10 ene. 2010

Parecía una buena película: Crítica de Parecía un hombre tranquilo

"The ship is sinking, the ship is sinking
There's a leak, there's a leak in the boiler room
The poor, the lame, the blind
Who are the ones that we kept in charge?
Killers, thieves and lawyers"
God's Away On Business, Tom Waits



Hace poco vi Parecía un hombre tranquilo, escrita y dirigida por Frank Cappello. ¿No os suena? No os sintáis culpables, no es que haya hecho mucho, pero si les digo que es el guionista de Constantine, puede que se hagan una idea de la calidad que tiene la película que nos ocupa.




EDITO: En ésta, como en todas las críticas hasta la fecha, voy a contar el final. Lo digo por si a alguien aún le pilla por sorpresa. O, como dice mi abuela, por sospresa.


La película cuenta la historia de Bob Maconel, un oficinista aburrido y mangoneado por todos interpretado por Christian Slater (mal empezamos). Bob fantasea con hacer explotar el edificio en el que trabaja, y tiene preparado un revólver para matar a sus compañeros de oficina. El problema es que no sabe a quién dedicarle la sexta bala. Y claro, ya que van seis, pues no va a desperdiciar una, faltaría más.


"¡No! ¡Se me olvidó coger mi bocadillo antes! ¡NOOOOOOOOOOOO!"



Total, que un buen día, mientras piensa a quién dedicarle la última bala, se le cae, y al agacharse a recogerla, oye disparos y ve cómo caen los cuerpos de sus compañeros. Y claro, se queda desconcertado, porque piensa “¿Seré tan buen tirador que no necesito ni apretar el gatillo?”. Pero no, cuando se levanta, ve que Coleman, otro trabajador, ha disparado a cinco personas. ¿Que por qué no le dispara a Maconel? Pues, en palabras de Coleman, “la única razón por la que no te he disparado es porque eres aún más imbécil que yo”. Total, que ya parece que se van a ir de cañas juntos para celebrar que ya no les van a toser más en la oficina, cuando Coleman decide suicidarse con la última bala.


¡Pero no todo es felicidad en la matanza de la oficina!




Coleman creía haberle disparado a una trabajadora llamada Paula, ¡pero no! Le disparó a Vanessa, que le “caía bien. Su sonrisa iluminaba la habitación”. Para que no sufra, decide usar la última bala para rematarla, pero Maconel le cose a balazos con su revólver.

Como suele pasar en EE.UU., a Maconel le consideran un héroe local porque mató a Coleman (¿no podría haberle disparado en la rodilla o algo así? Según dicen en las películas de Tarantino, “es un sitio muy jodido para que te disparen”), le ascienden, le dan un despacho para él solito, le hacen gobernador de una pequeña nación centroeuropea y le tratan como a un rey. Su jefe, interpretado por William H. Macy, le dice que vaya a ver a Vanessa, que para eso le ha salvado la vida. Maconel acude al hospital, donde le dicen que Vanessa, interpretada por Elisha Cuthbert, ha perdido la movilidad de todo el cuerpo, salvo la cabeza. Ella le escupe y le dice que más valdría que la hubiese dejado morir. Bob sale corriendo, enredándose con la cortina en un gag digno de Pepe Viyuela.





En la oficina, Bob escribe en un papel “¿DEBERÍA ACABAR LO QUE COLEMAN EMPEZÓ?”. Su jefe llega y le manda hacer fotocopias de unos papeles, y el papel de Bob queda debajo. Lo lleva a fotocopiar (cincuenta fotocopias, ni más ni menos), y la trama queda en suspense. ¿Lo descubrirán? ¿Cuándo? ¿Harán algo al respecto? ¿Le cantarán los peces de Bob el repertorio completo de West Side Story? A todo esto, ¿había comentado que a Bob los peces de su acuario le dicen que mate a todo el mundo? ¿No? Pues lo hacen.


“¡Mata a esos hijos de puta, Bob! ¡Y danos de comer, que Rayado está en las últimas!”. Extraído directamente de la película. Verídico.


Días después (para entonces, las fotocopias ya deberían de estar hechas), Vanessa recapacita, y le dice que vuelva, que tiene una petición que hacerle. ¿Que le cante una canción de Julio Iglesias? ¡No! Que le ayude a suicidarse, llevándola a una estación de tren con pendiente y soltándola cuando el tren se acerque. “Bueno, total, no es como si tuviese otra cosa que hacer”, le dice él, y felices ante el futuro que les espera decididos a hacer tiempo, se van a un restaurante caro y a un karaoke (que no puede faltar, claro).


"¿Que sólo tenéis canciones de El canto del loco? Tenéis suerte de que no tenga aquí mi revólver..."


En la estación, a última hora, Bob se echa atrás y para la silla de ruedas de Vanessa antes de que caiga a las vías. Vanessa se coge un cabreo que pa’ qué y se caga en los muertos de Bob le hace saber a Bob lo disgustada que está con él, y Bob se da cuenta de que mueve el meñique. En el hospital les dicen que aún hay esperanzas, y Bob y Vanessa inician una bonita relación que nos muestran mediante una escena videoclipera tan ñoña, dulce y edulcorada que me produce diabetes. Ah, y luego Vanessa le dice que, aunque no pueda mover el cuerpo, aún puede hacerle mamadas felaciones. Al principio Bob dice que no, pero luego no se resiste, el muy judío jodío.




Los días pasan, las semanas también, y, POR FIN, alguien descubre las cincuenta fotocopias de “¿DEBERÍA ACABAR LO QUE COLEMAN EMPEZÓ?”. El psiquiatra de la empresa le dice a Bob que trate de averiguar quién es el psicópata en potencia, y Bob decide cargarle el muerto al conserje. Pero el psiquiatra no nació ayer, y le dice que de conserje nada, que el psicópata es él (y digo yo, ¿si ya lo sabía, para qué pregunta?), y que se va a enterar.


"¿Psicópata yo? Tienes suerte de que no tenga aquí mi revólver..."


Por si fuera poco, el jefe de Bob le dice que Vanessa no le quiere, y que si se recupera, le va a dar la patada. Bob, frenético, se va a casa y le pregunta a Vanessa que si realmente le quiere. Ella le dice que no “habla ese idioma”, pero que puede “aprenderlo”. Bob se va, más furioso que nunca, y le vemos en su casa, hablando consigo mismo. Lo que, por otra parte, es una mejora, porque significa que ha dejado de hablar con los peces.

Al día siguiente, Bob va a la oficina, y se encuentra con la bala que se le cayó. Un momento, ¿no han recogido esa bala en meses? ¿Tan mal servicio de limpieza hay? Pues no. Es que era un sueño. Toda la película desde el momento en que a Bob se le cae la bala hasta este punto era un sueño de Antonio Resines de Bob. ¡Maldito seas, Frank Cappello!


"¿Que todo ha sido un sueño? Frank, tienes suerte de que no tenga aquí mi revólver... ¡Espera, lo tengo en el maletín!"


Bob ve a Paula/Vanessa, y, en vez de dispararle a ella, se suicida, porque, como ha estado diciendo durante toooooooooda la película, “hay que sacrificar a los débiles”. Al final, salen testimonios de sus vecinos, que dicen que “parecía buena persona” y “era un hombre tranquilo”. A no ser que la estéis viendo con el doblaje latino, en cuyo caso dicen (verídico) “era un hombre reservado” y “era poco sociable”. En fin.


Éste sí que era un hombre tranquilo. Al menos, cuando no tenía su revólver a mano.


Pues sí, amigos. Era todo un sueño. Y una pena, porque esta película daba para más. Podría haber sido tanto una buena película seria como una buena comedia negra. Ah, si la hubiesen hecho los hermanos Coen…


Lo mejor: El principio, que presagia una buena película. Si no espera usted mucho, puede entretener. La idea está bien, y tiene algunos puntos buenos.
Lo peor: El segundo acto, que echa por tierra los presagios. La escena videoclipera de casi diez minutos de duración. Que al final todo sea un sueño.




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