1 feb. 2011

El BIEN en tebeo: El invierno del dibujante



Si se han criado ustedes en España (o incluso si no), es más que probable que una de sus primeros contactos con el mundo del cómic fuese a través de un Mortadelo o un Zipi y Zape, tebeos editados por la mítica Bruguera.

Lo que tal vez desconozcan es que los dibujantes estaban sometidos a un contrato leonino que les obligaba a ceder los derechos de autor sobre sus creaciones a la editorial. Por eso, en 1957, Escobar, Penyarroya, Conti, Cifré y Giner deciden abandonar Bruguera y fundar su propia revista, Tío Vivo. Desgraciadamente, y por motivos que no tuvieron tanto que ver con la calidad de la revista como con factores ajenos, la aventura duró poco más de un año, tras el que los cinco tuvieron que volver a Bruguera a soportar las condiciones de antes.




Paco Roca, autor de Arrugas, nos cuenta esta historia en El invierno del dibujante, magnífico cómic (o tebeo) que se disfruta desde la primera página. El dibujo es una maravilla, y merece la pena detenerse en las viñetas para descubrir detalles o guiños al ambiente de la época. La historia nos muestra pinceladas de las relaciones entre los autores, con escenas cotidianas en el bar (ya lo dijo Roca en una charla en la Fnac: «las cosas más importantes pasan en los bares») o la conversación sobre ir al cine los martes entre un joven Ibáñez y Ángel Nadal mientras esperan a cobrar por sus historietas en Bruguera.

Podría seguir enumerándoles las virtudes de El invierno del dibujante, pero creo que será mejor que les diga que yo digo SÍ y que lean una pequeña entrevista que tuve el gusto de poder hacerle a Paco Roca:



Tío Vivo fue una revista pionera, ya que los propios autores eran los que editaban la revista y se encargaban de gestionarla. Por desgracia, y por motivos ajenos a la calidad de la revista, y que tenían bastante más que ver con Bruguera, la cosa no acabó bien. ¿Crees que una iniciativa de este tipo sería posible hoy en día? ¿Cómo ves el asunto de la autoedición?

En cuestión de diez años ha cambiado bastante el tema editorial en España, han surgido muchas pequeñas editoriales que podríamos considerar como faneditores (la mayoría de sus editores tienen otros trabajos y editar es un hobby para ellos) que publican cosas muy interesantes, se podría decir que son para los autores el equivalente al boum de las revistas de los ochenta.
Quizá ahora la nueva revolución sea la autoedición digital, en teoría supone la total libertad del autor sin ningún tipo de filtro, censura o intermediarios.


Podríamos decir que los tebeos clásicos se han visto un tanto desplazados estos últimos años entre las nuevas generaciones por el cómic americano y japonés. Yo, que nací en 1990, devoraba de pequeño tebeos de Ibáñez, Escobar y Vázquez, pero parece que los chavales de ahora pasan un poco de ellos y prefieren cosas con menos contenido, pero quizá más vistosas a sus ojos. ¿Qué destino crees que les espera a los clásicos Mortadelos y Zipizapes de toda la vida? ¿Se verán relegados a piezas de museo, o aún podemos hacer algo para despertarles el gusto por ellos a los más pequeños?

Es difícil de saber. Los tebeos que siguen editándose son los que se mantienen vivos. Mortadelo lleva cincuenta años publicándose con regularidad y sigue siendo un best-seller. Lo leía mi padre, lo he leído yo y los leen mis sobrinos. Sin embargo los que ya no se publican o reeditan coincidiendo con algún acontecimiento, en la mayoría de casos sólo llegan a los nostálgicos. Se necesita regularidad para enganchar al público y creo que en España faltan tebeos dedicados al público infantil.


En El invierno del dibujante, cada capítulo se ambienta en una estación del año, y cada una de estas estaciones tiene las páginas de un color: color crema para el verano, rosado para la primavera y azul para el invierno, lo que da un toque innovador y original al tebeo. ¿Cómo surgió esta idea? Además, y esto quizá sea cosa mía, las páginas del tebeo huelen a tebeo de los de antes. Fue abrirlo y recordar el olor de los cómics de mi padre.

Ja, ja, ja… Veo que eres un nostálgico. A mi también me encanta el olor de los libros, es muy evocador.
La idea de los colores surgió por la necesidad de diferenciar los cambios temporales sin que el lector se perdiese. Los cambios en el tiempo son muy pequeños de meses de unos a otros y visualmente nada cambia aparentemente. Tenía miedo de que el lector no supiese en qué momento se encontraba. El color de las páginas me pareció buena solución para diferenciar los tiempos de la historia. Por otro lado hice coincidir los hechos de la historia con la primavera, el verano e invierno y el color hace énfasis en las sensaciones que nos trasmiten esos momentos que en cierta forma es el estado de ánimo de los “cinco”.
Esta pregunta es de mi novia: en El invierno del dibujante, al final, comentas que, para ti, «Bruguera era como la fábrica de chocolate de Willy Wonka". En la conferencia del 19 de enero en la Fnac de Valencia también se hizo patente tu amor por el espíritu de los tebeos de esa época. Sin embargo, tus cómics están dirigidos a un público más adulto. ¿Te sientes más cómodo haciendo este tipo de obras, o te gustaría hacer alguna vez un tebeo al estilo Bruguera, más dirigido a todos los públicos?
En primer lugar, cuando pienso a qué tipo de público me dirijo, pienso en mí como lector. Intento no hacer nunca un cómic que a mi no me gustaría leer. Así que en ese sentido estoy a gusto con lo que hago. También es cierto que me gustaría volver a hacer aventura o Ciencia Ficción pero quizá ahora no sea el momento de marear a los nuevos lectores que he podido conseguir con mis últimas obras.
Y por supuesto me gustaría hacer algo a lo Bruguera, más infantil. Como decía antes, creo que faltan obras dirigidas al público infantil.


Y, por último, la pregunta obligada: ¿Qué podemos esperar tras El invierno del dibujante?

Me gustaría pasar una larga temporada en una isla del pacífico sin hacer nada, haciendo vida contemplativa. Pero esto de los tebeos no da tanto margen. Así que tengo que seguir trabajando. Ahora estoy ilustrando un libro sobre Kafka para Astiberri, tengo que hacer el cartel de este año de La Mostra de Cómic de Valencia y en seguida me meteré con el siguiente álbum que aún estoy en fase de documentación.


Desde aquí, quisiera agradecerle una vez más a Paco Roca su amabilidad al atenderme (y al dibujarme a un Escobar en mi ejemplar que da gusto verlo, todo sea dicho). Y ya, insistiéndoles en que lean El invierno del dibujante, les dejo con la puntuación.

Lo mejor: La ambientación, el coloreado de las páginas, lo entrañable del tebeo, el retrato de Rafael González.
Lo peor: Se echa de menos una mayor duración.