6 nov. 2010

Pero QUÉ DICE. Yo digo NO: El soporífero caso de Angelica


“Isaac es un joven fotógrafo que vive en una pensión en Régua. En mitad de la noche, recibe una llamada urgente de una familia adinerada, que le encarga que tome la última fotografía de su hija, Angelica, que murió tan sólo unos días después de su boda.
Al llegar al velatorio, Isaac ve por primera vez a Angelica, cuya belleza le abruma. Cuando mira a la joven a través de la cámara, Angelica parece volver a la vida, sólo para él. Isaac se enamora de ella al instante.
Desde ese momento, Angelica le perseguirá día y noche hasta el agotamiento.”


No suena mal, ¿verdad? Es la premisa de El extraño caso de Angelica, de Manoel de Oliveira, la última de las películas (sin contar Psicosis) que vi en la Mostra. El pase coincidía con el de Los perdedores, película de tiros y explosiones con Jeffrey Dean Morgan que DEBÍ haber ido a ver en vez de este compendio del aburrimiento que es EECdA.




Manoel de Oliveira es un director portugués de 102 años, pero, en su caso, la veteranía NO es un grado, porque EECdA tiene el dudoso honor de ser una de las películas más aburridas que he visto. No es que sea una película catalítica, es que es catatónica. Todo en ella destila un hedor a tedio insoportable. Desde la interpretación de Ricardo Trêpa (apellido que le viene que ni pintado, porque es el nieto del director), un actor al nivel de maestros de la expresividad como Keanu Reeves o Ben Affleck, como Isaac, que se dedica a deambular de un lado a otro, cámara e inexpresividad en ristre; hasta laaaaaaaaaaargos planos de casi treinta segundos de gatos mirando a pájaros.

Pero vayamos a fondo con el argumento, vayamos.

¡A PARTIR DE AQUÍ HAY SPOILERS! Aunque, sinceramente, les recomiendo que lean el artículo y huyan de la película como de la peste.



Ya han leído la premisa del principio de la entrada, ¿no? Pues básicamente NO PASA NADA MÁS. Me explico: desde la primera visita de Isaac a Angelica (sí, sin acento, que es portuguesa, leche), el director nos casca varias escenas sin sentido alguno ni relevancia en la trama. Para muestra, uno de los diversos momentos pero QUÉ DICE de la película: hay una escena de TRES MINUTAZOS (créanme, a ustedes les parecerá poco, pero a mí se me hicieron eternos) en la que unos picadores cantan una canción sobre un abrigo que se han comprado que no tiene mangas, un sombrero que no tiene copa ni ala y una camisa que no tiene botones. Todo esto, con un ritmo pausaaaaaaaaaaaaaado y enervante. Cuando la canción acaba, Isaac llega, les hace una foto a cada uno, y hale, cada mochuelo a su olivo y el público, anonadado, a esperar la siguiente escena.


Ricardo Trêpa: gana expresividad cuando no se le ve la cara


Y, ¿cuál es la siguiente escena? Pues probablemente sea una escena de Isaac yendo a la iglesia, donde un mendigo, a modo de running gag, le pide dinero cada vez que va. Va a la iglesia, entra, ve a Angelica, y como vino se fue. Siguiente escena.

¿Siguiente escena? La pensión. Los huéspedes chismorrean sobre lo raro que se ha vuelto el señor Isaac, es que ya ni come ni nada, uuuuuuuuy, a saber, que ayer oí gemidos, a ver si se ha traído a una perráncana a casa y se la ha… Pero no, no. ¡Nada más lejos! Los gemidos se debían a la aparición de Angelica, que se llevaba a la forma astral de Isaac a volar por la ciudad, en una escena que hace que los efectos especiales de vuelo del primer Superman (y no hablo del de Richard Donner, sino de la versión con George Reeves) parezcan de lo más avanzado. Pero bueno, a lo que iba, que en ese momento, llega una invitada de uno de los huéspedes, y, con ella, el segundo momento pero QUÉ DICE: empiezan a hablar del LHC. ¿Qué? ¡No, de La hora chanante no! ¡Del acelerador de partículas! Ya saben, ése que falla más que una escopeta de feria y, según los acólitos de las conspiranoias, iba a destruir el mundo… Lo que les decía, que se ponen a divagar acerca del LHC. A mitad de conversación, Isaac baja de su cuarto y se queda al fondo de la habitación, bebiendo café, como si fuese un mueble. Nadie parece darse cuenta de su presencia. “A que al final va a estar muerto el mindundi este…”, pensé yo en ese momento. Y así se lo hice saber a mi novia, a la que torturé llevándola a ver esta película que fue mi acompañante en la proyección. ¡Pero no! Cuando los huéspedes se van, la dueña de la pensión se pone a hablar con Isaac y le aconseja que no trabaje tanto. Cuando ambos personajes abandonan la escena, vemos cómo un gato se queda mirando un canario enjaulado… y, después, se oye cómo ladra un perro. Un buen simbolismo, sin duda… pero, ¿de verdad era necesario que ese plano dure CASI UN MINUTO? Si a EECdA le quitásemos todos planos alargados artificialmente y escenas tan irrelevantes como la de los mineros, podría haber sido un corto. Un corto malo, pero un corto.


Angelica, en mitad de la proyección de su propia película. No está durmiendo, ¡está llamando a las Puertas del Cielo!


Tras varias apariciones de nuestro querido mendigo e idas y venidas de Isaac, la película llega a la escena final. ¡Y no demasiado pronto, si quieren mi opinión! Isaac, cansado de tanta visita nocturna de Angelica, no puede más (como el espectador), y muere. Sí, muere.




No, esperen, si muere, significa que a la película le queda poco…




Así mejor. Bueno, pues la forma astral de Isaac abandona su cuerpo, se reúne con Angelica y se van volando por el balcón. No es broma. Así, tal cual. Por lo visto, es una referencia a un mito de que los espíritus de los amantes se encuentran en las estrellas. Sea como sea, la escena es bastante ridícula. Y ya, para rematar el gag, la dueña de la pensión se acerca a los ventanales y… y… los cierra, acabando la película ahí. “Un plano muy original”, dijo Luis Miñarro, el productor, en la rueda de prensa original. ¿Original que una película acabe con un cierre de ventanales? No deja de ser lo mismo que en, por ejemplo, El padrino, que acaba con Michael Corleone desapareciendo tras una puerta cerrada o, sin ir más lejos, la versión teatral de Sweeney Todd, que acababa con otro portazo. Y, aunque no venga al caso, también quisiera manifestar mi rechazo al hecho de que Avatar (película bastante mediocre, por cierto) acabe con otro plano tan socorrido como el de dos ojos abriéndose con un fundido súbito al título de la película.

Por cierto, ¿saben qué suena en los títulos de crédito? ¡Sí, amigos! ¡La canción de los picadores one more time!



Tengo entendido que la película se estrenará a principios de 2011. Pues bien,  o mucho me equivoco, o esta película va a ser una de esas películas de las que se tiende a decir que son buenérrimas por miedo a quedar mal o a parecer un inculto. Para empezar, en Filmaffinity ya hay alguien que le ha puesto un 10. También hay alguien que le ha puesto un 1. Ese alguien soy yo. ¿Que por qué no le he dado un 0? Porque en Filmaffinity es la nota mínima.

 Pero, pese a todo, EECdA es una película innovadora ¿Que por qué? Porque introduce el nuevo sistema de calificaciones de RduTcB, que se une a las boinas y los payachos: las bananas en pijamas. Les explico: en la universidad dije que debería introducir un sistema para calificar el grado de sopor de las películas. El señor Tido propuso caras de Angelica. Yo pensé en gorros de dormir. Y mi novia pensó lo que al final ha cuajado: bananas en pijama. ¿Por qué en pijama? Porque, ante el sopor, se van a dormir. ¿Por qué bananas? Porque, como dijo mi novia, las bananas siempre son graciosas. Sea pues.

Y, hablando de calificaciones, verán que ahora, al final de cada entrada, hay un botoncito que pone votar. Si le clican, conseguirán que RduTcB se posicione en Bitácoras y servidor gane (o no) unos cuantos lectores. Triste es pedir, pero más triste es robar. Además, ya saben... los blogueros nos alimentamos de lectores. Si no, ¿para qué escribimos?

Y ya, sin más, LA CONCLUSIÓN:


Lo mejor: Que el director, que escribió el guión en los años 50, haya tardado tanto en poder rodarlo. Que se acabe. Que tenga el (dudoso) honor de ser la primera película en llevarse 0 boinas.
Lo peor: Que el director, que escribió el guión en los años 50, haya podido rodarlo finalmente. Que empiece. Que la trama tarde media hora en arrancar y, cuando lo hace, no vaya a ninguna parte. Que sus 90 minutos parezcan 90 años.