24 dic. 2010

A Christmas Crapsmith (I)




Navidades. Esas entrañables fiestas en las que la familia se reúne, cenan todos juntos, discuten sobre la edad de Raphael, el primo Ataúlfo se atraganta con un polvorón y casi se queda en el sitio, pero al final todo fue un susto, ¿eh, Ataúlfo? Míralo, míralo como se ríe, el muy jodío... pero, sobre todo, es época de películas navideñas que ensalcen el espíritu navideño, la paz, el amor, y todas esas chorradas. Y RduTcB no va a ser menos, claro. Les presento una historia en X partes llamada A Christmas Crapsmith, un desvergonzado plagi... sentido homenaje a Cuento de Navidad, de Charles Dickens, protagonizado por el ínclito Thomas Crapsmith, a quien ya conocerán. Y si no lo conocen, pues cojan y vayan a su Twitter o a su página en Facebook, ¡vamos!

Y, sin más, les dejo con el primer capítulo de A Christmas Crapsmith.




I: De visitas inesperadas y otras paparruchas


  
  Muchos de sus guionistas habían muerto. De eso no cabía la menor duda. Firmaron sus certificados de defunción el clérigo, el sacristán y el encargado de pompas fúnebres. Y también los firmó Crapsmith. Y el nombre de Thomas Crapsmith era bien conocido en las funerarias, pues muchas carreras habían muerto por culpa suya. Pero para Crapsmith nada cambió: mantuvo su elevado nivel de vida, y contrató a más guionistas. Cuando éstos murieron de inanición al no ser contratados nunca más, Crapsmith contrató a más. Y así, pasaron los años.
    Crapsmith era tacaño, avaro, cruel, desalmado y codicioso, pero uno de los rasgos más destacados de su personalidad era su ojo para las ideas. Para las malas ideas. Años de fracasos le habían endurecido el carácter, y había aprendido a aislarse de los demás. Tanto, que ni siquiera en Navidad asomaba en él un atisbo de amabilidad.




     Una vez, en Nochebuena, Crapsmith se hallaba revisando guiones en su despacho. Hacía un tiempo frío, y podía oír a la gente en la calle, que iba de un lado para otro comprando regalos de última hora. De repente, la puerta se abrió, y por ella entró su sobrino.
    –¡Felices fiestas, tío! ¡Que Dios te bendiga! –gritó el sobrino de Crapsmith.
    –¡Bah! –refunfuñó Crapsmith, quien nunca se había aprendido el nombre de su sobrino, a quien llamaba, simplemente, Sobrino–. ¡Paparruchas!
    –¿Pero qué dices, tío? ¿La Navidad, una paparrucha? –se extrañó Sobrino– No lo dirás en serio, ¿no?
    –¡Lo digo en serio! ¡Y muy en serio! –bramó Crapsmith, levantándose de un salto de su sillón– ¡Felices fiestas! ¿Qué motivo tienes tú para estar feliz? ¡Eres más pobre que una rata!
    –¿Y qué más da? Tampoco es que tú hayas hecho mucho… si no fuese por los derechos de autor de aquellos limones con cara, vivirías en una caja de cartón –le recordó Sobrino– El caso es que, sea como sea, tienes bastante parné, ¿por qué habrías de estar triste?
    Crapsmith, a quien no se le ocurría ninguna respuesta válida, se limitó a refunfuñar.
    –¡Bah! –Y, a continuación– ¡Paparruchas!
    –Pero, tío… –comenzó a decir Sobrino.
    –¡Ni pero tío ni nada! –le interrumpió Crapsmith, furioso– ¡En Navidad no se hace más que gasto! ¡Es el momento en el que te das cuenta de que eres un año más viejo y ni un céntimo más rico! ¡En el que te das cuenta de que las últimas ideacas que produjiste no te hicieron más que perder dinero!
El señor Crapsmith, poseído por la ira, dio un puñetazo en la mesa, sin recordar que en realidad era una lámina de papel vegetal que había encontrado en un contenedor y que había pinchado en cuatro ramitas de árbol.
    –¡Si por mí fuera –dijo el señor Crapsmith, retirando la mano del boquete recién inaugurado de su mesa–, a todo aquel que fuese por ahí deseando felices fiestas le cortaría la cabeza y la clavaría en una pica!
    –¡Basta ya, tío Tom! –le suplicó Sobrino.
    –¡De basta nada! ¡Y no me llames tío Tom, Sobrino!
    –¡Jamás te aprendiste mi nombre! –lloriqueó Sobrino, que había quedado huérfano a la tierna edad de treinta y cuatro años– ¡Mamá siempre te dijo que te lo aprendieses, pero tú nunca quisiste, y por Navidad nunca me regalaste nada!
    –¡Paparruchas! ¿Qué me dices de la Navidad de 1984?
    –¡Me regalaste una máscara antigás! «Por si atacan los rusos», me dijiste.
    –¡Quería que sobrevivieses si había una guerra! –se justificó Crapsmith– ¿Tan malo es eso? Y, en cualquier caso, déjame en paz, déjame que celebre la Navidad a mi modo. ¡Es decir, no celebrándola!
    En ese momento, entró Jim Ellis, el ayudante del señor Crapsmith. Apenas había cumplido los veintisiete años, pero ya estaba casado y tenía un hijo, Timmy, un niño que siempre estaba enfermo y que cojeaba debido a una malformación de nacimiento.
    –No sea así, señor Crapsmith –intercedió Jim a favor de Sobrino– Su sobrino sólo intenta decirle que…
    –¡Calla, tú! –bramó Crapsmith– ¡Y tráeme mi café! ¡Mejor aún, vete a casa! ¡Y olvídate de la paga de Navidad!
    –¿Qué paga de Navidad? –quiso saber Jim– Nunca me ha dado ninguna…
    –¡Pues eso mismo! –y con esas palabras, Crapsmith zanjó la cuestión de la (improbable) paga navideña de Jim.
    Sobrino, que ya se iba, hizo un último intento de despertar algo de espíritu navideño en su malhumorado tío.
    –De todos modos, tío, yo sólo venía para proponerte que me produjeses un guión que he escrito para un programa navideño...
    –¿Yo? ¿Producir un programa navideño? –dijo Crapsmith, con una mueca de desprecio– ¡Antes devuelvo mi carné de la Asociación Nacional del Rifle! ¡Buenas tardes tengas!
    –Pero, tío…
    –¡Buenas tardes tengas!
    –Buenas tardes, tío –dijo Sobrino, y añadió–. Y feliz Navidad y próspero año nuevo.
    –Buenas tardes tengas.
    Sobrino salió del despacho, no sin antes desearle feliz Navidad a Jim, que puso cara de resignación y respondió con un «igualmente».
    –Otro que tal –murmuró Crapsmith–. Un mísero ayudante con un sueldo de risa, mujer y un hijo, y va por ahí hablando de felices Navidades. Es para darle.
    Cuando Sobrino se fue, entraron en el despacho del señor Crapsmith dos caballeros que llevaban multitud de folletos en las manos.
    –Thomas Crapsmith, supongo –dijo uno de los caballeros, consultando una lista–. Es todo un honor.
    –El honor es suyo, sin duda –replicó el señor Crapsmith–. ¿Vienen a proponerme una idea? ¿O, tal vez, una IDEACA?
    –¿Qué? –se extrañó el otro caballero– ¿De qué habla? Aunque, bueno, se podría decir así… le traemos la ideaca, como usted dice, de que haga un donativo para los niños pobres.
    Un escalofrío recorrió el cuerpo de Crapsmith, a quien la cabeza le daba vueltas.
    –¿Un donativo? ¿A cuento de qué?
    –Verá, señor Crapsmith –le explicó uno de los caballeros–, hay muchos niños que no tienen qué comer, y no digamos ya con qué jugar. Por eso, estamos recaudando dinero para poder comprarles comid…
    –¡Bah! –le interrumpió el iracundo productor– ¡Paparruchas! ¡Si no tienen qué comer, que trabajen! ¡Es más, que vengan aquí! ¡Los monos que trabajan en las calderas están empezando a caer como moscas!
    –No pretenderá que esos niños trabajen, ¿no? ¡La mayoría apenas tienen ocho años!
    –Mire, yo no insinúo nada, y lo único que tengo que decir se lo diré bien claro: ¡Fuera de mi despacho!
    Los dos caballeros se fueron, murmurando cosas acerca de la tacañería de Crapsmith y de que, a fin de cuentas, los limones con cara del señor Crapsmith tampoco eran gran cosa.





    Al final de la jornada, el señor Crapsmith se despidió de su ayudante, Jim, y le dijo de mala gana que podía tomarse libre «el estúpido día de mañana». El señor Crapsmith se dirigió a su casa, dándole patadas a todo aquel mendigo que tuviese la osadía de pedirle limosna o a cualquier coro de villancicos ambulante que se atreviese a cantarle Noche de paz. Sin embargo, Thomas Crapsmith, antigua futura promesa de la producción, se sentía incómodo, pues varios de los mendigos apaleados parecían tener el rostro de alguno de sus antiguos guionistas que habían pasado a mejor vida (lo que no es muy difícil cuando se trabaja para el señor Crapsmith) hacía años.
    Una vez en su casa, el señor Crapsmith decidió meterse en la cama directamente para no tener que pasar por el suplicio de soportar alguno de esos programas navideños que tanto detestaba. No llevaba ni diez minutos acostado, cuando oyó un ruido, como si alguien arrastrase una cadena por el suelo. Además, el viento parecía ulular la palabra «ideaca».
    –¡Bah! –intentó tranquilizarse Crapsmith– ¡No es más que el viento! Y en cuanto a ese ruido de cadenas, seguro que no son más que algún vecino llevando a cabo alguna degenerada práctica sexual.
    Fue justo en ese momento, cuando el espectro atravesó la pared, dejando un rastro de ectoplasma. Era de un color azulado translúcido, y su rostro parecía fluctuar entre varios rasgos distintos, como si tuviese que escoger con cuál quedarse y fuera incapaz de ello. Su ropa estaba hecha jirones, y arrastraba una pesada cadena.
    –Thomas Cgapsmith –dijo el espectro, y su voz sonó como un millar de personas lamentándose al mismo tiempo. Además, tenía un ligero acento francés–. ¿Nos guecuegdas?
    –Pues mira, no –respondió Crapsmith con toda tranquilidad–. No recuerdo haber tratado antes con ningún espectro de rostro indeciso, nunca mejor dicho.
    –Euh… –el espectro titubeó–. ¿No estás asustado?
    –Bueno, reconozco que un poco, pero he visto fantasmas (suponiendo que tú lo seas) más espeluznantes en Casper.
    –Ah –el espectro parecía algo desilusionado–. ¿Ni un poco? Nos hemos puesto nuestgos mejogues jigones.
    –¿Vuestros qué?
    –Jigones.
    –¿Qué?
    –Jigones. ¡Jigones! ¡Ya sabes, como cuando la gopa se te gompe!
    –¡Ah, jirones! Vaya, vaya… es todo un detalle. Reconozco que aportan un toque extra de siniestrez, la verdad.
    –Oye… ¿no vas a pgueguntagnos quiénes somos?
    –Bueno… ¿quién eres, y por qué vienes a molestarme a casa? Es más, ¿por qué te refieres a ti mismo en plural?
    El rostro del espectro se detuvo por un instante, y sonrió.
    –Somos Félix –dijo la voz con un ligero deje cubano–, el guionista al que condenaste al fgacaso cuando decidiste que su película sobre Fidel Castgo tenía que teneg ninjas. Somos Pierre y la película Napoleón contga Hitler. Somos Charles y la miniseguie sobre Guy Fawkes y Godzilla. Somos LeGuión, porque somos muchos.
    El señor Crapsmith se quedó sin habla durante unos instantes. El espectro parecía satisfecho, como si llevase mucho tiempo preparándose para ese momento, y por fin hubiera podido decir lo que quería.
    –Pero –empezó a decir Crapsmith–, ¿y ese acento francés?
    –Eso –dijo LeGuión con un tono irritado– es pogque Pierre siempgue tuvo una pegsonalidad muy fuegte. Y ahora, Thomas, vas a escuchagnos y… ¿se puede sabeg qué haces?
    El señor Crapsmith tenía el teléfono en la mano, y estaba marcando un número. Se puso el auricular en la oreja y esperó.
    –Bill? Bill Murray? Yes, it’s me, Thomas Crapsmith. Look, there’s a goddamn ghost in my room speaking in a French accent and, since you were on Ghostbusters and Ghostbusters 2, I was wondering if you could help me… Hello? Hello? –apartó el teléfono– Ha colgado.
    Hubo una pausa. El señor Crapsmith bajó la mirada, ligeramente avergonzado. Como para demostrar que él tenía el control, y no LeGuión, se puso en pie.
    –De todos modos, tampoco es que Bill Murr…
    LeGuión agitó su cadena una y otra vez, mientras gritaba y atravesaba las paredes corriendo, como si estuviese teniendo alguna clase de ataque epiléptico.
    –Mira, ahí te has pasado –le reprochó el señor Crapsmith–. Me lo estás poniendo todo perdido de ectoplasma, y tengo entendido que esas manchas no salen con nada. Aquí no eres bien recibido, así que haz que lo hayas venido a hacer y vete.
    LeGuión dejó de agitar la cadena, y se sentó en una silla, avergonzado. O al menos, todo lo avergonzado que puede estar una entidad ectoplásmica compuesta por los espíritus de varios guionistas fracasados.
    –Hemos venido a advegtigte, Cgapsmith. Llevamos la cadena que nos fogjamos en vida, fgacaso tgas fgacaso. Una vez hundidos en la miseguia, a todos nosotgos se nos ofgeció escgibig un pgogpgogapgogama navideño, pego, pog oggullo, lo guechazamos. Mas hay espeganza. Tú aún estás a tiempo de evitag sufgig nuestgo destino –dijo LeGuión, y extendió el brazo para señalar a Crapsmith–. Esta noche te visitagán tges espíguitus. ¡TGES ESPÍGITUS, TE DECIMOS!
    El resultado hubiese sido bastante más espectacular si a LeGuión no se le hubiese caído el brazo con el que señalaba al señor Crapsmith.
    –¿Ésa es la esperanza que me traes? –preguntó Crapsmith, alzando una ceja– ¿Que me visiten más fantasmas y me lo pongan todo perdido?
    –Pues… sí…
    –Casi mejor que no vengan, eh.
    El espectro pareció contrariado. Recogió su brazo del suelo y lo usó para darle una colleja al desganado productor.
    –¡Calla tú! ¡Si no vienen, acabagás igual que nosotgos, sólo que tú llevagás una cadena de tomates, limones e ideas que egan buenas hasta que pasagon pog tus manos!
    –¿Y no podrían, digo yo, venir todos a la vez y así acabamos todos antes?
    LeGuión contempló la posibilidad de pegarle otra vez, pero al final optó por fingir que no había oído la propuesta de Crapsmith.
    –Mañana, cuando la campana anuncie la una, vendgá el pgimego. El segundo, la noche siguiente a la misma hoga. El último, a la otga noche, cuando deje de vibgag la última campanada de las doce.
    –¿Tres noches distintas? ¿TRES? ¿Es que no voy a poder dormir tranquilo o qué?
    LeGuión le fulminó con la mirada.
    –Guecuegda nuestgas palabgas, pues no volvegás a vegnos –se echó el brazo al hombro y, dirigiéndose a la ventana, pronunció sus últimas palabras–. Allons-y!
    Thomas Crapsmith, consciente de que ésta era su última oportunidad para decir algo de provecho, alzó la mano.
    –¡LeGuión, espera!
    –¿Sí? ¿Qué pasa?
    –¿Te importaría…? –Crapsmith titubeó– ¿Te importaría…? Quiero decir, ¿te importaría abrir la ventana para salir? No quiero que me pongas los cristales todos pringosos.
    LeGuión refunfuñó, pero abrió la ventana a regañadientes y salió flotando y dando cadenazos a todos los muebles de la habitación que se le pusieron por delante. Cuando Crapsmith se asomó por la ventana, no vio nada. Intentó decir «¡Paparruchas!», pero no consiguió articular ni una sola sílaba. Se acostó y se durmió enseguida. Esa noche soñó con espíritus que hablaban con acento francés y le robaban los cruasanes del desayuno.