22 oct. 2011

El terror llama a su puerta: Da bin ich

«Todos quieren ser ya gato jazz»



Una semana más vuelve RduTcB, ¡ahora con un 42% más de animales, un 100% más de Salfordez, un 24% menos de gracia, un 200% más de pandas en la cabecera y un 88% más de porcentajes ficticios!

Antes de empezar, les aconsejo que estén pendientes de RduTcB, que la semana que viene les traeré novedades. Novedades nuevas. Y buenas. Ya verán, ya (el tío crea expectación). Canela fina (sigue creando expectación). Lo mejor desde el pan de molde (no puede parar de crear expectación). Satisfacción garantiz (le apuntan con una escopeta para que se ponga ya con la entrada de hoy).

Si la semana pasada ya les hablé de Panda Kopanda, esta semana les traigo Da bin ich (Aquí estoy), un cuento «infantil» alemán que hace que, como Lars von Trier, entendamos a Hitler. El relatito de marras está escrito por F.K. Waechter, un autor alemán de origen polaco al que, a juzgar por este librito, la guerra le dejó más p’allá que p’acá.

¿Y de qué va la historia? Bueno, yo tengo mi teoría, pero como total el cuento no tiene ni veinte páginas, se lo dejo aquí, lo vamos comentando y al final les digo mi conclusión. Bueno, yo digo que «vamos comentando», pero el que comenta soy yo, porque cuando estoy escribiendo esto ustedes no están aquí, claro. Menuda sería, que estuvieran todos ustedes, los lectores, aquí, ¿eh? Todos los lectores, los cuatro seis.


«Aquí estoy»


Esta es la portada. En principio, todo bien, ¿no? Un gato con camiseta tocando al timbre. Incluso podríamos decir que es algo mono. ¡Miren qué carita! ¡Si parece que esté pidiendo que le compren el Whiskas caro!



«Éramos tres»

«Nacimos en agosto»


Tres gatitos, nacidos en verano, con el calorcito y la felicidad de las vacaciones… Adorable, ¿no creen? ¿Quién no querría tener tres gatitos en verano? Aparte de mí, claro, que no puedo con los gatos. Criaturas despreciables donde las haya.


«Mamá ya había tenido cuatro gatitos en mayo. Éramos demasiados».


Hurm. Aquí las cosas ya empiezan a torcerse. Probablemente los gatos sean de los kikos, pero eso no importa. Ya sabemos los problemas que acarrean las familias numerosas: que si gastos de escolarización, comida… ¡y no hablemos si se es un gato! ¡Que la arena de la caja no crece en los árboles! Nada, nada, una tragedia. Pero por suerte, siempre hay alguien dispuesto a ayudar…


«Por eso, unos pescadores nos metieron en una bolsa y nos llevaron a mar abierto».
«Entonces, nos tiraron al mar para ahogarnos».


OH NOES! ¡Han muerto! ¡Material para hacer memes de lolcats perdido! ¡Tragedia! Y no hablemos de la reacción de los pequeñuelos cuando lean esta parte del cuento. Aunque siempre se puede inventar una excusa para justificarlo, como decir que los gatos se habían meado en la alfombra, habían arañado el sofá o habían destrozado el mural de Tom Waits que todos tenemos en nuestras casas. Porque todos tenemos un mural de Tom Waits en casa, ¿verdad? Con sus velas y eso para hacerle ofrendas, ¿no? Ya decía yo.


Un entrañable retrato de familia, menos por lo de que tiene cuerpo de persona. Argh.


Poco han tardado en actualizar la foto. Aunque también supongo que les habrá importado poco la pérdida de varios miembros de la familia. De hecho, probablemente ni recordasen sus nombres, si es que los tenían, porque veo plausible que los llamasen Hijo #1, Hijo #2, Hijo #3, etc., con la excepción de Hijo Feo e Hijo Gordasco.

Tras el interludio familiar, la acción vuelve a los cats in the sack (Dr. Seuss, QUÉ LE PASABA), así que, sin más dilación, averigüemos el futuro de los mininos. Bien pensado, este es un libro infantil, así que tengan por seguro que se acaban salvando gracias a algún improbable deus ex machina.


«Pero un tiburón nos olió y rompió la bolsa a mordiscos».
«Se comió a mi hermano, después a mi hermana… Cuando estuvo lleno, me empujó a un lugar seguro para poder comérseme después».


Euh… olviden lo que dije sobre salvarse. Aunque bueno, ¡algo habrían hecho! Eso sí, me reconocerán que en lo del deus ex machina he acertado, ¿eh? No es que yo sea un experto en fauna, pero tengo entendido que no muchos tiburones navegan por las costas alemanas. En cualquier caso, este es un tiburón precavido, que prefiere dejarse un gato para después, por si a mitad de la noche le entra hambre, tener algo que picar.

Pero nuestro peludo héroe (y no me refiero a Lobezno) tiene un as en la manga tan grande como el trauma de los niños que hayan leído este libro.


«Debido al empujón, el agua de mi estómago salió. Entonces me recuperé y me di cuenta de que aún estaba vivo…».
«…Y de que era lo único vivo en el barco. Un barco fantasma».


¿Y por qué no? ¡Un barco fantasma! Ya es mala suerte. Primero, te meten en un saco. Después, te intentan ahogar. Luego, un tiburón se te intenta comer, pero como ya está lleno, te arrea un guantazo y te encierra en un barco fantasma. Solo se me ocurre algo peor, y es que aparezca Johnny Depp intentando convencerte para que participes en la quinta entrega de Piratas del Caribe: aún más incoherente.

Menos mal que el gato protagonista es un felino de recursos, por lo que decide aprovechar las ventajas (¿?) de su nueva situación y atarse los machos.


«Cogí los pantalones del primer esqueleto, la camisa del segundo y la pistola del tercero. Cuando el tiburón volvió, lo maté de un disparo y me lo comí».
«Estaba buenísimo, y me volví fuerte».


No solo tuvo la suerte de poder apretar el gatillo pese a la falta de pulgares, sino que la ropa de los humanos que había en el barco era de su talla. Eso por no mencionar que no cogió una gastroenteritis del cagarse por comer pescado crudo. Se ríe el gato este del anisakis, de la salmonella, de las advertencias de Sanidad y hasta con la versión Resinesca de Cheers, así que poca broma.


«Con el estómago lleno de tiburón y los pulmones llenos de aire, nadé a toda prisa hacia la luz del sol. No estaba lejos de la orilla».


Claro. «Después de haber matado a un tiburón y habérmelo comido, no sin antes haber perdido a varios de mis hermanos y haber sobrevivido a no uno, sino dos intentos de asesinato, me eché el petate al hombro y decidí nadar hacia la superficie. Total, así echaba la tarde». A mí no me engañan, este gato es más duro que Bruce Willis, Schwarzenegger, Jason Statham y Luis Tosar juntos. Desde luego, cruzarse con este gato sí que da mala suerte, pero porque te puede acribillar a balazos y luego comérsete sin que se le mueva ni un pelo. Y créanme, no es poca cosa cuando uno es un gato.

Mediante una elipsis, nos enteramos de que el gato ya ha llegado a la playa. No sé qué habrá pasado en su trayecto a nado, pero imagino que por el camino apuñalaría al mismísimo Kraken y se mearía en la cara de Poseidón, no sin antes prepararse unos leviatanes a la romana (mu’ ricos con limón), por lo menos.


«Dejé atrás a los turistas y me dirigí hacia la estación».


¡Cómo son estos alemanes! Tan pronto son el motor económico de Europa, como te plantan una doble página con gente en bolingas, y se quedan tan panchos. Para que luego digan que los desnudos del cine español son gratuitos. Comparado con esto, los constantes destetes de Kira Miró están perfectamente justificados por el guión.


«Compré un billete por tres ducados que valía para toda Alemania».
«Viajé en tren durante tres días. Después me bajé, deambulé por las calles y llegué a una casa».


- Hola, quisiera un billete de tren para Katzenburg.
- ¿Solo de ida?
- Sí, por favor.
- Aquí tiene, son tres ducados. Por cierto, ¿es usted un gato?
- Sí, gracias por interesarse.
- Que tenga un buen viaje.

Ya estamos llegando al final del cuento y, como no podía ser de otra manera, la historia tiene un giro final. Atiendan, atiendan…


«Apreté el timbre. Abriste la puerta. Genial. Aquí estoy».


¡Está AQUÍ! ¡Huyan! ¡SI tienen algún tiburón que aprecien, escóndanlo! ¡La máquina de matar felina está en la ciudad! No, en serio, menudo giro final, ¿eh? Después de casi morir dos veces, atravesar una playa nudista (a fin de cuentas, no le quedaba erección elección si quería volver a la ciudad), coge el gato y toca a la puerta de tu casa. Y a ver cómo le dice uno que no, claro. A saber cómo reaccionaría, igual te quema la casa que se caga en el jardín.

Naturalmente, y como no podía ser de otro modo, el propietario de la casa, o sea, nosotros, aceptamos. No nos queda más huevos si apreciamos nuestra seguridad, claro. Ese gato es una puta máquina de matar.


Parece que todo va bien, pero en realidad el gato aún lleva la pistola escondida.



Una vez leído el cuento, ¿qué moraleja debemos extraer? Bien, yo tengo varias opciones sobre el mensaje que Da bin ich intenta transmitir:

A) No hay que abandonar a los animales, porque les hacemos daño, no solo sentimental, sino también físicamente. Además, si nos encontramos con un animal abandonado, deberíamos acogerlo y darle todo el amor y cariño que podamos.

B) Si tienes un animal de compañía, cástralo para que no vaya esparciendo su semilla doquiera que vaya, doquiera que esté (aunque sea oso dichoso, oso feliz), porque de lo contrario nacerán muchos cachorros no deseados que, probablemente, acaben siendo sacrificados. O drogándose. O estudiando ADE.

C) Los gatos son máquinas de matar crueles, despiadadas y suavecitas.

D) ¡Teoría extra! Mi novia dice que, con la cara de póker que tenía en la penúltima página y el siniestro fondo negro, lo que pasa en realidad es que vuelve a la casa de los que le tiraron al mar para vengarse. Además, en la última página parece que le está llevando a un descampado para ejecutarlo. Pues PODRÍA SER. Aunque es eso, o que es una psicópata. Ya les diré, si es que llego a escribir otra entrad


*PUM*