26 mar. 2011

¡Que se mueran los hombres!

«Go tell the women that we’re leaving»
Go Tell the Women, Grinderman


Permítanme que comience con una obviedad: las mujeres y los hombres no somos (fisiológicamente hablando) iguales. No me lo van a negar. ¿O es que usted, querido lector, tiene útero? ¿Sangra una vez al mes (peleas ebrias aparte)? Y usted, estimada lectora, ¿puede dejarse una barba a lo Gandalf? ¿Qué? ¿Que SÍ puede? AY PAPÁ.

En cualquier caso, al margen de las diferencias fisiológicas y bigotes a lo Lee Marvin aparte (pueden darse en ambos sexos, yo lo he visto), los hombres y las mujeres estamos tan capacitados para alcanzar el mismo conocimiento (o la misma retramonguez), y creo que, a estas alturas, y dado que son ustedes personas de BIEN, todos reconoceremos que debemos disfrutar de los mismos derechos, ¿no?

Pues bien, hay dos corrientes que piensan que no debe ser así. Una de ellas, como ya supondrán, es el machismo. Que si las mujeres a fregar, que si no tienen alma, que si no deberían poder votar, que si todas las mujeres son iguales, que si tú chupa, que yo te aviso… Conducta deleznable (como Urkel) y anclada en el pasado (como Urkel) que muestra lo estúpidas que pueden llegar a ser las personas (como Urkel).

«¡Laura, no me importa que no tengas alma! ¡Yo te quiero!»


Pero hay otra corriente que también promueve la desigualdad de sexos y que quizá no les resulte tan conocida: el feminismo radical, también llamado hembrismo o feminazismo. Este movimiento no es ni más ni menos que la versión opuesta del machismo. Es decir, que los hombres no servimos para nada, que no pensamos, que somos unos inútiles, que todo lo hacemos mal, que somos inferiores a las mujeres, que todos los hombres son iguales…

Y digo yo, ¿no se dan cuenta de que son iguales a lo que tanto odian? Igual que en la política, los extremos se separan tanto que acaban tocándose. Además, esta corriente desvirtúa el propio movimiento feminista, que, en realidad, no tiene nada que ver con el hembrismo.


F de Feminazi. Por si no lo habían pillado.

El feminismo, bien entendido, promueve la igualdad de sexos. Ojo, IGUALDAD, no superioridad ni inferioridad de un sexo u otro. Precisamente por eso es por lo que veo absurdo que se tomen medidas como el cupo mínimo de puestos de trabajo ocupados por mujeres que vino con la Ley de Igualdad. No, amigos, si quieren igualdad, lo que deberían hacer es contratar a quien mejor cualificado esté para el empleo, independientemente de su sexo. Si es hombre, vale. Si es mujer, vale. Si es un horrible ser interdimensional devorador de almas… bueno, si tiene un buen currículum, ¿por qué no? ¡No me sean horrible-ser-interdimensional-devorador-de-almistas!

Un momento… ¡en el párrafo anterior he dicho «cualificado», en lugar de «cualificado/a» o haber usado el horrible recurso de acabar la palabra con una arroba! ¿Significará eso que soy machista? Pues, según la Guía sobre comunicación socioambiental con perspectiva de género, publicada por la (ay) Junta de Andalucía, SÍ. Por ponerles sólo un ejemplo de esta guía, la más revolucionaria desde la Guía del autoestopista galáctico, no se ha de decir «el número de parados», sino «el número de personas sin trabajo». Ahí lo tienen, adieu a la economía lingüística. Vamos, vamos, repitan conmigo: «¡Adieu, economía lingüística!». ¿Ya? Muy bien. Esto ha sido un intento para hacer más interactiva la experiencia de leer RduTcB, además de para emplear una palabra en francés, que siempre queda bien, o, como se dice en francés, bien.

Les pongo un caso personal: en mi antigua universidad éramos nueve alumnos miembros personas del alumnado en clase, de los cuales yo, durante el primer semestre, era el único chico. Pues bien, muchos profesores, cuando se dirigían a nosotros al alumnado (joder), siempre usaban los adjetivos en femenino, y acto seguido me decían que no me ofendiera, cosa que yo no hacía. ¿Y por qué habría de hacerlo? Había clara mayoría femenina, por lo que era lo más lógico.


Que fuera vestido así no tenía NADA que ver


No es nada nuevo la discriminación positiva hacia sectores que tradicionalmente han estado oprimidos, pero habría que ir pensando en empezar a procurar que se acate la ley tal cual en lugar de redactar unas nuevas que, en el fondo, vaya contra la igualdad. Cojan, por ejemplo, la Ley de Violencia de Género. Aunque ha servido para concienciar en cierto modo a la gente, la ley presenta unas lagunas impresionantes y es un tanto incoherente. Por ejemplo, uno de los requisitos para aplicar esta ley es que la víctima y el agresor han de mantener una relación heterosexual estable, si no, nada. Es decir, que si un homosexual agrede a su pareja, no se contempla. Si una lesbiana agrede a su pareja, tampoco se contempla. Entonces, ¿no es una ley que atenta contra la igualdad que tanto se persigue? También hay casos de hombres maltratados por sus… señoooooooras. ¿Es esto menos condenable? ¿No son también víctimas? ¿Es que el hecho de que el número de casos denunciados sea menor lo hace menos importante? ¿No debería aplicarse una misma ley contra la violencia, sin distinción de sexos?


«¡A mí no me preguntes, sólo soy una chica! ¡Jijí!»


No sé cómo lo verán ustedes, pero yo creo que para conseguir la igualdad hay que otorgar un trato idéntico a ambos sexos. Sin ventajas o trabas especiales por ser hombre o mujer. Es más, la concesión de ventajas extra a las mujeres (como el cupo mínimo) puede tomarse como un acto machista que sirve para «compensar las desventajas naturales de las mujeres», ¿no creen? Por supuesto, para que esto pase, habría que cambiar la mentalidad de un (cada vez menor) sector de la sociedad, pero habría que dirigir los esfuerzos hacia ese fin, y no hacia que todos digamos «el número de personas sin trabajo» en lugar de «los parados».

Para acabar, les dejo con una curiosidad sobre una película que vi hace poco: Surgió del fondo del mar, un film de ciencia-ficción de los años 50 en la que un pulpo gigante ataca San Francisco. Algunos de usted ya sabrán que soy un fan declarado de la ci-fi cincuentera, y un rasgo común de estas películas es que la chica, casi siempre, será el interés romántico del protagonista y se limitará a gritar cuando aparezca el monstruo y a esperar a que la rescaten. Pues bien, en Surgió del fondo del mar no. Al principio de la película un científico nos hace saber que la doctora Joyce (que así se llama) es una eminencia en la biología marina e imprescindible para entender la naturaleza del monstruo. Además, se muestra independiente y, por si fuera poco, hacia la segunda mitad de la película, el mismo científico de antes asegura lo siguiente (cito de memoria):

«Verá, hay una clase de mujeres distinta, mujeres que creen que son tan listas y valientes como los hombres. Y lo son. No les gusta que se les sobreproteja ni que tomen decisiones por ellas».

Y, oigan, para la época, ese era un mensaje MUY feminista. Lo malo es que, acto seguido, el pulpo gigante aparece y la doctora grita. Pero tampoco hay que pedirle peras al olmo, teniendo en cuenta que, en esa época, las mujeres hacían poco más que lucir palmito en la pantalla grande. Más o menos como ahora, si lo piensan. ¿En cuántas de las últimas películas que han visto la chica desempeña algo más que el papel de La Chica?

Piénsenlo. A no ser que sean ustedes mujeres, en cuyo caso, ¡a fregar! JAOAJAOAJAJRAJAOAJAOJA