7 ene. 2011

A Christmas Crapsmith (y IV)


IV: La muerte de todas las ideacas posibles


    La figura se aproximaba a él con paso lento, grave y silencioso. Por donde pisaba, dejaba un rastro de una sustancia similar a la ceniza. Le envolvía una vestidura negra que le envolvía el cuerpo, y una capucha del mismo color le cubría la cabeza. Cuando estuvo a tan sólo unos pasos de distancia de Crapsmith, se detuvo.
    –¿Estoy en presencia del Espíritu de las Ideacas Futuras? –preguntó Crapsmith, lleno de temor.
    La figura no tuvo reacción alguna. De vez en cuando se llevaba una mano huesuda a donde debía de estar la boca y parecía masticar algo. A sus pies se iba formando un montoncito de polvo.
    –Esto… ¿tal vez vienes –aventuró el señor Crapsmith– a mostrarme las sombras de las cosas que aún no han sucedido, pero que están por suceder? Vamos, digo yo.
    Los dos puntos de luz que se ocultaban bajo la capucha refulgieron por un instante. Se oyó una ligera tos.
    –¡Espíritu de las ideacas futuras –exclamó Crapsmith–, te tengo más miedo que a ninguno de los espectros que me han visitado hasta ahora! Pero, como sé que estás aquí para procurar mi bien, estoy dispuesto a acompañarte de buena gana. ¿Puedes decirme quién eres? ¿George Lucas? ¿Jerry Bruckheimer? ¿Joel Silver, quizás?
    La figura tosió de nuevo.
   PERDÓN, dijo la figura, con una voz que sonaba como si alguien estuviese tallando una lápida, LA VERDAD ES QUE NUNCA HE ENTENDIDO ESA AFICIÓN QUE TIENEN USTEDES A LOS POLVORONES. SIEMPRE SE ME ATRAGANTAN.
    Unas noches antes, el señor Crapsmith hubiera dicho «¡Polvorones! ¡Un dulce típico de Navidad! ¡Valiente paparrucha!», sin embargo, las constantes visitas desde el más allá habían hecho que, cual perro de Pavlov, desarrollase cierto agrado hacia la Navidad y todo lo relacionado con ella.
    –Bueno, no sé. A mí me gustan. Supongo.
    USTED VERÁ. CLARO, QUE USTED TIENE ESTÓMAGO PARA DIGERIRLOS. QUÉ DESASTRE, dijo, mirando el montoncito de polvo que había en el suelo, MIRE CÓMO SE LO HE PUESTO TODO.
    La figura sacó un reloj de arena de uno de los pliegues de su túnica y se lo acercó al rostro.
    AH, THOMAS CRAPSMITH, ¿NO? PENSÉ QUE LO TENÍA, PERO ENTONCES TUVO USTED QUE CONVERTIRSE EN UN ZOMBI.
    El reloj, que refulgía, iluminó el interior de la capucha. El señor Crapsmith alcanzó a ver el rostro (por llamarlo de alguna forma) de la figura. Dio un paso atrás.
    PERO HOMBRE, SEÑOR CRAPSMITH, dijo la figura, NO SE ASUSTE. HOY NO HE VENIDO PARA LLEVÁRMELO. DIGAMOS QUE ESTOY AQUÍ EN CALIDAD DE MUERTE DE TODAS LAS IDEACAS POSIBLES.
    –¿S-seguro?
    TRANQUILO. LE PROMETO QUE, CUANDO LA NOCHE ACABE, LE DEVOLVERÉ A SU CAMA SANO Y SALVO. Y AHORA AGÁRRESE, QUE VAMOS CON RETRASO.
    El señor Crapsmith se aferró a la túnica de la Muerte y se maldijo su suerte mientras todo se desvanecía.




    La Muerte se detuvo frente a un grupo de hombres de negocios. Crapsmith se acercó para ver de qué hablaban.
    –Y yo que sé –decía un hombre gordo con doble papada–, lo único que sé es que se ha muerto, y ya.
    –¿Pero cuándo? –preguntó otro.
    –Anoche, me parece.
    –¿Qué le ha pasado? –preguntó un tercero, dándole una calada a su pipa–. Yo creí que no iba a morirse nunca, y menos después de su resurrección.
    –No lo sé, pero es lo de menos –contestó el primer hombre–. Aquí lo importante es saber qué va a ser de su dinero.
    –Sí, en sus últimos años consiguió enriquecerse, por no hablar de los derechos de los limones con cara, que siempre fueron un exitazo.
    –Creo que fue una de las pocas verdaderas ideacas que tuvo –comentó el apasionado de su pipa–. En fin, yo iré al funeral. Se rumorea que habrá merendola.
    –Así que merendola, ¿eh? –preguntó el primer hombre, que estaba claro que había visto más de una merendola– ¡Allí estaré, sin falta!
    Los hombres se dispersaron, no sin antes prometer comprar algo de bebida para celebrar la reciente defunción. La Muerte se acercó a Crapsmith y señaló a dos mendigos que pedían limosna en la acera junto a un perro.
    –Parece que al viejo le ha caído lo suyo, ¿eh?
    –Ya lo creo que sí, ya lo creo que sí, mano de milenio y gamba. Quesejoda, quesejoda, siempre lo dije.
    –Merecido se lo tenía, desde luego –añadió una tercera voz.
    –Completamente de acuerdo –tosió–. Se lo venía buscando desde hace tiempo. Me acuerdo del «Arrear al mendigo»… el muy cabrón me rompió tres costillas. ¿Y compartió conmigo el premio?
    –¿Quesejoda? –inquirió su compañero, con expresión de profunda curiosidad.
    –Pues no. No vi ni un céntimo. Que se pudra el viejo Tom, donde sea que esté.
    -Quesejoda, mano de milenio y gamba –concluyó el otro mendigo, solemne.
    –Guau, gruñido, guau.
    Antes de que el señor Crapsmith pudiera decir nada, el mundo se volvió del revés.

 

    Cuando todo volvió a la normalidad, estaban en un cementerio.
    –¿De quién hablaban?
    MUCHO ME TEMO QUE PRONTO LO DESCUBRIRÁ. Y AHORA, SI ME ACOMPAÑA…
    El señor Crapsmith siguió a la Muerte, que lo guió a través del cementerio en silencio. El productor cada vez estaba más angustiado, y no le ayudó a tranquilizarse que, al leer los nombres de algunas de las lápidas, reconociese a varios de sus antiguos guionistas.
    –Espíritu, estar aquí hace que se me afloje el esfínter –confesó Crapsmith–. ¡Vámonos de aquí, he aprendido la lección!
    La Muerte negó con la cabeza.
    NO SEA ASÍ, SEÑOR CRAPSMITH. LE ASEGURO QUE TRAERLE AQUÍ ES LA MEJOR IDEA QUE HE TENIDO ÚLTIMAMENTE. Sonrió, aunque tampoco le quedaba otra opción, y añadió: ¿QUÉ DIGO IDEA? IDEACA.
    –¿Dónde me llevas? ¿Falta mucho?
    ESPÉRESE. CADA COSA A SU TIEMPO, SEÑOR CRAPSMITH. CADA COSA A SU TIEMPO.
    –Dado que esto es una ensoñación, ¿no podríamos ahorrarnos los trámites? –preguntó el señor Crapsmith– Me duelen los pies.
    La Muerte pareció pensar durante unos instantes.
    TAMBIÉN ES VERDAD. Los alrededores se difuminaron y se enfocaron de nuevo. ACÉRQUESE A ESA TUMBA, SEÑOR CRAPSMITH, ACÉRQUESE…
    El señor Crapsmith se acercó y se inclinó para leer la lápida.
    –Jonathan Miller. Qué bien. ¿Y?
    LA DE AL LADO, SEÑOR CRAPSMITH.
    –Thomas Crapsmith –leyó–. Vaya, qué casualidad, se llama igual que… soy yo, ¿verdad?
    ASÍ ES, asintió la Muerte. CREÍA QUE IBA A TARDAR MÁS EN COMPRENDERLO, A JUZGAR POR LO QUE ME CONTÓ EL ANTERIOR ESPÍRITU.
    –Pero… pero esto puede cambiar, ¿verdad? ¡Ya no soy el mismo hombre que era! ¡Produciré el programa navideño de Sobrino! ¡Honraré la Navidad! ¡No despediré a mi ayudante!
    NO, le interrumpió la Muerte, A SU AYUDANTE PUEDE DESPEDIRLO. NO ES TRIGO LIMPIO.
    –Mejor, porque le tenía unas ganas que… quiero decir, ¡dime que puedo cambiar todo esto! ¡Dime que si me comprometo a producir programas navideños esto puede cambiar!
    Se aferró a la túnica de la Muerte, pero cuando se dio cuenta, se encontraba en su cama, forcejeando con las sábanas.



V: Epílogo

    Y así fue como el señor Crapsmith decidió cambiar su actitud hacia la Navidad y emprender el camino que le acercaría a la redención y le alejaría de la tumba. O eso creía él, pues la realidad es que el programa de Sobrino, llamado «Blanca Navidad» fue un fracaso de público y crítica. El especial, que trataba sobre un judío que robaba la Navidad a «la raza superior, la aria», fue considerado como «insultantemente antisemita», «insultantemente insultante» e «insultantemente de mal gusto; además, Samuel L. Jackson es una pésima elección para interpretar a Grinchnovich, el judío protagonista».
    Sin embargo, no todo fueron decepciones para el señor Crapsmith. Dos años después de despedir a su ayudante (y pincharle las ruedas del coche), Joe Ellis, coincidió con él en la edición de «Arrear al mendigo» de aquel año y le provocó una hemorragia interna. Además, ese año ganó el primer premio.