2 ene. 2011

A Christmas Crapsmith (III)

Capítulo anterior


III: El Espíritu de las Ideacas Presentes


    Se despertó con un ronquido, y se incorporó en la cama para recapacitar sobre los sucesos de las últimas dos noches. Sin embargo, justo en ese momento, sonó una campanada. En efecto, era la una de la noche siguiente, y el señor Crapsmith se estremeció pensando en el desajuste horario que iba a sufrir los siguientes días. Esperó la llegada del siguiente espectro. Espero. Volvió a esperar. Pero nada. Cuando ya iba a prepararse un lingotazo de whisky, oyó una voz que le llamaba desde el salón.
    –Herr Crapsmith! Komm hier!
    El señor Crapsmith titubeó, pero, fingiendo un aplomo que en realidad no tenía, avanzó con paso firme (o casi) hacia el salón y abrió la puerta.




    Era su salón, de eso no cabía duda, pero estaba lleno de vegetación, las paredes y el techo cubiertos ramas y hojas. En el suelo había solomillos, salchichas, barriles de patatas asadas, cochinillos, pavos, pollos asados y jamones de orangután, todo ello formando una torre en homenaje a las arterias atascadas. Sentado en un trono al lado de ella  se encontraba un hombre corpulento, con el pelo canoso muy corto y gesto enfurruñado. Al ver al señor Crapsmith, se le iluminó el rostro.
    –¡Entra! –exclamó el Espectro, con un ligero acento alemán–. ¡Entra y hablemos, hombre!
    Crapsmith entró tímidamente y, con cierto temor, inclinó la cabeza ante el espíritu. Pese a que, tras dos experiencias paranormales en dos noches, muchos aficionados al ocultismo lo podrían considerar todo un experto, el señor Crapsmith se sentía más asustado que nunca ante esta aparición, que además llevaba guantes de boxeo.
    –Soy el Espíritu de las Ideacas Presentes –proclamó el Espectro– ¡Mírame! ¡Mírame, te digo!
    El señor Crapsmith lo miró con todo respeto. Iba vestido con una bata de boxeo negra con ribetes dorados y un calzón del mismo color. La bata dejaba ver su fofo torso, otrora musculoso. Mientras lo miraba, el Espectro no paraba de fintar. En una de éstas, se dio la vuelta, y el señor Crapsmith se dio cuenta de que en su espalda ponía «Raging Boll».
    –Entonces… –aventuró el señor Crapsmith–. Entonces… seguro que eres…
    –¿Sí? –le animó el Espectro.
    –Seguro que eres… ¡Terry Gilliam!
    –¿Qué? –el Espectro se irguió en toda su altura, que por otro lado tampoco era tanta–. NEIN, NEIN, NEIN, NEIN! ¡No soy Terry Gilliam! ¡Estoy harto de que la gente me confunda con ese paleto asqueroso! Yo soy el único, el gran, el imparable Uwe Boll. Pero –añadió– puedes llamarme Herr Doktor.
    –¿Uwe Boll? –la mirada del señor Crapsmith se iluminó– ¡Me encantó Alone in the Dark! ¡Y BloodRayne! ¡Es todo un honor, Uwe!
    Boll lo miró severamente.
    –Quiero decir… Herr Doktor.
    –Eso está mejor, Tom. ¿Puedo llamarte Tom? –y sin esperar una respuesta, continuó–. Verás, Tom, la cosa está así: yo vengo, te enseño cómo le va a tu ayudante, el Jim Ellis ese, luego vamos a casa de tu sobrino, el Sobrino ese, tú aprendes la lección, yo te devuelvo a tu cuarto a que esperes al último espíritu y yo me vuelvo a seguir con el rodaje de En el nombre del rey 2.
    –Pues mira, mejor –concedió Crapsmith–, que yo tampoco estoy para estos trotes.
    –¡Estupendo, estupendo! Pero antes… ¿quieres que nos demos de hostias?
    El señor Crapsmith le miró desconcertado.
    –¿Qué?
    –¡Sí, hombre, sí! Nos damos de hostias ahora mismo, ¿quieres? Si no tienes guantes de boxeo, yo te puedo dejar unos.
    –Hombre, yo preferiría que no, eh.
    –Vaaaale –suspiró Boll, apenado–, es sólo que echo de menos aquella vez que reté a mis críticos a que se dieran de palos conmigo sobre un ring, ¿te acuerdas? ¡Lo que nos reímos!
    –Algo oí, sí… pero, ¿podemos irnos ya… Herr Doktor?
    Al Espectro se le iluminó la mirada.
    –¡Pues claro que sí! Agárrate a mi bata –le pidió Boll, y añadió– pero cuidadito con dónde pones las manos.
    Todo se desvaneció.





    Todo reapareció.
    –¡Me cago en la leche! ¡Fíjate qué efecto! –exclamó el Espectro, emocionado.
    –Eh, sí, no está mal –dijo con desgana Crapsmith–, pero a la segunda vez pierde.
    –Eres un aguafiestas, Tom –le reprochó Boll–, espero que trates mejor a los que te rodean. Hablando de lo cual…
    El Espectro le condujo a un edificio de aspecto humilde. Atravesaron las paredes para entrar (es lo bueno de las experiencias extrasensoriales, que no hace falta llevar las llaves) y esperaron pacientemente durante casi quince minutos a que llegase alguien que llamase al ascensor para colarse en él, pues lo malo de ser intangible es que no hay manera de apretar el botón, y no les apetecía subir hasta el sexto piso andando, por muy incorpóreos que fueran.
    Una vez arriba, se detuvieron ante la puerta de uno de los apartamentos.
    –¡Contempla –anunció Boll con tono solemne– la puerta del apartamento de tu ayudante, Tim Ellis!
    –Es Jim –le corrigió Crapsmith–. O al menos, eso pone en su contrato.
    –¡Contempla –anunció Boll con tono solemne e irritado– la puerta del apartamento de tu ayudante, Jim Ellis!
    El señor Crapsmith la contempló. La contempló a conciencia, incluyendo el picaporte, la mirilla, el cartel con el número y el aviso de desahucio.
    –Anda, pero si lo van a desahuciar. ¿Y eso?
    –¡Es por tu culpa, Tom! ¡Con el sueldo que le pagas, no llega a fin de mes! ¡Entremos, entremos para que puedas ver cómo se despide de su hogar!
    Entraron, y vieron a una familia sentada a la mesa, donde una fuente de arroz constituía la única cena.
    –Pero, un momento –dijo el señor Crapsmith–, éste no es mi empleado.
    –¡Ajá! No lo reconoces en tan triste situación, ¿verdad?
    –No, es que no es mi empleado –insistió Crapsmith–, de verdad. Pero si es chino.
    El Espectro se acercó a la mesa.
    –Ah, fallo mío –se excusó–. Con razón no hay decoración navideña. Bueno, pues… –el Espectro desplazaba su peso de un pie a otro, nervioso– no sé, ¿te apetece hacer algo?
    –¿Cómo que si me apetece hacer algo?
    –Sí, es que total, a estas horas ya es demasiado tarde para buscar la dirección de tu ayudante, la verdad. Estas cosas tardan, la verdad.
    –El caso es que –dijo Crapsmith– yo tengo su dirección. Me acuerdo de cuando le hice el contrato. De hecho, creo que… –miró por la ventana– me parece que era en esta misma calle, sí.
    El Espectro pareció aliviado.
    –Ya decía yo que no me podía haber equivocado por mucho. Agárrate a mi bata, agárrate.
    La familia china siguió dando cuenta del arroz como si no hubiera pasado nada, cosa que, para ellos, era cierta.




    Aparecieron en una casa decorada recargadamente, donde el ayudante del señor Crapsmith, Jim, y su familia disfrutaban de una abundante cena.
    –No lo entiendo –dijo el Espectro–, ¿me he vuelto a equivocar?
    –¡De eso nada, éste sí es mi ayudante! ¡Y menuda cena se está pegando!
    Jim se acercó una bandeja de pavo y se sirvió un buen trozo.
    –Quisiera agradecerle esta cena al señor Crapsmith –dijo Jim, con la boca llena–. Puede que me pague un sueldo horrible, pero de no ser por él y porque esta mañana se dejó la caja fuerte abierta, hoy no habríamos podido disfrutar de estos manjares.
    El señor Crapsmith se giró hacia el Espectro.
    –¿Q… q… qué es esto? ¿Para est… est… –se atragantaba de la ira– para esto me traes? Pues mira, te lo agradezco. En cuanto le vea, le despido.
    –Recapacita, Tom –le aconsejó el Espectro–. Si le pagases un sueldo más alto, ¿crees que te seguiría robando?
    –Probablemente, dado que le despidieron de su anterior trabajo por robar –afirmó Crapsmith–. Y el tío tuvo la desfachatez de asegurarme que era mentira y que le habían despedido porque le tenían manía… Se va a enterar. ¡Se va a enterar! ¡Tú, Herr Doktor, sácame de aquí! ¡Acabemos con esto! –y, con estas palabras, le tiró de la bata con tanta fuerza que le hizo un desgarrón.
    –Me cag…–empezó el Espectro.




    –…o en la leche, Tom. ¿Tú sabes lo que me costó esa bata? ¿Tú quieres que nos demos de hostias?
    –Este, pues… ¡anda, mira! ¡Si es mi sobrino! –exclamó Crapsmith, y fue corriendo hacia la figura que servía la cena, en el salón, pues habían aparecido en una casa humilde de los suburbios.
    –¡Y dijo que la Navidad era una paparrucha! –rio Sobrino.
    –¡Vergüenza debería darle! –dijo la novia de Sobrino, a quien el señor Crapsmith siempre había llamado «Lagartona».
    –Pero bueno, no importa –dijo Sobrino para excusar a su tío–, sé que en el fondo tiene buen corazón.
    –Entonces, ¿te va a producir el especial de Navidad?
    –Eh… no. Pero no importa, seguro que tiene sus motivos.
    –¿Te refieres a que es un ser cruel y despreciable? –le preguntó Lagartona.
    –No, me refiero a que no le sobra precisamente el dinero, y, además, no le gusta la Navidad, así que supongo que es normal que no quiera tener nada que ver con ella. Además…
    Hubo un resplandor de luz. Cuando cesó, Sobrino estaba brindando.
    –¡Por mi tío! ¡Porque si algún día hay un ataque biológico, estaré preparado gracias a mi máscara antigás!
    Otro resplandor.
    –Y entonces dijo «¿Yo? ¿Producirte un programa navideño? ¡Antes devuelvo mi carné de la Asociación Nacional del Rifle!», y se quedó tan pancho.
    Otro resplandor. Se hallaban en mitad de una jungla.
    –Uy, perdona –se disculpó el Espectro–, no sé qué ha podido pasar. Por cierto, ¿has visto esa estatua gigant…?
    Otro resplandor. Volvían a estar en casa de Sobrino, que dormía junto a Lagartona en un sofá.
    –Me cago en la leche, llegamos tarde –dijo Boll–. Nos hemos perdido lo de cuando dice que ojalá le produjeses el programa, y que, de paso, invirtieses en mi próxima película.
    –¿De verdad?
    –Sí. Bueno, lo de mi película no –reconoció el Espectro–, pero lo otro sí. Wirklich!
    –Bueno, tal vez debiera hacer algo –reflexionó el señor Crapsmith–. Es cierto que a los críos parecen gustarles los programas navideños, y me vendría bien ganar algo de diner… –se corrigió al ver la mirada del Espectro– hacer algo por los demás. Supongo.
    El Espectro sonrió mientras el escenario cambiaba y volvía a ser el cuarto del señor Crapsmith.
    –Muy bien, Tom, veo que vas aprendiendo. Mi misión aquí ha terminado. ¡Scotty, energízame! –exclamó, y miró al cielo con aire solemne.
    No pasó nada. El señor Crapsmith le miró con aire confuso.
    –Perdona, ¿qué acabas de…?
    –Me cago en la leche, pensaba que iba a funcionar. ¿Y para esto me sacan de un rodaje? ¿Para luego no ser capaces de darme ni un capricho?
    El Espectro abrió la ventana y puso un pie en el alfeizar.
    –¡Y recuerda, Tom –anunció, mientras salía–, no olvideeeEEEEEEEEEEEEEEEEEEeee…!
    El señor Crapsmith corrió hacia la ventana y se asomó, esperando ver el cuerpo (o lo que fuese) del Espectro retorciéndose en la acera, pero lo único que vio fue una pila de DVD de BloodRayne y En el nombre del rey esparcidos por el suelo.
    Cuando se giró, vio a una figura alta, delgada y vestida con una túnica con capucha que avanzaba hacia él. Bajo la capucha brillaban dos puntos de luz azul, como si hubiese dos estrellas allí.
    El señor Crapsmith se desmayó, y en su estado de inconsciencia soñó con espíritus alemanes que le obligaban a boxear contra ellos para ganarse el derecho a probar el cochinillo.