14 ago. 2010

¡Tú calla, bocachancla!

“¡Imagínate al Papa en chándal!
¡Su Santidad con una gorra de hélice y chanclas!”
Surfin Papa, Mamá Ladilla



El  verano va llegando a su fin, y como otros tantos veranos, nos ha ofrecido los clásicos de la temporada: programas como Arena Mix u Ola-ola cuyo nivel de audiencia es directamente proporcional al número de pechos que se enseñen, borrachos en la calle full-time, embarazos no deseados (¡Píldora RU-486!) y… GENTE EN CHANCLAS Y BAÑADOR POR LA CALLE. O, peor aún, para ir a la universidad, aunque esto es más típico de junio y septiembre. Más que nada porque en julio y agosto no hay universidad (no, no es que los edificios desaparezcan, es sólo que no hay clase, que me han entendido, puñetas), pero estoy seguro de que ustedes lo han visto. O, peor aún, SON DE LOS QUE VAN EN CHANCLAS. Si es así, les ordeno sugiero que abandonen la senda del Mal y se rediman. ¡Que se rediman, les digo!



Chanclas. Deleznable existencia la suya

No es que a mí me importe mucho la moda (los que me conocen pueden corroborarlo), pero hay cosas que atentan contra el buen gusto y el saber estar. Las chanclas son para estar en la piscina o en la playa, no para ir por la calle. Vale, es verano. Vale, hace calor. Pues pónganse unas sandalias, pero no sean tan catetos de ir por ahí con un trozo de goma unido a una tira de plástico, por favor.


“¡Ya estoy listo para ir a la oficina!”

Además, imagínense que de repente tienen que huir de, yo que sé, un tiranosaurio rex. ¡Intenten correr con unas chanclas! No podrán, acabarán cayéndose y el tiranosaurio se los comerá para escupir sus execrables chanclas después. “¿Y si el tiranosaurio también lleva chanclas?”, se preguntará alguno de ustedes. No sea ESTÚPIDO, hombre. Los tiranosaurios no llevan chanclas.

“¡Pero es que voy a la playa!”, dirá otro. Si usted vive justo enfrente de la playa, es aceptable. Pero, si como más de uno que conozco, tiene que coger dos autobuses porque vive en el otro extremo de la ciudad, no sea garruláceo y póngase unas sandalias o unas zapatillas. Como seguro que lleva usted una mochila para la pitanza y la toalla, luego puede guardarlas ahí, así que no me venga con excusas baratas, tío vinagres.

Llevar chanclas por la calle es como aceptar que se es un fracasado y que dice “ya que no doy para más, al menos voy a ir fresquito”. Pero venga, hombre. ¡Usted puede llegar a más! ¡Puede llegar a usar sandalias!

Y, si después de todo esto, siguen emperrándose en llevar las chanclas de las narices, al menos sean consecuentes y pónganse el dichoso chándal y el gorrito de hélice.