23 jul. 2011

Yo digo NO: Vacaciones en el infierno

«I live in a town called Millhaven
And it's small and it's mean and it's cold»
The Curse of Millhaven, Nick Cave & the Bad Seeds



Ah, vacaciones por fin. Probablemente esté usted leyendo esto sentado en su casa, con el aire acondicionado a tope o, en su defecto, un ventilador enfocado directamente a los hocicos para hacer algo más soportable el calor. Sin embargo, también puede ser que, en un intento por escapar de la rutina, haya abandonado su hogar y esté veraneando en un lugar abandonado de la mano de Tom, probablemente aburrido, sin nada que hacer y deseando que acabe el verano para poder regresar a la civilización.

«Este verano no nos veremos, que me voy a mi pueblo». Esas fatídicas palabras que amenazan con arruinar el verano separando a la clásica cuadrilla de amigos y que provocan que los que nos quedamos en la ciudad verano sí, verano también, no tengamos nadie con quien salir. Pero cuando acaba el estío y los exiliados vuelven, generalmente lo hacen con la frase «puta mierda de verano, macho, qué asco de pueblo» por bandera. ¿Por qué? ¿Por qué tantas personas deciden irse de vacaciones a pasarlo MAL?


«Aquí estoy, petándolo».


Quiero decir, que si yo me voy de vacaciones, mi objetivo está en, al menos, no pasarlo peor que durante la época de estudio. Para ello, veo imprescindible no salir perdiendo con el cambio, y mucho me temo que es complicado si uno abandona, en mi caso, Valencia, para irse al quinto círculo del infierno, como, digamos, no sé, Moncofa. El cambio significa perder lugares para salir, reducir el abanico de opciones y, en fin, correr el riesgo de acabar haciendo un Jack Torrance.

A fin de cuentas, ¿qué suele haber en los pueblos? Si tienen ustedes suerte y su pueblo es grande, contará con alguna que otra librería, cuatro locales y, si la fortuna le acompaña, una tienda de música y cine. Si no, tendrán que contentarse con cuatro panaderías, dos kioscos, un Hogar del Jubilado que hace las veces de epicentro de actividad social y muchas, muchas iglesias.


«e tio bente a mi puevlo lo pasaremos jenial ejejejjejejjejejejj»


Bueno, claro, también están las verbenas, casi siempre amenizadas por grupos de la talla de la Orquesta Dominó, Sensaciones, Eusebio y sus alegres campesinos o Sífilis, el intento de grupo punk de Tomás, ese chaval que jura que, en cuanto tenga oportunidad, abandonará «este agujero infecto que no entienden el metaaaaaaAAAAAAAAAAAAL». Bueno, puede que una verbena no esté tan mal, ¿no? A fin de cuentas, hay música y, para quien le guste (no es mi caso), alcohol en cantidades industriales, lo que tendría que facilitar las posibilidades de acabar la noche BIEN. Y cuando digo «BIEN», me refiero, claro está, a CENSURADO. Sin embargo, el asunto se complica cuando la edad media de los asistentes ronda los sesenta y tantos y la canción más actual que ponen es Paquito el chocolatero, que, bien mirado, es preferible al Waka waka o la omnipresente La bomba.

«¡Qué razón tiene este repelente, aunque no por ello menos cómico tipo con boina! ¡Precisamente por lo que él dice es por lo que yo me voy siempre a la playa!», exclamará alguno de ustedes. Y bueeeeeeeeeeno... qué quiere que le diga: para mí es lo mismo, pero con inconvenientes extra.

Veamos, ¿qué hay en un pueblo costero? Lo mismo que en uno normal, pero con el aliciente de que hay arena y agua, eso que algunos llaman «playa». Partamos de que no le encuentro el atractivo a bañarme en agua salada y, al menos en las costas valencianas, generalmente sucia; del mismo modo que la perspectiva de ser violado por unos molestos granos de arena me atrae tanto como ver de un tirón todas las temporadas de Cómo conocí a vuestra madre. Como les decía, despojen a los pueblos costeros de estas características y, ¿qué les queda? NADA, porque la mayoría de las posibilidades de diversión suelen centrarse en acudir a la playa, donde, bien mirado, al menos de vez en cuando se pueden ver chicas de esculturales cuerpos que, no nos engañemos, están fuera de nuestro alcance. Pero un hombre puede soñar... un hombre puede soñar.


Algún día... algún día.


Pero bueno, reconozco que la falta de atractivo de los pueblos costeros se debe a mi animadversión hacia la playa. Sin duda, si me gustase, disfrutaría muchísimo de tres meses de tostarme al sol, bañarme en el mar, tostarme al sol, quitarme la arena de varias cavidades, tostarme al sol, descubrirme un lunar sospechoso, ir al dermatólogo y someterme a tratamiento.

Y es que, no me interpreten mal: a todos nos gusta pasar un tiempo fuera, cambiar de aires y desconectar (literalmente, dado que, por lo general, en las residencias de vacaciones no suele haber internet) para así relajarnos y evadirnos de la rutina. Lo que quiero decir es que, si uno se pasa tres meses desconectando, ese cambio de aires acaba por convertirse en otra rutina, y una que no suele incluir amigos (generalmente se han hartado de ir al pueblo), posibilidad de pasar una tarde sumergido en una tienda de discos intentando encontrar alguna que otra rareza o, en la mayoría de los casos, información, porque no nos engañemos, la mayoría de nosotros nos enteramos de las cosas por internet, ni televisión, ni radio, ni palomas mensajeras. Por ello, yo les animo a que sí, váyanse unos días a su pueblo, a la playa o adonde quieran (o puedan), pero vuelvan. Vuelvan por aquellos amigos que dejan abandonados en sus ciudades, amigos que les echarán de menos y que intentarán llenar su vacío emocional dándose a actividades tan poco recomendables como el latrocinio, la asistencia a discotecas o, peor aún, la religión. Y, sobre todo, vuelvan pronto porque si no, no podrán leer Reflexiones de un tipo con boina, y eso sí que sería una pena, ¿no? ¿Eh? Que me paso yo aquí todo el verano ahogándome de calor, a treinta y tantos grados, escribiendo para que ustedes rían, ¿y alguien me lo agradece? Noooooooooooooo, prefieren irse a su pueblo «porque es que allí tengo amigos». ¡Amigos, ja! ¡El único amigo que tienen soy yo! ¿Me oyen? ¡YO! ¡Así que no se crean que...!

Argh. Hace demasiado calor.