, comprensiblemente cabreado, pega una teatral patada de enfado en el suelo. Lo que pasa es que la pierna se hunde en el suelo hasta la cintura y, al intentar sacarla, se la arranca. ¡Un festival de casquería en palacio!


Y seguiría contándoles más ejemplos, pero ya he llegado a mil palabras y sé que su capacidad de atención se resiente a partir de las mil dos, así que mejor lo dejo para otra entrada que publicaré la semana que vie… en otra ocasión. Y ahora comenten, o me quedaré con sus primogénitos para… euh… no sé, ¿para qué los querían en los cuentos, de todos modos?