12 mar. 2011

Payasos asesinos de la España interior

«Everybody loves a clown,
so why don’t you?»
Everybody Loves a Clown, Gary Lewis & The Playboys



Si Álex de la Iglesia se hubiese plantado ante mí justo después de que viese su última película, Balada triste de trompeta, y me hubiese gritado, de forma desquiciada, con los ojos fuera de las órbitas y agarrándome de las solapas de mi chaqueta, «¡¿CÓMO ECHTÁN UCHTEDEEEEEEEEEECH?!», no me habría quedado más remedio que responderle, tras limpiarme los perdigones de saliva de la cara, «pues bastante decepcionado, la verdad».



Payasos desfigurados y psicópatas junto a una gachí de buen ver. ¿Qué podía salir mal?


A grandes rasgos, Balada es otra metáfora de las dos Españas, en este caso encarnadas por Javier (Carlos Areces), el payaso triste, y Sergio (un enorme y melenudo Antonio de la Torre), el payaso tonto; a los que a partir de ahora llamaremos Tristón y Leoncio, respectivamente. Ambos luchan por el amor de Natalia (Carolina Bang, bang, la suciedad se va en un bang), la bangueable trapecista de circo y que, como ya supondrán, representa a España, y a la que llamaremos Calientaespañas a partir de ahora, por razones que ya verán más adelante. También es una película trasnochada en la que dos payasos desfigurados se lían a tiros en mitad de la noche para conseguir el amor de una trapecista. Lo malo es que no funciona ni una cosa ni la otra.

AVISO: A partir de aquí hay mecagüen, expresión que exclamo cuando me trago un spoiler no deseado. Vamos, que hay spoilers. O mecagüen. Ya me entienden.



La película comienza con un prólogo ambientado en plena Guerra Civil, con dos payasos (Santiago Segura y Fofito) siendo interrumpidos a mitad de actuación por una milicia republicana que los recluta con métodos… este… poco amables. Y oigan, a mí me pareció un acierto, aunque ha habido quien ha interpretado esto como una actitud pseudofranquista por parte de Álex de la Iglesia, y no como lo que es, una muestra de que cabronías hubo en ambos bandos. Pero bueno, que nos desviamos. Les decía que reclutan a los miembros del circo, y Santiago Segura combate disfrazado de payaso. ¿Se imaginan? ¡Un payaso en pleno campo de batalla! ¡Qué cosa más graciosa! ¡JAJAJAUARJAORJARUARAJRAJRUAJA...!



Ah. Pues sí que da mal rollo, sí.


Finalmente, Segura empieza a hacer promoción de Torrente 4 y los nacionales le apresan. Su hijo Javier va a visitarle durante los años de su cautiverio y blablabla, hasta que Segura le dice que nunca será un payaso gracioso, porque ha vivido muchas desgracias y será incapaz de hacer reír, así que no le quedará más remedio que ser el payaso triste. Tiene sentido. Creo. Bueno, no. Yo qué sé.

Tras el prólogo, viene lo que, como en Watchmen, es lo mejor de la película: la secuencia de créditos, que pueden ver aquí. Una delicia, oigan. Y claro, mis expectativas, que ya de por sí eran altas, se dispararon. «Madre mía, lo que me espera, voy a ver la obra culminante del cine español… no sólo ha empezado en la Guerra Civil, sino que además también tiene payasos… ¡payasos con PISTOLAS!», pensaba yo, emocionado cual cani en tienda de compra-venta de oro. Pero no. A partir de aquí, cuesta abajo.



¡Se me prometió esto! ¡SE ME PROMETIÓ ESTO, MALDITA SEA!


La primera mitad de la película está dedicada a presentarnos a los personajes y su relación, lo que sería estupendo si el guión tuviese una mínima consistencia y no tuviese esa miríada de agujeros de guión e incoherencias en los personajes.

A Tristón le presentan al Motorista Fantasma, el clásico especialista que se tira desde una rampa a decenas de metros de altura. Durante toda la película hay una subtrama en la que intenta encontrar la fórmula perfecta para volar a cientos de metros de distancia. Esta subtrama, que al principio parece que sólo está para rellenar y poder llegar a los noventa minutos de metraje demuestra ser muy importante al final, porque… bueno, no adelantemos acontecimientos. Pero quédense con el concepto.

Total, que nos presentan a los catorce secundarios de la historia, y hala, llegamos a Natalia, Calientaespañas. Antes de que lo pregunten, NO, no enseña las pechugas en toda la película. Podríamos achacarlo a la creciente madurez del cine español, pero teniendo en cuenta que, hasta ahora, sin tetas no había habido paraíso película de Álex de la Iglesia (Kira Miró en Crimen ferpecto, Leonor Watling en Los crímenes de Oxford…), supongo que lo más acertado es pensar que se debe a que Carolina Bang es la señora de De la Iglesia. Y no hay más.

Pero la presentación que realmente nos interesa (Bang y onanismo aparte, claro), es la de Leoncio, el payaso tonto, que se retrata como un tipo despreciable, machista, ególatra, irracional, bruto y que se sabe el mejor en lo que hace, por lo que se permite dar órdenes hasta al propio dueño del circo. Sabe que, sin él, el circo no iría a ninguna parte. Y además, se tira a Natalia. Si es que lo tiene todo. Y aquí, ni dicotomía del payaso que llora por dentro ni leches, lo que esta película nos presenta a un payaso que es un hijoputa en su vida cotidiana pero que adora a los niños tanto como ellos a él. Y lo mejor de la película es De la Torre, que interpreta el papel con maestría. Con maestría y un ligero deje andaluz en el habla propio de su Málaga natal, todo sea dicho.


Aquí parece un tío majo, pero AY PAPÁ.


¿Y por qué les decía antes que iba a referirme a Natalia, la trapecista, como Calientaespañas? Pues porque, aunque sale con Leoncio, también se siente atraída por Tristón, y no hace más que pedirle que la lleve a la feria, a cenar… Eso sí, al final del día, es en la cama de Leoncio donde se mete para recibir una sesión de PP: paliza y polvo. Vamos, que Natalia es lo que de toda la vida se ha llamado una calientapollas o, en su versión para todos los públicos, una calientabraguetas. Y el pobre Tristón no hace más que sufrir por HAMOR y vivir con miedo a que Leoncio le dé una paliza. Cosa que hace. Lo pilla por banda en una feria y le pega con un mazo hasta dejarlo inconsciente. En el hospital, el doctor dice que tiene fracturas múltiples y hemorragias internas, y que debe guardar reposo.


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Pero, ¿le impide eso levantarse y salir corriendo en mitad de la noche al circo para desfigurarle la cara a Leoncio a golpes? ¡Claro que no! Algunos dirán que eso es un enorme fallo de guión, pero nosotros, espectadores experimentados, sabemos que no, que de eso nada, que no es sino una prueba más de que el amor lo puede todo. Qué bonito. Qué bonito. QUÉ BONITO. Ahora Tristón ya puede ser feliz junto a Calientaespañas, libres de la amenaza de Leoncio, ¿verdad? Pues NO. Porque Calientaespañas se horroriza ante el comportamiento de Tristón, y no sólo porque vaya con un camisón de hospital que airea sus partes pudendas, no, sino porque se ha convertido en un maníaco como Leoncio.

Tristón, decidido a demostrar que sigue en sus cabales, sale corriendo hacia el bosque, donde vive como un animal durante días. O semanas. O meses. No queda muy claro, porque la película está bastante mal montada y nunca acaba de estar claro cuánto tiempo ha pasado. Lo que sí es evidente es que ha sido tiempo suficiente para que el veterinario del circo (el gran Luis Varela) le cosa las heridas a Leoncio y lo deje horriblemente desfigurado. Como Belén Esteban, pero peor. EL HORROR.


Claro, que la escena pierde algo de impacto cuando ya se veía venir desde el cartel de la película


Leoncio intenta ganarse la vida como payaso, pero claro, a los niños les da algo de asquete. Y normal, porque su nuevo rostro espantaría hasta al mismísimo Harvey Dent. ¿Qué hace Calientaespañas? Pues abandonarle. Y es que no me extraña, porque una cosa es que un tipo guapete te de palizas noche sí y noche también, ¿pero que te dé palizas un tío feo? De eso NI HABLAR.

Mientras tanto, Tristón ha sido capturado por un general franquista, que lo usa como perro de caza. No, en serio. Después de morderle la mano a Franco (que sí, joder, que es en serio), deciden ejecutarle, para lo que antes lo encierran en un habitáculo donde, ¡menos mal!, hay productos químicos (perfectos para quemarse la piel), una plancha (perfecta para arrancarse trozos de piel de las mejillas y los labios) y ropa eclesiástica, todo esto sin olvidar el espumillón y las bolas de Navidad. Vamos, lo que tengo yo en mi armario, justo al lado del rayo de la muerte que… estoy hablando demasiado.

Tristón se vuelve bonico loco del tó y se desfigura de manera horrible, ¡no va a ser él menos que Leoncio! Después mata a sus carceleros, agarra unas ametralladoras y se va a sembrar el caos en las calles de Madrid, no sin antes encontrarse en mitad de la Operación Ogro, entrar al cine y escuchar a Raphael cantando Balada de la trompeta o empezar a disparar como el maníaco que es en una cafetería.


 «¡Estos atascos me vuelven loco! ¡LOCOOOOOOOOOAAAAAAAAAAAAAAARGH!»


Resumiendo, se encuentra con Leoncio y Calientaespañas y, no recuerdo muy bien cómo (seamos sinceros), acaban en lo alto del Valle de los Caídos, donde Tristón ha construido su guardia. Allí, Calientaespañas ata su cintura a una bandera y sugiere lanzarse para huir de Leoncio, que les persigue maquillado de payaso. Da mucha cosa. Créanme. Mucha.

¿Se acuerdan del Motorista Fantasma? ¿Sí? ¿No? En cualquier caso, toda la subtrama del combustible y los vuelos llegan aquí a su clímax. El muchacho se ofrece para saltar el cerco policial que rodea al Valle de los Caídos para ayudar a Tristón. Sale volando, se pasa con la potencia, se estampa contra el monumento y muere. Fin. Ya está. Si no hubiera salido en toda la película, hubiera dado igual. Viva y bravo.


«¡Hola, he estado saliendo para nada! ¡Jojái!»


Tras una peleílla entre los dos payasos en la que, sorprendentemente, no hay ni rastro de tartas de nata ni flores que disparan agua, Calientaespañas, aún atada a la bandera SE TIRA. Digo yo que eso lo podría haber hecho desde el principio, pero se ve que no. ¿Se salva? Pues NO. Como si de Gwen Stacy se tratara, el frenazo en seco le parte el cuello y muere. Así que mira, ni pa’ ti ni pa’ mí. Detienen a los dos payasos, Tristón llora y Leoncio irrumpe en una risa maníaca, y fin. Punto pelota. Hale. Ahí queda eso.


¿Cuál es el principal problema de Balada? El guión. Aunque parte de una idea buena (no me lo van a negar) que hubiera podido dar para mucho, la historia se diluye a partir de la desfiguración de Leoncio, momento a partir del cual la película pasa a ser una serie de escenas mal hiladas. Natalia, que quiere representar a España, cae mal, porque es una calientabraguetas descerebrada. Hay personajes que actúan de una manera u otra porque sí, porque así lo dice el guión. Es la primera película de De la Iglesia en la que el guión no está escrito junto a Jorge Guerricaechevarría, y me temo que ha sido un error.

Intenté que Balada me gustase. Quise que me gustase. Pero no. Me decepcionó sobremanera, que es incluso peor que el mero hecho de que no me gustase. Me voy a tocar una balada triste de armónica bajo la luz de una farola. Bueno, ahora no, que están apagadas. Pero ya captan la idea.


Lo mejor: Antonio de la Torre. El prólogo y los créditos iniciales. La fotografía.
Lo peor: Carolina Bang. Los (numerosos) fallos de guión. El montaje. Que con esa premisa haya salido algo tan pobre.