25 jun. 2011

¿Quiere un Oscar? ¡Protagonice un biopic!

El otro día, durante una de mis frecuentes ensoñaciones diurnas, desfilaban ante mis ojos diversas maneras de alcanzar la fama o, al menos, cierta notoriedad: publicar un libro, descubrir la cura contra el cáncer, descuartizar a Justin Bieber y exhibir su cabeza en una pica, dar un golpe de estado y doblegar a España bajo el Puño de Bóinez… en fin, cosillas que, de un modo u otro, harían de este humilde bloguero un personaje destacable y que, con el paso del tiempo, acarrearían el rodaje del biopic de rigor sobre mi persona.

Sí, amigos, un biopic. Ya saben, una de esas películas biográficas que, desde hace unos cuantos años, invaden las carteleras y monopolizan los Oscar a Mejor actor y Mejor actriz. Y es que, no lo neguemos, protagonizar un biopic es garantía de irse a casa con un señor dorado debajo del brazo, y no estoy hablando de Tony Stark y su Mark II.

Los que tienen la desgracia de conocerme en persona ya llevan años oyéndome hablar de cómo hacer quinielas con los Oscar perdió toda su gracia (si es que la tuvo alguna vez) desde que la fórmula Personaje real + Película = Oscar se impuso. Sin embargo, antes de empezar a escribir esta entrada, dudé. ¿Y si era solo una sensación mía? ¿Y si realmente los protagonistas de los biopics no copan la lista de galardonados? ¿Y si resulta que Cisne negro sí es una buena película, después de todo? Por suerte, un repaso a las listas de la última década de los ganadores de la categoría de Mejor actor principal y Mejor actriz principal demostró que no erraba, así como el hecho de que también hay cabida en los Oscar para actrices lamentables como Sandra Bullock y Natalie Portman (precisamente por Cisne negro, AY PAPÁ).

Un músico negro, ciego y drogadicto. ¿Cómo no iba a ganar el Oscar?


¿Qué tienen las películas biográficas para que sean el pasaporte al Oscar? ¿Es porque cuentan historias reales, de esas que tanto gustan a los norteamericanos? ¿Es porque nos ofrecen un ejercicio de mimetismo? ¿Es porque no hay nada mejor? Sea como sea, en los últimos años habrán observado un aumento descomunal de estas películas que, no nos engañemos, vienen a contar todas lo mismo.

Niño de familia pobre las pasa canutas durante su infancia, en la que se ve privado de la escolarización/va al colegio con malos resultados, pero un día descubre su pasión: la música/la escritura/el arte dramático. A partir de ese momento, centra sus esfuerzos en dedicarse a esa actividad y se abre paso en el mundillo hasta que alcanza la fama. Con la fama viene el dinero, las mujeres y, claro está, las drogas. Durante su periodo de adicción, su familia y/o su mujer ven como se autodestruye sin poder hacer nada por ayudarlo, pero, con el paso de los años, nuestro protagonista se da cuenta de que está haciendo MAL, y se rehabilita, volviendo, con más fuerza que nunca, a los escenarios. Como final alternativo, puede ser que no se rehabilite y muera de sobredosis o se suicide.

Este esquema se puede aplicar al 98% de los biopics sobre músicos, escritores o actores, desde Ray Charles hasta Johnny Cash, pasando por ese remedo de la vida del (sobrevalorado) Kurt Cobain que es Last Days. Saben que es cierto. ¡Acéptenlo! Y Beliebers, acepten que jamás harán un biopic de su ídolo. Al menos, no hasta que se convierte en un drogadicto borracho, algo que, admitámoslo, sería muy curioso de ver.

Pero, ¿qué hay de los biopics españoles? Bueno, aparte de casos como Camarón, con el temido corsario Mondongo interpretando al cantaor, no es un género que se haya prodigado mucho. Por eso mismo, yo propongo que uno de los grandes actores españoles actuales, mi idolatrado Lluís Homar, sea el protagonista de sendos biopics sobre los dos iconos culturales de España: Chiquito de la Calzada y Leonardo Dantés. Sí, sí, ustedes rían, pero una pequeña investigación (poner los nombres de cada individuo en Google Imágenes, tampoco se crean que…) revela que los parecidos ESTÁN AHÍ:


«¡El baile del pañueeeeeelo, el baile del pañueeeeeelooo!»

«¡JARL! ¡No puedo, no pued…! Oye, ¿seguro que esto será un paso adelante en mi carrera?»


No duden de que estos biopics, a los que yo llamaría Leonardo Dantés, el hombre de los éxitos mil y Chiquito de la Calzada: GIGANTE, catapultarían a Homar al panorama internacional. Los miembros de la Academia (que tienen nombres mil) no tardarían en fijarse en la titánica tarea de mimetismo de Homar, y acabaría ganando el Oscar a Mejor actor de reparto. Eso, claro, si ese año no se saturan las nominaciones y acaba pasando como en el año 2004, en el que cuatro de los cinco nominados a Mejor actor principal eran protagonistas de biopics. ¿Quién era el último superviviente? Clint Eastwood, por supuesto. Por desgracia, acabó perdiendo frente a Jamie Foxx, por Ray.


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«¡FOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOXX!»


Eso sí, hay biopics buenos y que se desmarcan del grueso, como Ed Wood, la que es mi película favorita. Su gran acierto, como dicen en La solución elegante, es centrarse en la etapa importante y de mayor interés de la vida de Wood: desde sus inicios como director hasta el estreno de la que se considera (injustamente) la peor película de la historia: Plan 9 from Outer Space. La película le consiguió un Oscar a Martin Landau por su interpretación de Béla Lugosi, pero no le trajo ninguna nominación a Depp, que encarnaba al cineasta. Por cierto, ¿les he dicho ya que esta película fue dirigida por Tim Burton? Y ya saben lo que opino de Burton.

En cualquier caso, independientemente de la calidad de las películas (que, como ya habrán visto, no es un género que me entusiasme), está claro que producir uno es una apuesta segura si lo que se quiere es ganar una estatuilla. ¡Si hasta le funcionó al señor Crapsmith, cuando se ocupó de Un sueño posible! Así que no me digan que lo importante es la calidad de las interpretaciones, porque si Sandra Bullock ganó el Oscar a la mejor actriz principal, queda claro que lo realmente importante es el Efecto Biopic. Y no hay más.