15 oct. 2011

¡Pandas a gogó!

«Oso panda, oso panda,
Dime por dónde andas»
Oso panda, Papá Topo




¿Hola? ¿Queda algún lector por aquí? ¿Draug? ¿Vrede? ¿Tipo de la brocha? ¿Ori? ¿Qué? ¿Que ni siquiera Fosforo? En fin. Como ya les avisé hace cosa de un mes, he estado algo ocupado instalándome en Salford (para quien no lo sepa, es decir, casi todos, está al lado de Manchester) y no he tenido internet en el piso hasta, albricias, el martes pasado. Han sido tiempos oscuros. Pero aquí me tienen de nuevo, con ganas de retomar el ritmo y las actualizaciones y, ¿qué mejor manera que hacerlo con un artículo sobre una de las películas más bizarras que he visto en mucho tiempo? Ya, lo sé, muchas maneras, pero no se quejen.




Panda Kopanda, literalmente, Panda, bebé panda, pero traducida en inglés como Panda! Go, Panda! y en castellano, Las aventuras de Panda y sus amigos (ejem), es una película infantil de 1972 dirigida por Isao Takahata y escrita por Hayao Miyazaki. Vamos, como si fuera del Studio Ghibli, pero sin serlo. O no del todo, porque tiene unas similitudes con clásicos como Mi vecino Totoro o películas más recientes como Ponyo en el acantilado que… que… que son similares. Y nada, eso.

Permítanme que me disculpe desde ya por la gran cantidad de fotos que va a inundar este artículo, pero créanme que todas son merecidas. Cuando vi la película por segunda vez para hacer las capturas hice, exactamente, trescientas setenta y tres capturas. AHÍ ES NADA. Las que van a ilustrar la entrada son solo una pequeña muestra de las trospideces que encontrarán en los setenta y cinco minutos que dura esta joyita que es Panda Kopanda.

Y, ¿qué ofrece la cinta? Pueees…



¡MARIACHIS!

¡TENSIÓN!

¡TIERNAS ESCENAS FAMILIARES!

¡ELABORADOS NÚMEROS MUSICALES!

¡SUICIDIOS EN MASA!

¡BAILES!

¡TREPIDANTES PERSECUCIONES!

¡DAMAS DE AFECTO NEGOCIABLE!

¡PARTIDAS DE BOLOS!

¡PRECIOSAS PUESTAS DE SOL!

¡FIESTAS EN LA PISCINA!

¡HOMOSEXUALES!

¡CON MIL ELEFANTES!

¡Y UN MONO!


El DVD consta de dos historias. En la primera conocemos a Mimiko, una niña huérfana sospechosamente parecida a Pippi Calzaslargas (pero sin pecas, CUIDAO). Y cuando digo sospechosamente, me refiero a que es prácticamente igual, y a que, de hecho, Miyazaki pidió permiso a Astrid Lindgren para usar el personaje, pero Lindgren le dijo que de eso nada. Ante eso, el bueno de Hayao debió de pensar «pues me da igual, le cambio el nombre y apañado», porque a Mimiko solo le falta tener un caballo, un mono y ser espantosamente repelente (y las pecas, CUIDAO) para ser idéntica al odioso personaje sueco.

En los primeros minutos, la abuela de Mimiko tiene que dejar a su nieta para ir al servicio funerario de su marido. Mal empezamos. Aunque muchos podrían argumentar que una niña de siete años no puede cuidarse sola, y menos aún si es un trasunto de un personaje sueco, lo cierto es que Mimiko no tarda en despejar las dudas. «Estaré bien», le dice a su abuela, «¡mira!», y acto seguido da una voltereta y hace el pino, tranquilizando así a su abuela, que abandona toda preocupación al saber que su nieta está hecha toda una atleta.


No es la única vez que la niña hace el pino. Hale, ahí, enseñando la ropa interior. Al final iba a tener razón el obispo de Tenerife.


Aún así, por si el espectador sigue preocupado por el bienestar de Pippi Mimiko, a continuación tenemos tres escenas en las que la cría habla con un policía y dos vendedores y demuestra lo apañá que es: que si le haría ilusión ver a un ladrón porque nunca ha conocido a ninguno, que si de todas maneras le daría una paliza si le intentase robar… Además, cuando ella ya se ha ido, los personajes miran, como diría Ricard Solans, «directamente a la JODIDA CÁMARA» y pronuncian frases tan naturales como «¡qué apañada es Mimiko! De hecho, es ella la que cuida de su abuela y no al revés». Parece ser que en ese pueblo hay varios casos de esquizofrenia galopante.

Cuando Mimiko vuelve a su casa, se encuentra un pequeño oso panda de peluche apoyado en su puerta trasera. Pero, ¡giro argumental!, cuando lo coge resulta no ser un peluche, sino un panda de verdad. Un panda que habla y que se llama Pan-chan. ¿Raro? En absoluto, sobre todo si tenemos en cuenta que luego llega Papa Panda, un gigantesco, pues eso, oso panda que sonríe exactamente igual que Totoro, que habla, que no para de decir que, por muy bien que esté algo, «el bambú es lo mejor» y que, para rematar el asunto, se ofrece a hacer de padre de Mimiko, ya que ella es huérfana y «eso nunca funciona». Además, como bien razona nuestro peludo protagonista, «es difícil para un padre convertirse en madre, pero es fácil ser un padre, ¡porque yo ya lo soy!». Así que, con todo a favor, Mimiko le encasqueta un sombrero y una pipa y hale, familia feliz.


«Elemental, querido Pan-chan».


Esa misma noche, Mimiko le envía una carta a su abuela contándole qué tal le ha ido el día: que si el colegio bien, que si ha comido ramen, que si se ha encontrado cinco yenes, que si ha ido a comprar patatas, que si ahora vive con dos pandas parlantes, que uno hace de su padre y el otro de su hijo… Nada, la rutina diaria, ya saben. Y eso que no le cuenta lo de aquella vez que se encontró una chocolatina.

Al día siguiente, Mimiko informa a Papa Panda de sus obligaciones: ha de ir a trabajar. Ante esto, Papa Panda se muestra afligido, por lo que Mimiko le dice que no hace falta que vaya porque es su día libre. Es más, le dice que «SIEMPRE es día libre», de lo que se deduce que Papa Panda debe de ser funcionario o algo parecido.


Y esperen a que se entere de que van a subir el precio de la luz.


Pero para Mimiko no hay excusas que valgan: tiene que ir al colegio caiga quien caiga. Pan-chan, en su ignorancia (porque el pequeño panda parece monguer durante toda la película), dice que le quiere acompañar, pero ella se opone firmemente, y no solo por lo antihigiénico del asunto, sino porque los animales no van al colegio. Bueno, tampoco hablan ni fuman en pipa, así que tampoco hay por qué ser tan quisquillosos.

Pan-chan le sigue al colegio y al final Mimiko acaba cediendo, pero le pide que finja ser un peluche. Difícil veo yo esconder el HEDOR a plantígrado, pero al principio parece funcionar hasta que, cómo no, acaban descubriendo a Pan-chan, quien se mete en la cocina, es confundido con una bola de arroz (lo que me hace cuestionarme la higiene de ese comedor), se cae en una olla de curry y acaba siendo perseguido por medio colegio, entre cuyos ilustres alumnos se encuentra el mismísimo Gegant.


Gegant: Origins.


Al día siguiente, un policía visita a Mimiko para ver si está bien; cosa innecesaria, porque es imposible no estar bien si te custodia un mamífero de más de doscientos kilos. Pero el ignorante policía parece no estar de acuerdo, porque en cuanto ve a Papa Panda se pega un sustaco y sale huyendo de la casa. ¡Y eso que Papa Panda le saluda con toda educación! «Proteger y servir», y unas narices.

El policía avisa al cuidador del zoo, apropiadamente llamado Sr. Cuidador del Zoo (no me lo invento), de que los pandas que se habían escapado hacía unos días están viviendo con Mimiko. Acto seguido, don Cuidador (este hombre no debió de tener problemas para escoger su carrera) organiza una partida de búsqueda.


«¡Hola, chaaaat•tooou!»


Mientras tanto, la familia Panda se ha ido a pescar y a pasar el día fuera saltando a la comba (¿y por qué no?), pero son molestados por dos matones y su perrazo, que decide atacar a Pan-chan. Por desgracia para el can, Pan-chan resulta ser sorprendentemente fuerte y resistente (soporta un muerdo en la cabeza como si nada), y le da una paliza salvaje. O casi. Eso sí, Pan-chan cae rodando por una colina y se pierde en el momento más inoportuno (o no), porque justo entonces, don Cuidador y el Sr. Policía (sí, amigos, sí) llegan y solicitan educadamente a Papa Panda que vuelva al zoo, a lo que este accede de buena gana hasta que Mimiko le recuerda que tiene un hijo y tal, y que se ha perdido. Padres negligentes, te tienes que reír.

Todo el mundo parte en busca de Pan-chan, que, por esas casualidades de la vida, está surcando el río sentado en una plancha de madera que se dirige inexorablemente hacia una presa que desemboca en una catarata.


«¡Me dirijo inexorablemente hacia una muerte segura, BIEEEEEEEEEEEN!»


Mimiko decide arriesgar su vida para salvar a su hijo panda (no puedo creer que esté escribiendo esto) y se tira de cabeza a la presa. Las madres son así, ya saben. Afortunadamente, consigue atrapar a Pan-chan y agarrarse al borde de la presa, dándole así tiempo a Papa Panda, que llega sonriendo y reventando los escalones de la presa, para que cierre la esclusa y les salve la vida. Todos deciden celebrar esta hazaña tirándose de cabeza al río y riendo como subnormales si fuese el día más feliz de sus vidas.

Finalmente, Papa Panda y don Cuidador llegan a un acuerdo: ellos vuelven a su lugar en el zoo siempre que les permitan volver a casa de Mimiko cada día, al cierre del lugar. Don Cuidador acepta y le invita a subir en el coche oficial que habían preparado para él, y así vemos cómo es el día a día de Papa Panda: se despide de sus compañeros de trabajo, ficha y se va en metro a casa de Mimiko. Como ustedes o como yo, pero siendo una especie en peligro de extinción. Y aquí acaba la primera parte de la película. HALE.


Pues este oso trabaja bastante, así que NO HACE EL OSO, AJAJAJAJJOAJAOAJORJAORAJAOAJ


La segunda parte comienza con la abuela de Mimiko leyendo las cartas que su querida nieta le ha enviado. Lo chungo del asunto es que parece estar en un asilo tan tranquila, en vez de estar volviendo para estar con su (parece ser que no tan) querida nieta. Sea como sea, Mimiko le cuenta que todo le va BIEN.


«¡Qué imaginación tiene mi nieta! Anda, ¿y esta mancha de bambú? ¿Y esta huella de oso…?»


Una noche, un jefe de pista de circo y su acompañante se cuelan en casa de los Panda buscando un tigre que se ha fugado y bueno, un tigre no encuentran, pero sí encuentran dos pandas parlantes, así que unas cosas por otras, digo yo. Pero nada, ellos prefieren no ver el lado positivo y salen huyendo.

Los Panda, decidiendo no darle mucha importancia a este incidente, se disponen a cenar, pero Pan-chan se encuentra con que su plato está vacío (después de darle varios lametones al aire en un alarde de inteligencia), alguien ha usado su toalla, alguien ha roto su trombón y alguien está durmiendo en su cama, probablemente alguna intrusa rubia de pelo rizado o algo por el estilo.


Me pregunto cómo manejará las clavijas con esas pezuñas. Claro, que por otro lado, ahí está Kenny G.


El intruso resulta ser un bebé tigre llamado Tigger Tiny, que enseguida se hace amigo de los pandas y Mimiko, a quien no le cuesta aceptar la existencia de un tigre parlante después de todo lo que lleva a cuestas. Pero este tigre ha perdido a su madre, así que Mimiko, Pan-chan y Papa Panda deciden devolverlo al circo para que se reúna con su madre, una tigresa de trescientos kilos que no habla, de lo que se deduce que Tiny aprendió a hablar gracias a… euh… no sé, a Dios, por ejemplo.

Tras la brrrrrrrrrrrrrutal reunión familiar (¡referencia cultural aleatoria!), los Panda vuelven a casa en patinete (¿de verdad siguen sorprendiéndose a estas alturas?) y se refugian cuando empieza a llover de manera torrencial, amiguetes.


Pandinete. Y ahora es cuando los lectores me abandonan.


Al día siguiente descubren que el pueblo se ha inundado («Ponyo, Ponyo, es una niña peeeeeez»), y Papa Panda decide aprovechar para ponerse a pescar, y, ya que se pone, ¿por qué no usar a su hijo como cebo? Eeeefectivamente, es hora de poner otra foto.


Eh, niños: decid NO al uso de cebos vivos.


Papa Panda y su fiel hijo/cebo Pan-chan pescan un mensaje que consiste en varias huellas de tigre. Como es natural, nuestro pandástico protagonista lo descifra: es Tiny, que necesita ayuda porque el circo se ha inundado. Ni cortos ni perez-osos (¡porque son osos! AJAJAJAAOAJAAOJAOAJAO), echan una cama al agua, se suben y reman hacia el circo, donde el jefe de pista, probablemente llamado Sr. Jefe McPista o algo así, les informa de que el tren donde estaban todos los animales ha sido engullido por las aguas.

Por suerte, McPista es un exagerao, y cuando los Panda llegan al lugar, ven que el agua, casualmente, solo cubre hasta el cuello de los animales. Bueno, menos a las jirafas, que les llega a las rodillas, pero EH.

Tiny y Pan-chan ponen en marcha accidentalmente el tren, que desafiando varias leyes de la física se pone a toda máquina bajo el agua, poniendo en serio peligro la integridad física de todos los animales que, por lo visto, y al igual que Guybrush Threepwood (¡valeroso pirata!), pueden contener la respiración diez minutos.


Huele a perro mojao.


Al final el tren se descontrola y acaba irrumpiendo en la ciudad, pero Papa Panda, que lo mismo vale para un roto que para un descosido, consigue detener la locomotora con la fuerza de sus pandianos brazos y evita la tragedia.

La película acaba con los animales de vuelta en el circo, que cuenta con Papa Panda y Pan-chan como nuevos miembros. Ah, bueno, y con una canción MUY pegadiza que pueden ustedes escuchar aquí. Les garantizo que no se la podrán quitar de la cabeza en varios días. Mi novia y yo vimos la película hace una semana y aún seguimos tarareándola, e incluso nos planteamos ponérnosla de tono en el móvil. ASÍ NOS VA.


¡To-toro, to-TORO!



Y ahora, para los que han tenido la paciencia de leer hasta aquí, o para los que no la han tenido y se han saltado el artículo (vergüenza debería darles) el momento de las puntuaciones: Panda Kopanda inspira e inaugura un nuevo sistema de puntuaciones en RduTcB: los pandas bailongos, que a partir de ahora medirán el nivel de bizarrez de las películas. También está el Panda de Honor, para cuando los pandas bailongos se quedan cortos.

Lo mejor: Lo surrealistamente divertida que es. Papa Panda y su afición al fumeque pipil. La canción del final.
Lo peor: Que no sea más conocida. Que no sepa usted ver más allá de su concepto infantil.




Si han leído la entrada entera, enhorabuena: se han ganado el derecho a… a… este… no sé. A algo. Pero que sepan que, si les veo algún día, les daré un abrazo. Y ahora, sin más, les animo a que comenten y me despido hasta la semana que viene, no sin antes avisarles de que en Crisis creativa se ha publicado otra colaboración mía: Mis problemas con los webcómics. Por si esta entrada se les había quedado corta.


Papá Panda, fracasando en su intento de leer el artículo entero.